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Daminis

Tu epifanía, querido

He quedado en ir a recogerle y le encuentro en la plaza con una bufanda, sentado y mirando al cielo. Al acercarme a él digo su nombre y me mira, y yo me pregunto cuánto hubiera tardado en darse cuenta de mi presencia si me hubiese quedado allí de pie, a su lado, sin decir nada.

Le conocí en casa de los chicos. Por allí pasa gente de todo tipo. Algunos vienen y se van, otros se quedan mucho tiempo, otros se ve que están pero no deberían. Esta última impresión me dio él. Le vi allí y por estética tenía sentido que estuviera, pero me quedé mirándole y estuve segura de que aquel no era su lugar. Él me miró mirarle entonces un par de veces y desvió la mirada, lo que me reafirmó en mis sospechas. Pero me acerqué a hablar con él y descubrí que era sencillo y amable, y eso me gustó. Fue así como empecé a llevármelo de la casa de los chicos cogido de la manga y a dar vueltas por ahí. Al final los dos perdimos el contacto con los chicos, pero no importó, ahora tengo un hermoso misterio en mis manos.

Le levanto cogiéndole de la mano y salgo con él de la plaza. Siempre me digo que tengo que dejarle a él la iniciativa de qué hacer alguna vez, pero nunca lo hago, la verdad es que me exaspera un poco su paciencia infinita. Tiene alma de fotógrafo de fauna salvaje. Por eso me pregunto tanto cómo acabó con los chicos. Me acuerdo de una vez, por ejemplo, en la que uno de aquellos transeúntes que pasaban por allí, después de dormir tres noches, desapareció a la cuarta con todo el alcohol y el tabaco de la casa. Los chicos no se molestaron, sin embargo, y empezaron a gritar que tocaba una expedición general y así, unos gritando expedición y otros gritando incursión, bajamos a la calle como la manada más feliz del mundo. Incluso entre esa turba mi modosito seguía callado, o bien si gritaba procuraba que su voz quedase por debajo del resto. Aquella vez, cuando llegamos a una calle que tiene unas aceras muy estrechas y algunos tuvimos que ir caminando por la calzada aunque arrimados a un lado, un coche pasó a nuestro lado como un vendaval y todos levantamos los brazos y le gritamos de todo al conductor haciendo de la bronca otra fiesta, todos menos él, que con las manos en los bolsillos era el primero en no atreverse a caminar por donde los coches rugen.

Le miro y pienso que es guapo y que si me mira es posible que piense que soy guapa pero que no me lo dirá. Así que le miro muy seria y se lo digo, le digo guapo, y él se ruboriza. Después seguimos por las calles del casco viejo. Me encanta pasear por aquí con él. Con los chicos venía a veces, pero con ellos era siempre de noche y todo quedaba bañado por el naranja de las farolas, y no había nadie en las calles, y los perros aullaban en lugar de ladrar. Con él es de día y la luz blanca hace maravillas, y como camino más rápido doy tiempo a que las señoras mayores me miren con mala cara para después verle él y que se les vea en el rostro que no saben qué pensar porque de verdad, qué maravilla es mi novio. Mi novio o lo que sea, ya ves tú.

De pronto veo una iglesia. Su fachada me llama muchísimo la atención, ni por simple ni por compleja, sino porque su pórtico no está hecho de piedra sino de madera. Hay varias figuras, un Cristo arrastrando la cruz, un santo que no reconozco, un ángel con un libro en la mano y una mujer que entiendo que es María, y todos están hechos en una madera barnizada que brilla, a tamaño real sobre la puerta parecen estar saliendo para echar a andar levitando sobre nuestras cabezas. Me urge entrar, porque además en ésta no te cobran la entrada, pero veo que él se demora, que tiene cierta reticencia a seguirme, y eso es raro, porque a mis deseos nunca dice que no, nunca. Así al final decido entrar yo y le pregunto con mala baba que si no quiere que le busque una correa para dejarle atado en la puerta. Entro y echo a caminar por la nave lateral ciertamente decepcionada porque por dentro la iglesia no tiene nada de especial. Me da por girarme en el momento justo en que él entra y le veo buscarme con la mirada, no encontrarme y, rápidamente, con la habilidad de un carterista, persignarse. Hace la señal de la cruz con la fluidez del agua.

Le miro y no sé muy bien qué hacer o qué decir. Iba a proponerle irnos a un bar, pero le he llevado a un parque de las afueras y estamos sentados en el verde. No sé muy bien cómo tratarle, no es por mí, que no le acepte o algo parecido, es que ahora me siento rara, como si llevase encima un disfraz o ropa sucia. Él se comporta como siempre, pero yo no puedo dejar de pensar que no es de aquí, de mi aquí, quiero decir, que se ha escapado de alguna parte y que al cabo de un tiempo volverá redimido porque yo soy solo una fase. Y jo, cómo duele saberse una fase de alguien.

Publicado la semana 27. 11/07/2021
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