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Daminis

Donde pones la cabeza, hermosa

Por entonces yo dormía en casa de un amigo, concretamente en su sofá. No era ni siquiera un sofá-cama, solo un sofá, que me dejaba la espalda reventada pero que me sabía a gloria porque era mi primera experiencia de libertad fuera de casa de mis padres. Mi amigo alojaba tenía una compañera de piso, ella con cuarto propio, que trabajaba decoradora. Se llamaba Carmen y diría que me fijé en ella nada más verla pero es que es lo que hacían todos. Los padres de Carmen eran del norte y ella se quería ir de vacaciones a verles, pero allí no había internet y su trabajo consistía en mantener una página web de diseño de interiores. Yo, que no tenía nada que hacer y me pasaba el día en aquel sofá de mierda si no tumbado, sentado, me ofrecí a gestionarle un par de artículos y ella subió la apuesta: me pagaba si me encargaba de la página un mes. Así ella se fue de vacaciones y yo me quedé cubriéndola con el pago de lo que costaría una comida para mí y otra persona. Sin embargo me divertí mucho con aquellos artículos, era como ponerse a describir un mundo de fantasía sin tener uno ni idea. Pero la cosa importante vino con los últimos que escribí. Había estado viendo documentales bélicos desde aquel sofá y escribí una serie de artículos de lo que llamé “interiorismo de guerra”, la moda, la estética, la decoración, todo con el filtro pos apocalíptico que traen los misiles y las marcas de las balas. Así que volvió Carmen, tomó el relevo de la página y a mí me cogieron en una revista que salía online y en físico, revista con tanto nivel que hasta mi padre se dignó a llamarme para preguntarme qué tal me iba. Así pasé a dormir en la cama de un hostal que cada vez que te movías sonaba a plástico y que era más húmeda que los bajos de un puente. Dios mío qué frío pasé en aquel tiempo, lo recuerdo como si durante meses hubiese estado permanentemente a punto de echarme a tiritar y como si ropa no hubiese terminado de secarse nunca. Con estas condiciones pasaba largas horas en casa de mi amigo, que apreciaba mi presencia en su salón. Había un nuevo inquilino en el sofá, un tipo feo de pelo afro, pero muy divertido el cabrón, y digo el cabrón porque por aquel entonces yo había empezado a cortejar a Carmen y él también lo hacía, y con más acierto, la verdad. Con cortejar me refiero a actuar queriendo gustar creyendo que es posible que lo consigas. Mi amigo celebró una fiesta en el piso y de cabeza fuimos el pelo afro y yo a por Carmen. Él acabó durmiendo con la cabeza apoyada en la taza del váter y Carmen y yo lo hicimos en la alfombra raída de su cuarto, ya que su cama la ocupaban un par de amigas suyas. No pasó nada más que besos, pero fue muy agradable, una gran noche, la verdad, pese a que la cabeza me daba vueltas y por almohada tenía una pila de revistas viejas de interiores.

Después de aquello pasé a dormir en una cama de muelles chillones y sábanas de los Looney Tunes en una habitación de un piso compartido mientras que Carmen se iba a su mullida cama en casa de sus padres, en el norte. Más adelante pasé a dormir en el sofá cama de un estudio ya entero para mí, y Carmen seguía con sus sábanas blancas. Luego sí hicimos un viaje juntos y pasamos a dormir, o a no hacerlo, en una cama roja, en la arena de la playa, en la cubierta de un barco en lo que fue la noche más fría de mi vida o en el asiento de un avión. Y ahora la verdad es que escribo esto sin internet, ya lo subiré uno de estos días, desde la casa de sus padres en el norte. Escribo sentado en una silla con el ordenador sobre las rodillas y Carmen, tumbada en la mullida cama, me pide que me reúna con ella. Dios, Carmen, qué guapa estás.

Publicado la semana 48. 05/12/2021
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