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Alicia14

El día que el arte atrapó al artista

La exposición de Emilio sería exhibida en menos de veinticuatro horas.

Necesitaba concentrar la energía en repasar su trabajo y perfilar los detalles necesarios. ¡Dios mío, todo estaba en los detalles, y cuánto le obsesionaban! Éstos habían sido la causa de tremendas dosis de estrés y, sobre todo, de noches largas. El insomnio aquejaba al pintor desde su juventud.   

Cuando todavía vivía con sus padres, y ya pintaba, una de esas noches, en lugar de quedarse horas y horas cambiando de postura o mirando al techo, decidió bajar al sótano (que era su estudio), y ponerse a pintar. Total, si estaba destinado a apenas dormir, qué mejor forma de pasar el tiempo, que haciendo lo que amaba.

Fue al cumplir los veintitrés años cuando Emilio descubrió una nueva habilidad. Era un martes de madrugada, bajó a su estudio, preparó los pinceles y se puso a ello.

Llevaba un buen rato rematando el efecto de la luz sobre el lago, cuando su mano traspasó el lienzo. De un instante a otro se encontraba en el paisaje que estaba creando: un pequeño lago, montañas atrás y un espacio de tierra con un arbusto incompleto. Todo cobró vida. Podía experimentar la frescura del agua, el esfuerzo de sus pulmones por mantenerse a flote y el sol acariciándole la cara. Fue nadando hasta la orilla, se quitó los zapatos y sintió la humedad de la tierra.

A raíz de ese día Emilio se dispondría a bajar todas las noches para entrar en sus obras, disfrutar de ellas, meditar, pasear, incluso una vez entró con una cerveza bien fría para saborearla en el balcón con la vista al océano. Fue a prueba de ensayo y error como descubrió que no podía salir del cuadro cuando él quisiera. Solamente a las tres y treinta minutos era posible volver. Eso sí, la mayoría de las veces iba directo a la ducha, ya que sus pinturas contenían elementos como mares o lagos y él quedaba empapado.

Emilio cada vez pasaba más tiempo en esa otra realidad. Nunca habló con nadie de todo aquello. Tampoco sentía la necesidad; era su secreto y lo único que le ayudaba a después caer rendido en la cama.

Además, mejoró en gran medida la calidad de su pintura, ya que al estar dentro de sus creaciones podía examinar con exquisita meticulosidad las formas, la combinación de los colores, las sombras… para luego desde el otro lado, pulir o corregir las fallas que había observado. Tanto fue así, que su padre- y mayor crítico- quedó impresionado de sus últimos trabajos.

  La noche previa a sus exposiciones, tenía la costumbre de ir a la galería con su pareja, sacar una mesita plegable, dos sillas y brindar con champagne. Pero en esta ocasión Emilio fue solo, porque ella no estaba en la ciudad.

 Aprovechó para entrar dentro de la que sería su obra principal- y su favorita- titulada Oscuridad salvaje. Se sentó un buen rato con una botella y una copa en lo alto de una roca contemplando las olas que rompían con furia bajo un cielo oscuro. Estaba verdaderamente orgulloso del cuadro.

El reloj marcaba las tres y veinte. Tenía que irse y descansar; al medio día llegarían los invitados. Nada más levantarse notó el efecto del alcohol y vio algo que no le gustó: quizá debería darle más intensidad al azul del agua, empezó a asomarse para poder ver mejor, y perdió el equilibrio al tambalearse con el pie derecho. Cayó al mar. Con toda la velocidad que le fue posible empezó a nadar, pero la corriente era demasiado fuerte. Tres y treinta y dos. No pudo salir del cuadro.

  Eran ya la una en punto. Amigos, familiares, compañeros y críticos del mundo artístico estaban en la galería. Emilio no apareció. Nadie pudo encontrarlo. La única señal que había de él, eran sus obras.

El cuadro principal fue el que más sensación causó. Varios intentaban descifrar qué sería la figura de forma difusa que estaba entre las olas. Concluyeron que era un detalle sin importancia.  

Publicado la semana 5. 01/02/2021
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