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Don_Diego

El Vuelo del Dragón

Al sentir el hormigueo que sólo el calor del Sol es capaz de producir sobre la piel, abriste un ojo, e inmediatamente, tu vertical pupila de color rojo sangre se contrajo.

 

 

Hoy pensaste levantarte temprano, por lo que comienzas a desenrollarte; a desemperezarte, a estirar tu alargo, sinuoso y escamoso cuello, a menear tu espinosa cola y a sacudirte del lomo capas de polvo. Por uno momento te entregas pleno al estremecedor fugas placer de estirar los músculos. Abres y cierras el hocico al sentir un regusto pastoso, por lo que tu lengua bifurcada no pude evitar ondular fuera al husmear el aire alrededor. Al cabo de unos segundos te relames los agrietados labios, y tu garganta seca en respuesta te exige beber agua. Acto seguido, te encaminas al fondo de tu caverna, donde al final de ella yace una pequeña vena de rica agua helada. Al hundir tu morro, y beber de ella enormes tragos, observas en su ondulante superficie el tenue reflejo de tus escamas doradas, y como en ellas se cruza, desde debajo de la mandíbula hasta por encima del ojo derecho, una fea y zigzagueante larga cicatriz.

 

 

Una vez sacias tu sed giras en redondo y te acercas a los límites de tu pétreo hogar, en donde sin mucho interés echas un vistazo al fondo rocoso del gigantesco acantilado en el que te hayas. Con tu cola, recorrida por dos prominentes hileras de puntiagudas escamas, empujas fuera los restos óseos de tu última comida. Una vez ves como estas sobras impactan las afiladas rocas, extiendes y sacudes tus alas para comprobar el aire de la montaña, y una vez las has agitado lo suficiente, calentando y desenvarando así los tendones, das un salto a la nada y te zambulles en el vacío.

 

 

Mientras caes en picada te viene a la cabeza el recuerdo de un día similar a éste, cuando un insolente bípedo con caparazón brillante osó adentrarse en tus dominios. Llevaba en una mano una vara muy larga y puntiaguda, y en la otra, un fragmento de agua solidificada — un espejo—, uno en donde, extrañado tú; eras capaz de obsérvate a ti mismo con suma claridad. Mientras tu atención se hallaba inmersa en tu propia imagen, el infame dos patas se acercó lo suficiente como para herirte de muerte. De no haber reaccionado a tiempo en esa ocasión muy posiblemente al día de hoy ya tu cabeza estaría decorando el muro de algún castillo. Encolerizado por tal insultante acto, no dudaste ni por un momento en bañarlo con fuego abrasador. Gritó y se revolcó por los suelos al momento en que su caparazón se le fundía encima. Te alegró verlo revolcarse intentando quitarse el fuego de encima, pero lo que no te terminó de agradar fue sus agudos chillidos de dolor te perforasen los tímpanos. Sin pensarlo dos veces, de un zarpazo lo arrojaste fuera.

 

 

Ahora, que caes al vacío, con las alas plegadas al cuerpo esperando el momento idóneo para abrirlas, vislumbras como en el fondo del desfiladero aún quedan los desechos chamuscados de aquel infeliz invasor, y como de la misma manera también te percatas, de que los carroñeros de las inmediaciones huyen despavoridos al ver tu silueta cada vez más cerca. A solo unos metros de estamparte contra las erizadas rocas, tus alas membranosas, al igual que el remo en el agua, encuentran la resistencia perfecta en un corriente de aire caliente, permitiéndote así, al chasquido de dedos, atrapar el impulso suficiente para remontarte de nuevo a las alturas.

 

 

Mientras planeas a la misma altura de las nubes un mar de arena se extiende bajo tuyo. Arena y más arena ardiente hasta donde la vista alcanza.

 

 

Media hora de vuelo después, te encuentras sobrevolando un par de ruinas perdidas de civilizaciones ya olvidadas. A unos centenares de metros de ahí, un gigantesco barco de madera varado en una duna, y un poco más al sur, el esqueleto de una colosal bestia, que, sin duda, de estar vivo, haría verte del tamaño de una mosca en comparación suya.

 

 

Mientras continuas con tu viaje, observas en la lejanía como el aire caliente emanado del suelo distorsiona y emborrace una delgada línea en movimiento en el horizonte. Tu vista, que no tiene rival en el mundo, se agudiza, con lo que te percatas al momento que lo que yace allá es en realidad una pequeña caravana de camellos. Sin tiempo que perder viras en dirección suya, y el hueco en tu estómago te espolea para darte prisa.

 

 

Tenías la vaga idea que de alguna manera te plantarían cara, de que de alguna forma se resistiesen a ti. No obstante, en cuanto advirtieron tu llegada, todos comenzaron a huir en direcciones opuestas. Corrían tal cual lo hacen los insectos bajo una piedra levantada; intentando encontrar desesperadamente la salvación en algún agujero cercano.

 

 

No tardaste mucho en escoger a tu presa, a la que se hubo alejado más de los demás. Por su puesto que tú ibas a por el camello, pues su carne tiende a ser suave y dulce, pero en esta ocasión no le harías el feo a la oportunidad de degustar carne humana, y mucho menos ahora que se auguraba iba a ser de una mujer joven y saludable. Puedes sentir como tus glándulas salivales se exprimen a sí mismas a cada metro que te vas acercando, como tus afiladas garras se abren y cierran expectantes ante esa suculenta pieza de carne que disfrutaras desgarrar. Sus gritos y lloriqueos no hacen otra cosa que abrirte más el apetito, puesto que no hay mejor festín para ti, que el de devorar la carne de tu víctima, impregnada por el más absoluto y delicioso terror, bajo la sombra de tus alas.

 

 

Fin.

Publicado la semana 12. 03/11/2021
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