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Daminis

Dime que tú también lo sientes

No tenía muy claro si nos estaban invitando, de forma que aunque bebía de manera ininterrumpida tenía cuidado de no pasarme por si luego me tocaba pagar, y era una pena, porque lo que necesitaba en aquel momento era emborracharme. Éramos siete y básicamente hablaban y reían cinco. Además de mí había otro muchacho, Héctor, al que había conocido esa noche y tenía cara también de sentirse fuera de lugar. Estaba al otro lado de la mesa e intenté un par de veces establecer una mirada de comprensión mutua, pero no me vio o no quiso verme. Quizá su sensación de desconexión me incluía, quizá se sentía superior a mí. Por pensar aquello empezó a caerme mal, pero que muy mal. Entonces sacó el móvil y por lo que alcancé a ver comenzó a jugar a un juego de boxeo. Al ver aquello me sentí mejor, sentí que desde luego yo era superior a él, que podía estar aburriéndome hasta querer arrancarme la piel, pero al menos seguía formando parte del grupo, podía reír algunas bromas y, quién sabe, si salía un tema de conversación propicio y todos se callaban podía incluso hablar. Pero ponerse a jugar era rendirse, hacer visible lo que todos en aquella mesa saben, que no pertenecías a ese grupo. Para eso era mejor irse a casa.

De pronto cambió algo en el ruido del local y me di cuenta de que habían quitado la música. Las conversaciones fueron menguando según creció la sensación de que pasaba algo, o de que iba a pasar. Entonces sucedió, pero lo hizo muy rápido. Había bebido tres copas y estaba algo borracho, pero más que eso me encontraba alejado de la realidad, como se habrá podido ver, me encontraba en ese punto frío y analítico donde ves las cosas tal como son, o al menos te lo parece. Estábamos todos de pie, formando un medio círculo hacia la puerta, y en el centro estaba un señor vestido con un traje granate que gritaba cosas que no entendía y a las que todos respondían gritando. Parecía un militar dando un discurso y puede que lo fuera. De pronto todos aquellos (yo creía conocer a cinco) parecían una misma persona, alguien entusiasta y completamente entregado, pero ¿entregado a qué? Y entonces lo supe. Entraron otros dos hombres y avanzaron hasta donde había estado el hombre del traje rojo. Entre los dos traían a la fuerza a un chico joven, de piel oscura, que se resistía. Llevaba unos calzones blancos y el torso desnudo. Su espalda brillaba por el sudor. Yo me quedé helado, todos gritaban. Ya no sentía el alcohol, me encontraba completamente despierto. Todo sucedía con bastante rapidez, ataron las muñecas del chico, sacaron lo que parecía un látigo y le empezaron a azotar. A cada golpe la gente gritaba y sus gritos impedían oír el dolor del muchacho. Varias veces se cedió el látigo a alguien del público. Una chica golpeó sin apenas fuerzas e inmediatamente miró a sus amigos con una amplia sonrisa. Yo miré a Héctor, era lo único que podía hacer, entre toda aquella gente él era el único que podía dar muestras de estar horrorizado. Al principio no le encontré, y cuando lo hice vi que miraba todo aquello con la misma apatía con la que había mirado su juego de boxeo, al fin y al cabo en ambos sitios había sangre, y en ninguno era suya.
El muchacho se desmayó y se lo llevaron. Corrió un murmullo de decepción entre el público y se oyeron voces preguntando si traerían a alguien más. Entonces yo me desnudé de cintura para arriba, y después me lo quité todo a excepción de los calzoncillos (es curioso como el pudor sobrevive hasta en los momentos más extraños). Salté al centro del semicírculo y conseguí un momento de atención. Empecé a gritar que allí me tenían, que me azotaran a mí, pero no hubo vítores, no hubo nada. La magia se desvaneció al instante y la gente se desperdigó. Yo me quedé allí en medio, desnudo. Definitivamente yo no pertenecía a aquella gente.

Publicado la semana 37. 19/09/2021
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