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Daminis

Que si no me das la mano me voy al suelo

Que yo salgo del charco, arrastrándome, a cuatro patas, y aunque sí es verdad que finjo un poco también lo es que no podría levantarme sin volver a ver el suelo. Y tú estás ahí, tendiendo, y llevas falda. Yo me quedo obnubilado mirándote. Fíjate, he dicho obnubilado, he estirado la mano y he cogido la primera palabra que pasaba ante mí y mira si me gusta. Tú coges el barreño y te vas y yo como los animales te sigo entre la maleza, pero no te puedo cazar, no a este ritmo tan patoso. Así que me voy levantando como puedo, las piernas, la cadera, la espalda y al fin la cabeza y entonces te has parado, te giras y dices:
—¿Ves como podías andar?
Y así yo me caigo al suelo.

Me coges de la mano y no me sueltas aunque empiece a sudar. Y yo como un niño pequeño aprieto los labios para que no se me escape preguntarte si no me sueltas porque te gusta tenerme o es que temes que me venga abajo si lo haces. Pero la duda va creciendo y me hincho, y me voy inflando como un globo, tanto que me elevo del suelo y me pongo rojo, de la presión y la vergüenza, y la mano sudada se escurre entre tus dedos y así me escapo de todo y me pierdo también. Mientras me elevo en el aire pienso que eso de subir como un globo sí que da vértigo y no la caía desde un edificio. Intento ver mi vida pasar pero lo dejo en seguida, no es serio deprimirse justo antes de morir. Pero ahí estás tú, que con las manos arrancas el tronco de un árbol joven y con los dientes lo limpias de ramas y maleza, lanzándolo después como una pértiga que me da en la tripa y me hace decir ¡ay! Y otra vez al suelo. Ahí me coses la herida con tanto cariño que me haces llorar, y cuando me preguntas que por qué lloro  me pongo a llorar más por no saber contestarte.

Luego me vas soltando la mano y en tu ausencia más que en tu presencia veo que soy todo un niño, que si no me lanzo al lodo espero que asientas y me digas que muy bien. Me gusta la casita que has construido, encima de una ladera, donde te veo tender más veces de la cuenta a modo de seña, de cómo empezó todo, de guiño entre la seriedad que nos atañe. Por eso me siento peor cuando me pongo a deambular y me dejo caer en los rincones oscuros de la ciudad, donde las manos hábiles me ayudan a caer y seguir cayendo. En esos casos, con la visión torcida, ya no sé si desear que aparezcas y me rescates y me sienta mal porque me veas así o salir a rastras y buscar un abrevadero donde meter la cabeza para comprobar si el destino quiere que me muera o solo me refresque.

Intento subir la ladera, voy dando pasos cada vez más lentos, consigo erguirme y te veo al otro lado de la ventana y puedo percibir por un momento tu mundo sin mí. Entonces me yergo tanto como para caer de espaldas y caigo ladera abajo. No quiero arrastrar tu mundo limpio al mío, porque está claro que yo no me levanto sino que te voy encogiendo. Me arrastro hasta encontrar un poco de lodo y así, a rastras, entro en él. Hay que reconocer que una vez dentro no se está mal, es agradable.

Publicado la semana 14. 11/04/2021
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