32
Daminis

Cuando llegue aunque no quiera

Detuvo el caballo encima de una colina y entrecerró los ojos buscando el pueblo en el horizonte, pero no lo encontró. Aún podía montar durante algunas horas más antes de que se hiciese de noche, pero de todas formas desmontó y empezó a buscar ramas para hacer una hoguera. El pueblo podía estar perfectamente tras esas elevaciones que se veían a menos de una hora a caballo, de hecho es probable que estuviese ahí, y de seguro si llegaba esa misma tarde comería y dormiría muy bien, colmado de honores, a cuenta de la casa o de los vecinos, pero pese a ello desmontó con el sol aún vivo en el cielo y montó allí su campamento, en mitad de la nada.

Cuando ya fue de noche y el fuego crepitaba y le iluminaba la cara, él pensó de nuevo en la viuda, en la manera en que le había mirado. Aquella mujer parecía comprar caras las palabras y no usaba más de lo necesario, por eso no le había insistido, pero aquella forma de mirarle, eso fue lo que le obligó a acceder. No es que acabara convencido, no empatizó con aquella mujer o los vecinos, sino que se vio obligado a hacer aquello de alguna forma, sin quererlo, como si alguien cantase la canción de su destino y a él le tocase bailarla. Y ahora, cuando volviese al pueblo, le tocaría hablar con los vecinos y contarles lo que sucedió, cómo sucedió y cómo quedó el mundo después de aquello, porque definitivamente todo este asunto era de momento el mundo entero para aquel pueblo y su gente. Para todos menos la viuda, quien de todo aquello solo había sacado una lápida y ahora, quien sabe, quizá algo de consuelo.

Cuando se durmió oyó a su caballo relinchar, sintió el frío de la intemperie en las mejillas y notó cómo el viento susurrante se llevaba como presente parte de las cenizas de la hoguera. También soñó en parte con lo sucedido, cómo había llegado al recodo de la montaña del que le habían hablado y cómo los había encontrado allí. Después, una vez despertó, no pudo evitar seguir reconstruyendo la escena. Desayunó despacio y no tuvo prisa en montar de nuevo a su caballo. No era difícil ver que no tenía prisa por volver al pueblo, dejaba que su caballo se desviase para comer cualquier hierba y él paraba para orinar aunque no tuviese ganas. Cuando llegase le rodearían, igual hasta le bajarían del caballo entre vítores y le exigirían que les contase la historia allí mismo. ¿Los encontraste? Sí. ¿A los tres? Sí. ¿Y acabaste con ellos? Sí. Y estallarían en gritos de euforia una vez supiesen que la pesadilla había terminado. Entonces le conducirían a la taberna, le sentarían en algún lugar centrado y se colocarían a su alrededor como una bandada de aves sobre los árboles mientras se produce la batalla. Cuéntanos cómo sucedió, le exigirían. Y él no sabía si contarlo. No sabía si decir cómo se apostó con el sol a sus espaldas y le dijo al primero de aquellos hombres “ey”, para después disparar el revólver antes de que el tipo tuviese tiempo de devolver el saludo O sobre si contar cómo el segundo hombre de la banda vació su cargador sobre él sin dar ni una sola bala y cómo él acabó con su vida de un solo disparo. O narrar cómo el tercer hombre huyó corriendo después de que le hiriese en la mano con la que sujetaba su arma y cómo le alcanzó de un disparo cuando se encontraba ya a una milla de distancia. O bien podría callarse todas aquellas mentiras y decir la verdad, que esperó a que se durmiesen, se acercó, envenenó el agua y estuvo escondido hasta que estuvieron los tres muertos. Algo le susurraba que no importaba que hubiese librado a aquella gente del terror de aquella banda, en el momento en que dejase de contar una historia épica para contar la verdad dejarían de quererle.

Ya era de noche cuando entró en el pueblo con su caballo. No había una aglomeración esperándole. No estaban allí la viuda o el alcalde. Tan solo un jornalero le vio mientras cruzaba la calle:

—¿Lo hiciste?
—Sí.
—Bien.

Publicado la semana 32. 15/08/2021
Etiquetas
Compartir Facebook Twitter
Género
Relato
Año
I
Semana
32
Ranking
0 49 4