04
Daminis

En tus ojos vio una luz

Quedaron junto a la estatua de una plaza sin conocerse. Ella llegó temprano, con un libro. Más tarde lo cerró, algo impaciente, porque él no llegaba. El poco aire que hacía le pareció especialmente frío en el momento en que decidió marcharse.
Él la había estado observando, sin saber muy bien por qué no se decidía a acercarse. No es que le diese miedo, sino que lo veía más bien como un juego. En el momento en que vio que ella se iba la siguió abordándola justo antes de que abandonase la plaza. Ella no sabía qué decir, pero las palabras de él eran muy rápidas, había muchas a su alrededor y le mareaban, por eso no se fue a casa y le siguió hasta un bar.

Después, en lo que tarda en hervir y subir el agua del café, ya habían quedado dos veces más y ahora ella estaba desnuda y tumbada boca arriba en su propia cama, con él de pie, a un lado, también desnudo y poniéndose un preservativo. Había dos cosas que le incomodaban a ella, las dos trenzas que se había hecho, cada una estirada hacia un lado de la almohada, porque no tenía el pelo demasiado largo y por ende éstas eran muy cortas, rechazo que se sumaba al hecho de que en ellas se veía mezclado el pelo teñido y el natural de mala manera, con un mal resultado. También le molestaba el encontrarse en su cuarto y en su casa, pensando que él lo iba a mirar todo, la mesa, su ridícula decoración, los pocos libros de la estantería, la decoración exótica de sus padres desperdigada por la entrada, el salón y el pasillo, como si él fuera a mirar todo aquello y juzgarlo, pero además juzgarlo sin palabras, sin que ella pudiera defenderse. Y pese a todo no pensaba en él que se estaba poniendo el preservativo y se iba a subir a la cama, a ponerse sobre ella, a entrar en ella. Es como si esas cosas pasaran sin más, con la misma intensidad con la que alguien se lava los dientes.

Una vez quedaron con unos amigos de él. Ella no les conocía y tampoco había oído hablar mucho de ellos. No le gustaba su aspecto, ni las cosas que decían, ni los planes que pudieran hacer. Él la había llevado porque no sabía en qué momento verla a ella y cuándo quedar con ellos, por lo que decidió juntar ambos planes para poder tener así el domingo para él. Sin embargo, lo que le dijo a ella es que quería llevarla a que conociese a sus amigos porque creía que a ella le gustaría. Y en verdad fue así. Ella estuvo sentada todo el tiempo sobre el respaldo de un banco, sentía bastante frío, pero no dijo nada. Dio tres caladas de los cigarrillos que se iban pasando. Dio dos sorbos de las latas de cerveza que iban pasando. Sonrió haciendo un sonido como de pájaro cada vez que alguien hacía una broma, aunque ni siquiera la entendiese, y desde luego aunque no le hiciese gracia. Y sin embargo recuerda aquella tarde y la entrada de la noche con mucho cariño, porque aunque él apenas la mirase sintió que la metía en su mundo, en algo privado y frágil, algo que solo dura lo que la luz más bonita del atardecer.

En lo que tarda en saltar el corcho movido de una botella de cava agitada ella se atrevió a pedirle que fuesen novios. Él preguntó que qué cambiaría el hecho de decir que estaban saliendo y ella respondió con un discurso preparado sobre la fidelidad, la responsabilidad y la seriedad, pero lo único que quería era una palabra en forma de lazo que echarle por encima, no para atraparle, sino para sentirse ella más segura frente a la constante sensación de caída. También le dijo que sus padres querían conocerle y él, para sorpresa de ella, aceptó. Y la comida no fue mal. Fue menos incómoda que cuando él vio la decoración exótica de sus padres o el hecho de que los pocos libros de su estantería fuesen todavía libros de cuando era niña. El padre de ella pensó de él que era un perdido pero inofensivo y que pronto romperían, su madre sintió una especie de tristeza al ver cómo se le iluminaba la cara a su hija al mirar a aquel muchacho.

La primera vez que ella supo que él le había sido infiel pareció vestirse con mil capas, de la forma más ceremoniosa posible, y convocó un concilio de amigas, incluso invitó a conocidas que no eran amigas, porque las primeras eran escasas. La segunda vez que supo que él le había sido infiel optó por el silencio y el llanto. La tercera vez se preguntó muy seriamente ¿qué vale más, mi orgullo o mi amor?

Él aún está medio dormido, si le preguntas contesta tonterías. Tiene una vía en la mano, una bata de hospital y le cubre las piernas una sábana blanca que parece de plástico. La operación estaba fuera de peligro, todos lo sabían y se lo habían repetido mil veces, pero las dos horas que duró ella se sentía sangrar, quería arañarse la cara con las dos manos mientras imaginaba que otras dos manos le arañaban el estómago. Pero ahí está él ahora. La mira y quién sabe si la reconoce, pero con los ojos entrecerrados sonríe y ella siente cómo las luces del cuarto pierden intensidad a medida que ella empieza a brillar. En ese momento importan pocas cosas, ella piensa que podría cuidar de él, incluso aunque de tanto tropezarse dejase de caminar para empezar a arrastrarse. Se puede imaginar con dos hijos, con una cocina, un salón y un cuarto de matrimonio. Se puede imaginar a él con barba poblada y cuidada. Se puede imaginar que salen a tomar algo y él le recuerda a mitad de la noche que no esté nerviosa, que los niños están bien con sus padres. Ella imagina muchas cosas, luego deja de brillar, vuelve a ser normal la luz del cuarto y ella se empieza a llamar tonta por no haber pensado en comprarle unas flores, unos bombones o lo que se compre cuando tu novio tiene que estar hospitalizado un día, puede que dos.

Publicado la semana 4. 31/01/2021
Etiquetas
Compartir Facebook Twitter
Género
Relato
Año
I
Semana
04
Ranking
0 156 0