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Don_Diego

¿La culpa de quién? Parte 1

El chirrido de ruedas sobre el asfalto, la larga cabellera de la jovencita yendo hacia al frente, súbitamente, así como la imagen reflejada en la superficie de mi celular del estallido de mil fragmentos de cristales a mis espaldas, es el último recuerdo fresco que tengo en la mente.

Ahora que estoy tumbado sobre la fría tierra, con la mirada al cielo y con el cuerpo completamente paralizado… Siento que me falta el aire, y que el corazón me late a cada segundo más lento.

¿Qué es lo que acaba de ocurrir? No puede evitar preguntarme. Sin embargo, no supe contestarme.

Sin nada más que el vasto cielo en el ancho de mis ojos, mi cabeza por sí sola se cuestiona: ¿Por qué el cielo es tan azul, tan grande, tan alto? ¿Por qué esa nube tiene forma ciervo? Y ¿por qué demonios me zumban los oídos?

Algo no anda bien en mi cabeza…

Oh sí, ya veo. Al fin recuerdo…, Acabo de salir disparado del transporte público…

Sin lograr hacer ningún tipo de movimiento, la esquina de mi ojo izquierdo ve, relativamente lejos, una delgada pero notoria columna de humo negro, elevándose, y apenas aun lado de mí, una lámina de metal retorcido.

10 minutos atrás.

Coji el bus en con la compañía de mi padre y uno de sus amigos, Juan. Son las 9:31 a.m. Es tarde, como de costumbre, pero gracias a que es un horario impuesto por nosotros mismos, no hay problema. El trabajar de manera independiente, y a nuestro ritmo, tiene sus ventajas. Al subir, veo varios asientos libres, por lo que escojo sin problemas el que más me agrada. Al fondo y la izquierda. En tanto, mi padre y su amigo charlan con amplas sonrisas. No se han visto en años y tienen mucho de que hablar. Yo, como de costumbre, cojo el celular y me dispongo a abrir el correo, a revisar las redes sociales, las noticias, y a ver uno que otro video viral. Poco después, me pongo los auriculares y despego a mi propio mundo apenas cierro los ojos.  

Al cabo de un par de minutos, el vehículo se detiene y sube una jovencita. Es linda, muy linda. Uniformada impecablemente y haciendo amplia gala de su juvenil figura. El uniforme escolar no le podría quedar mejor a nadie. Además, su blanca piel, sus ojos color miel y su brillante pelo oscuro resaltan aún más su belleza. ¿Va al colegio? ¿No es un poco tarde para eso? Tres hombres de mediana edad, dos mujeres mayores, y yo, la observamos entrar, sentarse y sacar su celular, luego, volvimos a lo nuestro.

Con el pulgar subía y bajaba la página, haciéndome ver que estoy perdido en mí, completamente ajeno a mi entorno y desatento de ella y su lindura. Por supuesto nada más alejado de realidad. Mientras observo, con la ayuda de mi visión periférica, veo que posee unas bellas y bien formadas piernas. Esbeltas y bien delineadas por aquellas pulcras medias blancas.

Es una provocadora ¿no es cierto? Si no, ¿por qué lleva una falda tan corta y una carga de maquillaje tan pronunciada? Mientras ¨sigo observando mi móvil¨, me doy cuenta de que el tío que está sentado cerca de ella, no deja de observarla, la contempla a menudo. Mira por la ventana y luego vuelve a posar la mirada en su persona. Ella, por cierto, lo sabe. Contestandole sin mucho interes con una mirada de barrido, una de arriba abajo, calificando, midiéndo, examinándo al sujeto. Luego, sin esfuerzo vira perezosamente su atención al exterior, con un toque aburrido en los ojos y un tinte de menosprecio en la boca.

Un hombre normal, común y corriente, idéntico a mí persona —pienso— pero ¿qué más se puede esperar de nosotros, los de la clase trabajadora? ¿Mejor atuendo? ¿mejor figura? ¿De dónde, y con qué dinero para logra eso? Cuando solo hay tiempo para el trabajo, poco espacio queda para invertir en uno mismo… Y, aun así, y aun así ella osá… Bah, no vale la pena pensar en ello.

Con la mirada perdida en el lejano paisaje, la condenada niñata cruza las piernas y deja entrever por un momento sus rosadas bragas. El tío frente a ella de inmediato levanta las cejas y se afloja el cuello de la camisa. Fue en ese momento en el que supe que tenía que acomodarme en mi asiento. Para estar más cómodo, obvio, pero para eso que quise hacer, ya fue demasiado tarde…

Exacto, fue ahí cuando eso sucedió: El salto cuántico, la teletransportación, la migración del cuerpo y alma a un estado de letargo; por decir algo. La conciencia que antes tenía completamente clara se fue a volar lejos, me dejo y no volvió a mí hasta que ya estaba tirado en el suelo mirando el cielo, engarrotado sobre tierra húmeda y sin comprender absolutamente nada. Sí, me quede ahí tumbado por minutos, los cuales me parecieron horas, completamente paralizado de pies a cabeza.  No podía moverme, pero podía pensar, aunque cierto es no con claridad, más, algo sí tenía completamente claro… y eso era. que mi corazón lentamente estaba deteniéndose…

Mi desesperación creció. Me sentí estar experimentando un mal sueño, uno de esos, en los que sufres de parálisis intesa. No obstante, mientras estaba en ello, también me percaté de la innegable verdad, de que lo que en muchas noches me había preguntado antes de dormir: El arribo de la muerte. ¿Cómo es la muerte? ¿Cómo se siente morir? ¿Cómo voy a morir? ¿Qué hay después de la muerte? Preguntas que siempre me rondaron los pensamientos. Sin embargo, justo ahora, en este preciso instante, me parece que voy a descubrir la verdad detrás de cada una de esas preguntas…

Algo en mí interior no aceptó lo que ya daba por sentado.

Apreté la mandíbula y mis dientes crujieron. No, no quiero esto, no aquí, no así, NO HOY. En mí pecho hubo chispazo; un salto, leve, pero lo suficientemente fuerte como para mover el dedo meñique. Luego vino otro, otro, otro y otro. Mi mano lenta pero constante arañaba la tierra bajo ella. Entonces, de golpe, logré adquirir fuerza suficiente para tragar aire. Tan fuerte fue la aspiración, que cualquiera que me viera visto pensaría que acababa de salir de las profundidades del mar en busca de una última bocanada de aire. Literalmente, me estaba asfixiando.

Me senté. Llevé mis manos al pecho y me estrujé la playera. Intenté calmarme, pero mi ataque de tos me lo ponía dificil.  Después de un minuto, me vino a la cabeza, un terrible recuerdo.

—¿¡Mi padre!?

¿Dónde está mi padre? Miré de un lado a otro en busca de él, pero no veía nada que no fuesen arbustos, árboles y hojarasca regada por todas partes. Di un giro de 160 grados y lo observé. Mi corazón dio un vuelco cuando me percate de lo acontecido.

Aun con la cabeza zumbando, con el corazón a mil y el extraño sabor a hierro en la boca, intente levantarme. Parecía un ciervo recién nacido, cada intento que daba para levantarme era una caída segura al suelo. Frustrado y aun aturdido por lo ocurrido, seguí adelante.  Mi visión se volvió roja y mis extrañas parecían recibir crueles puyazos a cada paso que daba, pero aquello no me detuvo. Aunque, aseguro, mis males me forzaban a parecer un ebrio completo con Parkinson  Al conseguir acércame lo suficiente al bus destrozado… Me quede de piedra al ver las llantas girando hacia arriba, el cofre destrozado y las ventanas rotas.

Fueron alrededor de cinco segundos en los que permanecí enraizado en mi lugar, pero para mí, bien puedo decir que fueron cinco horas de absoluta incredibilidad. La escena era de miedo. Los cuerpos inertes sobre tierra, uno a medio salir del parabrisas, y otro que colgaba de una rama de un árbol cercano. Me dejo pasmado, sentí la sangre ir en contracorriente cuando vi aquello. Oye, espera, me dije. A ese que cuelga en lo alto no lo conozco. No venía con nosotros. ¿Es acaso el chofer? Quise dar un paso hacia delante, pero antes de hacerlo algo se deslizó de la mano del supuesto conductor, por lo que me vi obligado a detenerme. Al ver que era lo que cayó al suelo, me llene de rabia. Maldito, maldito idiota. Solo estando muerto sueltas tu estúpido celular.

Un extraño fuego se encendió en mi interior y me hizo apretar la mandibula y enderezar la columna, enseguida. Un calor me brotó del estómago y me forzó a seguir hacia adelante, pues al instante sguiente, presentía lo peor. A medio camino maldije y grité hacia mis adentros: ¡No me jodas! ¡No, nonoononono! ¿Porque me haces eso, maldito? ¿Por qué? El estúpido autobús comenzó a incendiarse. Sentí el alma escapar fuera de mí cuando me vino a la cabeza la idea de que podría estallar en cualquier momento. Aceleré el paso, aun si era yo un tullido, me acerqué como pude. En varias ocasiones estuve a nada de caer, más mis ansias por saber de mi padre fueron más grandes, y me negaron colapsar. Con tropezones y faltas de oxígeno llegué a donde el accidente aparatoso.

—¿¡Papá!? ¿Dónde estás?  ¡Papá! ¡Háblame, dime algo!

Estando en las cercanías no dude en gritar, pero ni rastro de él. ¿Estará adentro? Lo más seguro. Dios no creo en ti, pero por lo que más ames en el mundo no permitas que nada malo le haya ocurrido. Podía sentir en la piel el calor ir yendo en ascenso a cada paso que me iba acercando. La situación se ponía cada vez más peligrosa.

—¿Estás aquí, papá? —Al llegar, a lo que alguna vez fue una blanca e impecable unidad de transporte, y no metal retorcido, me incliné para observar, luego, horrorizado, ahogué un grito—. ¡Dios...!

Al ver dentro, el desastre del desastre, me asusté de muerte. Los muertos. Santo cielo… La señora que siempre veía en los viajes de ida al trabajo tenia el cuello roto y una barra de hierro le atravesaba el vientre. El amigo de papá, doblado hacia atrás. Sus pies tocaban su cabeza de manera perturbadora. Y los demás… con esas posturas antinaturales que… Dios santo, traumático. Una vista horrible.

No, no por favor, no. Mientras rezaba y removía escombros miraba de un lado a otro buscando, hondando, cualquier tipo de pista posible para dar con mi padre, no halle nada. Nada de nada. Él no está aquí dentro. En cierta forma un peso fue levantado de mis hombros y mi alma inquieta, por un segundo se calmó, luego, me volvió a aplastar como una losa una verdad. Si no está aquí, ¿dónde? ¿A dónde fue a parar mi padre, entonces? Me giré bruscamente y me preparé para salir. Debo buscarlo deprisa. No logre llegar a medio camino a la salida cuando de repente escuche algo.

—¡Ay! ¡ay! ¡ay! ¡¡¡Ay!!! Me duele, me duele mucho. ¡Alguien, por favor, ayúdeme!

Algo llego a mis odios, era tan tenue la voz que apenas lograba escucharla. El incesante zumbido en los oídos me hacía sordo. Pero enseguida comprendí. ¡Hay un superviviente! ¿Dónde? ¿Dónde está? Me cuestionaba mientras giraba la cabeza como loco.

—Aquí, atrás, atrás de todo. Sácame por favor. Creo que tengo la pierna rota.

Me volví y reanudé una nueva búsqueda.

—Hijo…

—¿Qué…?

Me giro cual resorte hacia atrás, y me quedo plantado mirando mi alrededor con urgencia.  ¿Que fue eso de hace un segundo?

—¿¡Papá!? ¿Papá…?  —Dije con los oídos abiertos y los ojos pelados.

Nada, nada ni nadie respondió mi pregunta. Más estuve casi seguro de que lo escuche hace nada fue real, aunque, pensándolo detenidamente, más parece qué fue mi imaginación la que me jugó una mala pasada.

—Por favor, date prisa y sácame. Las llamas están creciendo.

Me quede meditando por unos cinco largos segundos antes de hacer caso a las incesantes pedidas de ayuda que me llegaban en bombardeo por la espalda. ¿Qué hago? ¿Socorro a quien me pide ayuda o continuo con la búsqueda de mi padre? No supe qué hacer, más, la continua pedida de auxilio me hizo decidirme. Continúe con mi labor de rescate. Quise creer, que lo que anteriormente había escuchado, solo había sido un producto de mi mente alterada.

Entre cuerpos magullados así como equipaje desparramado por doquier, llegue al herido, y cuando llego al él, a mi cara se le dibujó una agria sonrisa. Me doy cuenta, de que no es él si no ella. Es la muchachita que subió ultimo. De inmediato me digo: pero ¿qué es esto? No puede ser posible. Ella no tiene la pierna rota, nisiquera creo que se pueda decir que esté herida. Algunos rasguños y un par de moretones, sí, pero de ahí en fuera eso es todo. No, nada, nada escandaloso salta a la vista. Sí, su pierna, la que dijo tener rota, solo esta roja y está siendo presionada por un asiento, el cual removí con un poco de esfuerzo y nada más. La arrastré fuera. Como pude, lo conseguí. Al salir, coloco su hombro sobre mi cuello, y entre los dos nos alejamos del incendio. Una vez llegamos a una distancia prudente, la cual imagine que no llegaría nada si fuese a explotar el bus, la tire al suelo. No fui gentil. Ella gritó al caer, y enseguida me di media vuelta. Necesitaba regresar de inmediato.

Publicado la semana 10. 09/03/2021
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