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Don_Diego

El Duendecillo Ladrón (Cuento infantil, según yo)

Hace mucho, muchísimo tiempo atrás, existió, en la distante tierra de las nereidas, un duendecillo, de lo más pillo, que gustaba gastar bromas pesadas a sus amigos, y robar, los céntimos a los viejitos.

Un día, mientras recorría el viejo sendero de los elfos, de improvisto, una densa bruma le cayó encima. No desesperó al perder la carretera en la niebla. En su lugar, decidió tomarse una siesta. Bajo el cobijo de una abundante higuera esperó a que la blancura partiera. Pero ésta no abrió, se cerró. Y el duendecillo, al ver que no había remedio, reparó, en reanudar su trayecto.

La noche le alcanzó, y el frío atenazó. Al pobre duendecillo, la cara le palideció. ¿Qué dirección tomar? ¿hacia dónde caminar? Bajo la oscuridad, no se podía guiar. Vagando de aquí a allá, se topó con una casualidad que en la lejanía logró vislumbrar; una bella luminosidad. En medio de un pequeño claro, y bañada por un fino rayo, una elegante flor de belleza invaluable, que, bajo el cuidado de la enorme estrella del Alba, ésta, resplandecía. Fascinado por la perfección, el duendecillo ladrón, sin pensarlo siquiera un instante, se acercó, su mano estiró, y de un fuerte tirón, la arrancó.

El sol salió, y el duendecillo a saltitos a casa volvió. Y en un enorme cofre de cedro su preciado tesoro guardó. Las fechas en el calendario cambiaron, pero sin nadie notarlo, las noches se alargaron. Las aves ya no cantaban, los cultivos se secaban, y los pequeños duendecitos, enfermaban. Pasada una semana, el siempre verano en la comarca, sin consentirlo o quererlo, cedió su antiguo puesto, a un cruento invierno. Temeroso el duendecillo, de ser él el causante de tal penuria, se limitó a no salir de su chocita, y a observar, por la empañada ventanita, como lentamente su rica tierra moría.

El arrepentimiento lo carcomió. El andar de un lado a otro pensando solución, no lo calmó. Así que, armándose de valor, tomó una firme decisión: devolver lo que robó.

Afuera el viento arreció. Nada se salvó, de escharcha todo el bosque se llenó. Pero esto al duendecillo no lo asustó, sino que, le insufló cuantioso denuedo. Contra fuertes y helados vientos se lanzó, y a la senda de los elfos se dirigió. Con la nariz, los dedos y las orejas moradas, entendió, que no conseguiría a tiempo regresarla, así que, caviló, resguardase un momento dentro de una antigua cantera. Ahí, sacó la flor, e inició una fogata. Pero al hacerlo, con espanto notó, que la hermosa flor, sus colores perdió. Por instinto su brazo extendió, y la cogió. Sin embargo, al hacerlo, un relámpago de dolor su mano le atravesó. La pobre flor, marchita ahí yació, sin salvación. El duendecillo la perdida lo quebró. Tembloroso y acongojado, la recogió, y a pesar del intenso dolor, a su pecho la llevó. Por el tallo de muerta flor, se deslizó una cálida gota de calor.

A la mañana siguiente, el cielo aclaró. El señor sol sus dorados rizos asomó. Los pájaros regresaron en bandada. Las mariposas por doquier revoloteaban, y la nieve, pronto marchaba. Sí, la vida a la comarca regresaba. Pero, en una lejana montaña, dentro de una mina abandonada, una exquisita estatua, hecha del más cristalino hielo; se encontraba. Resguardado en sus palmas abiertas, una bellísima flor, que refulgía con esplendor, y que, esta no era otra cosa que, la mismísima propia alma de la vasta arboleda.

Fin.

Publicado la semana 1. 04/01/2021
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