05
Nathan

Abordo

Se conduce con pasos torpes, tratando de evitar que se note su borrachera, se limpia la boca con la manga de su abrigo, una pelusa se le adhiere a su barba rala, una baba gelatinosa se escurre por la comisura de sus labios. El último tramo hasta la caseta del guarda arrastra los pies ralentizando el tiempo. El viejo busca la documentación entre sus ropas, se le patinan los documentos entre los dedos, a duras penas evita que se la caigan.

El guarda le mira sentado en el refugio de la garita, a regañadientes se incorpora abriendo la ventanilla, recibe la documentación del viejo. Mira la firma y la foto que no hace justicia, le hace dos preguntas.

Las respuestas del viejo van cargadas de un fuerte aliento a alcohol y enfermedad, el guarda retrocede involuntariamente atacado por la pestilencia alcohólica. Entrega al viejo un impreso quien lo firma con una pésima caligrafiá de niño parvulario. El guarda levanta la barrera permitiendo le que acceda al muelle.

El muelle esta en una actividad efervescente, un enorme reloj da las campanadas acompañada del pitido de una sirena indicando que son las cinco de la mañana. El viejo se sube el cuello de su abrigo para protegerse del frio, la lluvia le empapa el cabello ralo y gris. Se saca un gorro negro de marinero encasquetar hasta las orejas. Se ha detenido de bajo de una farola que tirita también por efecto del viento norte. Habla consigo mismo recobrando el aplomo perdido ante el guarda de seguridad, se liá un cigarrillo desparramando la mayor parte del tabaco.

Un encargado surge de una de las múltiples oficinas que hay dispuestas en el puerto naviero. Con los brazos en jarras reconoce al viejo, niega maldiciendo lo apremia a que suba al barco, los pitidos del barco carbonero reclamando la asistencia de todos secundan las ordenes del encargado.

El viejo maldice obedeciendo, arroja el cigarrillo mal liado, quemado que no ha prendido al suelo y reanuda su baile de borracho hasta el barco.

Despacio a sus espaldas las amenazas del encargado a quien se le ha unido otro hombre que ha salido de la misma oficina alertado por los gritos se pierden en la bruma.

El viejo llega al barco amarrado a la dársena del muelle, que lo espera como una obesa madre paciente.

El primer pie en la pasarela lo hace resoplar, el segundo lo conduce a otro mundo, a otro país, ahora las leyes son otras, el rey es otro y el viejo también se transforma en otra persona.

El barco se mece de forma despreciable y los pasos del viejo ni se dan cuenta, ahora ya no se bambolea. Sube hasta el camarote, se quita el abrigo, se seca el pelo con una toalla.

Tiene café preparado, humea, se llena una taza de medio litro y se bebe la mitad de un trago.

Se lleva un puro a los labios duros y arrugados, lo muerde entre sus dientes amarillentos, lo enciende con una cerilla de madera, le da caladas hasta que su ojos amarillos se iluminan por la incandescencia

Mira una de las muchas fotos que hay dispuestas en su secreter, entre cartas náuticas, sextantes, brújulas y compases. La mujer de la foto en blanco y negro no sonríe, grande y austera lo mira amonestadora mente desde el marco, la coloca bocabajo, coge la siguiente fotografiá, una tropa de ocho críos de todas las edades, sexos y alturas lo miran, la devuelve a su lugar en el secreter. La última foto son tres hombres jóvenes, con uniforme militares, miran con seriedad marcial. El viejo acaricia la foto, suspira vaciándose. La deja en su sitio y coloca un crespón negro que se ha deslizado junto a ella. Vacía la taza de café de un trago antes de volver a llenársela.

Un golpe en la puerta de la cabina acompañada de la voz del segundo de abordo lo apremia, los prácticos esperan, la marea no espera a nadie.

El viejo se pone un abrigo seco, su gorra de capitán, carraspea y maldiciendo antes de subir a la cabina de mando coloca bien la foto de la mujer.

 

Publicado la semana 5. 07/02/2021
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