14
Alicia14

Hoy es de esos días

Hoy es de esos días. Mi mente está paralizada. Como si algo me hubiera succionado por completo- adrenalina, deseos, vida- hasta el movimiento de la sangre. 

Lo único que me importa ahora es que nadie me moleste. No quiero que me hablen, miren, o que respiren cerca de mí.

  Qué alivio estar sola en momentos así. Y, sobre todo, que alivio que hoy es domingo y por lo menos nos dan un día de descanso en este lugar; descanso de sesiones grupales, individuales, de cualquier interacción. Libertad de poder quedarme todo el día en mi cuarto haciendo nada, más que mirar los postes de luz a lo lejos y el cielo grisáceo. Para mí esto es un lujo. Porque mañana empieza todo de nuevo: madrugar para comerme un desayuno sin hambre; terapia matutina con el doctor Sáenz para que vuelva a regularme la dosis de las pastillas con la esperanza de que en dos semanas empiece a “equilibrarme”. Después de eso, sentarme en el patio, y con suerte un poco de aire frío me sacará momentáneamente de este letargo.

  Lo peor de todo es la sesión grupal de por la tarde, dos horas sin parar de escuchar las mismas historias: Luis está saliendo de la fase maníaca y sentirá una culpa terrible por todo lo que hizo en su fin de semana libre, seguramente algo relacionado con mucho alcohol, otras mujeres y no haber llegado a dormir a casa. Luego, Raquel, describirá interminables sueños con todo detalle para al final acabar confesando que no puede evitar imaginar cómo se suicidaría y el placer que siente al hacerlo. ¿Si tanto lo desea por qué no lo haces?, pregunta que jamás nadie hará.

  La otra mitad del grupo básicamente se quejará de los efectos secundarios de los antipsicóticos y antidepresivos, planteándose seriamente el dejarlos, para arrepentirse diez minutos después cuando la terapeuta Nolan empiece a recordarles uno por uno qué fue lo que ocurrió la última vez que no los tomaron: consecuencias catastróficas, claro. Otra vez la vergüenza y la monstruosa culpa reinarían en la habitación. Hasta que todas las miradas se dirigirán a los pocos que evitamos hablar por iniciativa propia.

  Eventualmente, Nolan me invitaría a compartir cómo llevo mi primer mes aquí. ¿Dónde es aquí? Te estarás preguntando tú lector. Supongo que la palabra centro psiquiátrico se te habrá cruzado por la mente.

 Me gusta imaginar que en un futuro, alguien que no me conozca en algún rincón del planeta pueda leer esto. Y me hace sentir cómoda esta forma de escribir, como mirándome de lejos.  

  Esto de mirarme de lejos comenzó desde mi aventura con Rubén. Él es la pareja de mi madre. ¿Ves por qué no hablo de mí en la terapia grupal?

    Todo empezó cuando cruzamos esa línea, la clase de  línea que, si se transgrede, no hay marcha atrás. De forma explícita fue el verano previo a entrar en la universidad, pero yo diría que ocurrió antes, por ejemplo cada una de las veces que llegaba con copas después de  estar con sus amigos, y me miraba de esa forma… muchas veces un escalofrío me recorría la columna. Nunca supe con certeza si era una sensación agradable o no la que sentía.

   Mi madre trabajaba de enfermera en turno nocturno, dormía casi todo el día (cuando no estaba también bebiendo), así que veía más a Rubén que a ella.

   Una de esas noches de verano, llegué a casa con un chico que conocí en la fiesta. Fuimos directamente al sillón del salón y comenzamos a besarnos frenéticamente. Llevábamos tiempo en eso, cuando de reojo vi a Rubén: estaba en la cocina, con la puerta entreabierta, observándonos. Yo no sentí vergüenza alguna o el impulso de parar. Al contrario: me invadió una excitación que no había conocido antes. El calor en el vientre subía, mi sangre estaba hirviendo de placer.

  Yo estaba encima del chico, con mis labios pegados a su oreja, pero él ya no existía para mí, éramos solo Rubén y yo- sumidos en un espacio íntimo-, mis ojos puestos sobre él. No aparté mi mirada de la suya ni por un solo segundo.  Y no fue hasta que llegué al orgasmo, y terminó el acto, que él dejó de verme, se dio la vuelta y subió a su cuarto.

  ¿Qué me había pasado?, ¿por qué disfruté tanto de algo tan retorcido?

  No sentía un atisbo de culpa. Eso me preocupaba, no lo voy a negar, porque mi lógica me decía que no estaba bien. Pero lo que también pasó, es que, a partir de esa noche, abrí la puerta a un deseo – que consideraba inexistente hasta entonces- y fue monopolizando mis pensamientos, mi fantasía, mis anhelos. Se hacía más y más grande. Me masturbaba casi todas las noches ante la idea de sentir sus manos sobre mi cadera bajando lentamente hasta mi sexo…

  Pasó casi una semana en la que apenas coincidíamos en casa, hasta que una noche, escuché que llegaba de madrugada. La puerta de mi cuarto estaba abierta. Entró, la cerró y sin decir palabra alguna se metió entre mis sábanas, y empezó a acariciarme…

  Durante casi un año entraría a mi cama casi todas las noches, mientras que mi madre no estaba. Sin embargo, sucedió algo extraño: las sensaciones que se despertaban en mi cuerpo durante el acto sexual eran placenteras, pero cuando amanecía al día siguiente, algo cambiaba de forma abrupta en mí. La vitalidad que siempre tenía iba a bajando de intensidad; en general, el mundo perdía fuerza, se difuminaba.

  Un recurrente sueño me atormentaría repetidamente: me veía de lejos a mí misma en la cama durmiendo, y de repente, se abría la ventana y podía ver una mano, nada más que eso, con dedos largos… -me daba escalofríos mirarlos-, esa mano (que no estaba sujeta a ningún cuerpo) no se acercaba físicamente a mí, desde la distancia movía sus dedos, y como si ramificaran de ellos hilos invisibles, comenzaban a abrir mi pecho y a extraer pedacitos de mi cuerpo… yo me gritaba, espantada ¡despierta, Laura, despierta, sal corriendo! Pero no podía moverme.

 Despertaba sudando, con el latido del corazón desbocado.

  Fui perdiendo el apetito, y las ganas de salir con mis amigos, ya que las pocas veces que lo hacía y llegaba a casa tarde, Rubén se enfadada y el sexo esa noche era violento. Me susurraba poco antes de correrse que era suya, y que no se me ocurriera acostarme con nadie más.

  Para entonces, yo fingía el orgasmo. Sólo al principio sentía excitación, pero en el momento que me penetraba, automáticamente mi alma se desconectaba de mi cuerpo, era raro: me convertía en la observadora que percibe todo y siente nada.

  ¿Dónde habían quedado mis exquisitas fantasías?

  Se habían evaporado, parecían de otra vida. Y tampoco me atrevía a decirle que ya no quería nada con él; cuando se encontraba encima de mí, mi cuerpo no respondía, excepto cuando pegaba su sudorosa boca a mi oreja para decirme que si prefería que se fuera, lo haría, y se follaría a mi madre cuando llegara del trabajo. De manera involuntaria, sentía un torrente incontrolable de furia y celos, punzadas en mí estómago… entonces renacía un desmedido deseo, pero tan rápido como surgía, volvía a desvanecerse.

  Esperaba a que hubiera pasado tiempo suficiente desde que se iba de mi cuarto, y me dirigía al baño para vomitar. Esa era la única venganza que podía realizar: era mi forma de rebelarme, de expulsar cada palabra, suspiro, su semen, y su aliento alcohólico que volcaba sobre mí. 

  El primer miércoles del mes de mayo, de un día para otro, Rubén dejó a mi madre, y se fue de casa. Ella tuvo que trabajar doble porque no alcanzaba sólo con su sueldo para mantenernos sin la ayuda económica de él. Me mandó a vivir con su única hermana mientras ella intentaba ahorrar dinero suficiente y seguramente, bebérselo. Se despidió de mí con un frío abrazo: Qué barbaridad. Cómo estás tan delgada. Prométeme que comerás todo lo que te dé la tía, cuando vuelvas quiero verte más gordita.

   El marido de mi tía trabaja en el centro psiquiátrico en el que estoy. Y fue él quien insistió en que necesitaba ayudaba, y me consiguió la plaza.

  Como ellos ya estaban familiarizados el alcoholismo de mi madre, fue lo primero que  le contaron al psiquiatra en la entrevista,  y se concluyó que la madre tóxica era el origen de mi malestar. Yo no dije nada, y tampoco lo negué (porque supongo, que en parte es cierto), y prefiero que toda la atención se desvíe a la relación madre- hija, o más bien, a la falta de relación, que a tener que contar lo que aquí acabo de escribir.

  Desde que ingresé, el mismo horrible sueño en el que la mano me va extrayendo la vida de mi cuerpo aún me persigue, pero con menos frecuencia. Los días que no lo tengo, me siento un poco más ligera, con más hambre e incluso con humor. Pero los días que sí, despierto paralizada no física sino espiritualmente. La realidad queda secuestrada en alguna ensoñación lejana, y  yo fuera de ella. Vacía de la vida que pasa a mí alrededor.

 Hoy es de esos días.

Hoy es de esos días. Mi mente está paralizada. Como si algo me hubiera succionado por completo- adrenalina, deseos, vida- hasta el movimiento de la sangre. 

Lo único que me importa ahora es que nadie me moleste. No quiero que me hablen, miren, o que respiren cerca de mí.

  Qué alivio estar sola en momentos así. Y, sobre todo, que alivio que hoy es domingo y por lo menos nos dan un día de descanso en este lugar; descanso de sesiones grupales, individuales, de cualquier interacción. Libertad de poder quedarme todo el día en mi cuarto haciendo nada, más que mirar los postes de luz a lo lejos y el cielo grisáceo. Para mí esto es un lujo. Porque mañana empieza todo de nuevo: madrugar para comerme un desayuno sin hambre; terapia matutina con el doctor Sáenz para que vuelva a regularme la dosis de las pastillas con la esperanza de que en dos semanas empiece a “equilibrarme”. Después de eso, sentarme en el patio, y con suerte un poco de aire frío me sacará momentáneamente de este letargo.

  Lo peor de todo es la sesión grupal de por la tarde, dos horas sin parar de escuchar las mismas historias: Luis está saliendo de la fase maníaca y sentirá una culpa terrible por todo lo que hizo en su fin de semana libre, seguramente algo relacionado con mucho alcohol, otras mujeres y no haber llegado a dormir a casa. Luego, Raquel, describirá interminables sueños con todo detalle para al final acabar confesando que no puede evitar imaginar cómo se suicidaría y el placer que siente al hacerlo. ¿Si tanto lo desea por qué no lo haces?, pregunta que jamás nadie hará.

  La otra mitad del grupo básicamente se quejará de los efectos secundarios de los antipsicóticos y antidepresivos, planteándose seriamente el dejarlos, para arrepentirse diez minutos después cuando la terapeuta Nolan empiece a recordarles uno por uno qué fue lo que ocurrió la última vez que no los tomaron: consecuencias catastróficas, claro. Otra vez la vergüenza y la monstruosa culpa reinarían en la habitación. Hasta que todas las miradas se dirigirán a los pocos que evitamos hablar por iniciativa propia.

  Eventualmente, Nolan me invitaría a compartir cómo llevo mi primer mes aquí. ¿Dónde es aquí? Te estarás preguntando tú lector. Supongo que la palabra centro psiquiátrico se te habrá cruzado por la mente.

 Me gusta imaginar que en un futuro, alguien que no me conozca en algún rincón del planeta pueda leer esto. Y me hace sentir cómoda esta forma de escribir, como mirándome de lejos.  

  Esto de mirarme de lejos comenzó desde mi aventura con Rubén. Él es la pareja de mi madre. ¿Ves por qué no hablo de mí en la terapia grupal?

    Todo empezó cuando cruzamos esa línea, la clase de  línea que, si se transgrede, no hay marcha atrás. De forma explícita fue el verano previo a entrar en la universidad, pero yo diría que ocurrió antes, por ejemplo cada una de las veces que llegaba con copas después de  estar con sus amigos, y me miraba de esa forma… muchas veces un escalofrío me recorría la columna. Nunca supe con certeza si era una sensación agradable o no la que sentía.

   Mi madre trabajaba de enfermera en turno nocturno, dormía casi todo el día (cuando no estaba también bebiendo), así que veía más a Rubén que a ella.

   Una de esas noches de verano, llegué a casa con un chico que conocí en la fiesta. Fuimos directamente al sillón del salón y comenzamos a besarnos frenéticamente. Llevábamos tiempo en eso, cuando de reojo vi a Rubén: estaba en la cocina, con la puerta entreabierta, observándonos. Yo no sentí vergüenza alguna o el impulso de parar. Al contrario: me invadió una excitación que no había conocido antes. El calor en el vientre subía, mi sangre estaba hirviendo de placer.

  Yo estaba encima del chico, con mis labios pegados a su oreja, pero él ya no existía para mí, éramos solo Rubén y yo- sumidos en un espacio íntimo-, mis ojos puestos sobre él. No aparté mi mirada de la suya ni por un solo segundo.  Y no fue hasta que llegué al orgasmo, y terminó el acto, que él dejó de verme, se dio la vuelta y subió a su cuarto.

  ¿Qué me había pasado?, ¿por qué disfruté tanto de algo tan retorcido?

  No sentía un atisbo de culpa. Eso me preocupaba, no lo voy a negar, porque mi lógica me decía que no estaba bien. Pero lo que también pasó, es que, a partir de esa noche, abrí la puerta a un deseo – que consideraba inexistente hasta entonces- y fue monopolizando mis pensamientos, mi fantasía, mis anhelos. Se hacía más y más grande. Me masturbaba casi todas las noches ante la idea de sentir sus manos sobre mi cadera bajando lentamente hasta mi sexo…

  Pasó casi una semana en la que apenas coincidíamos en casa, hasta que una noche, escuché que llegaba de madrugada. La puerta de mi cuarto estaba abierta. Entró, la cerró y sin decir palabra alguna se metió entre mis sábanas, y empezó a acariciarme…

  Durante casi un año entraría a mi cama casi todas las noches, mientras que mi madre no estaba. Sin embargo, sucedió algo extraño: las sensaciones que se despertaban en mi cuerpo durante el acto sexual eran placenteras, pero cuando amanecía al día siguiente, algo cambiaba de forma abrupta en mí. La vitalidad que siempre tenía iba a bajando de intensidad; en general, el mundo perdía fuerza, se difuminaba.

  Un recurrente sueño me atormentaría repetidamente: me veía de lejos a mí misma en la cama durmiendo, y de repente, se abría la ventana y podía ver una mano, nada más que eso, con dedos largos… -me daba escalofríos mirarlos-, esa mano (que no estaba sujeta a ningún cuerpo) no se acercaba físicamente a mí, desde la distancia movía sus dedos, y como si ramificaran de ellos hilos invisibles, comenzaban a abrir mi pecho y a extraer pedacitos de mi cuerpo… yo me gritaba, espantada ¡despierta, Laura, despierta, sal corriendo! Pero no podía moverme.

 Despertaba sudando, con el latido del corazón desbocado.

  Fui perdiendo el apetito, y las ganas de salir con mis amigos, ya que las pocas veces que lo hacía y llegaba a casa tarde, Rubén se enfadada y el sexo esa noche era violento. Me susurraba poco antes de correrse que era suya, y que no se me ocurriera acostarme con nadie más.

  Para entonces, yo fingía el orgasmo. Sólo al principio sentía excitación, pero en el momento que me penetraba, automáticamente mi alma se desconectaba de mi cuerpo, era raro: me convertía en la observadora que percibe todo y siente nada.

  ¿Dónde habían quedado mis exquisitas fantasías?

  Se habían evaporado, parecían de otra vida. Y tampoco me atrevía a decirle que ya no quería nada con él; cuando se encontraba encima de mí, mi cuerpo no respondía, excepto cuando pegaba su sudorosa boca a mi oreja para decirme que si prefería que se fuera, lo haría, y se follaría a mi madre cuando llegara del trabajo. De manera involuntaria, sentía un torrente incontrolable de furia y celos, punzadas en mí estómago… entonces renacía un desmedido deseo, pero tan rápido como surgía, volvía a desvanecerse.

  Esperaba a que hubiera pasado tiempo suficiente desde que se iba de mi cuarto, y me dirigía al baño para vomitar. Esa era la única venganza que podía realizar: era mi forma de rebelarme, de expulsar cada palabra, suspiro, su semen, y su aliento alcohólico que volcaba sobre mí. 

  El primer miércoles del mes de mayo, de un día para otro, Rubén dejó a mi madre, y se fue de casa. Ella tuvo que trabajar doble porque no alcanzaba sólo con su sueldo para mantenernos sin la ayuda económica de él. Me mandó a vivir con su única hermana mientras ella intentaba ahorrar dinero suficiente y seguramente, bebérselo. Se despidió de mí con un frío abrazo: Qué barbaridad. Cómo estás tan delgada. Prométeme que comerás todo lo que te dé la tía, cuando vuelvas quiero verte más gordita.

   El marido de mi tía trabaja en el centro psiquiátrico en el que estoy. Y fue él quien insistió en que necesitaba ayudaba, y me consiguió la plaza.

  Como ellos ya estaban familiarizados el alcoholismo de mi madre, fue lo primero que  le contaron al psiquiatra en la entrevista,  y se concluyó que la madre tóxica era el origen de mi malestar. Yo no dije nada, y tampoco lo negué (porque supongo, que en parte es cierto), y prefiero que toda la atención se desvíe a la relación madre- hija, o más bien, a la falta de relación, que a tener que contar lo que aquí acabo de escribir.

  Desde que ingresé, el mismo horrible sueño en el que la mano me va extrayendo la vida de mi cuerpo aún me persigue, pero con menos frecuencia. Los días que no lo tengo, me siento un poco más ligera, con más hambre e incluso con humor. Pero los días que sí, despierto paralizada no física sino espiritualmente. La realidad queda secuestrada en alguna ensoñación lejana, y  yo fuera de ella. Vacía de la vida que pasa a mí alrededor.

 Hoy es de esos días.

Hoy es de esos días. Mi mente está paralizada. Como si algo me hubiera succionado por completo- adrenalina, deseos, vida- hasta el movimiento de la sangre. 

Lo único que me importa ahora es que nadie me moleste. No quiero que me hablen, miren, o que respiren cerca de mí.

  Qué alivio estar sola en momentos así. Y, sobre todo, que alivio que hoy es domingo y por lo menos nos dan un día de descanso en este lugar; descanso de sesiones grupales, individuales, de cualquier interacción. Libertad de poder quedarme todo el día en mi cuarto haciendo nada, más que mirar los postes de luz a lo lejos y el cielo grisáceo. Para mí esto es un lujo. Porque mañana empieza todo de nuevo: madrugar para comerme un desayuno sin hambre; terapia matutina con el doctor Sáenz para que vuelva a regularme la dosis de las pastillas con la esperanza de que en dos semanas empiece a “equilibrarme”. Después de eso, sentarme en el patio, y con suerte un poco de aire frío me sacará momentáneamente de este letargo.

  Lo peor de todo es la sesión grupal de por la tarde, dos horas sin parar de escuchar las mismas historias: Luis está saliendo de la fase maníaca y sentirá una culpa terrible por todo lo que hizo en su fin de semana libre, seguramente algo relacionado con mucho alcohol, otras mujeres y no haber llegado a dormir a casa. Luego, Raquel, describirá interminables sueños con todo detalle para al final acabar confesando que no puede evitar imaginar cómo se suicidaría y el placer que siente al hacerlo. ¿Si tanto lo desea por qué no lo haces?, pregunta que jamás nadie hará.

  La otra mitad del grupo básicamente se quejará de los efectos secundarios de los antipsicóticos y antidepresivos, planteándose seriamente el dejarlos, para arrepentirse diez minutos después cuando la terapeuta Nolan empiece a recordarles uno por uno qué fue lo que ocurrió la última vez que no los tomaron: consecuencias catastróficas, claro. Otra vez la vergüenza y la monstruosa culpa reinarían en la habitación. Hasta que todas las miradas se dirigirán a los pocos que evitamos hablar por iniciativa propia.

  Eventualmente, Nolan me invitaría a compartir cómo llevo mi primer mes aquí. ¿Dónde es aquí? Te estarás preguntando tú lector. Supongo que la palabra centro psiquiátrico se te habrá cruzado por la mente.

 Me gusta imaginar que en un futuro, alguien que no me conozca en algún rincón del planeta pueda leer esto. Y me hace sentir cómoda esta forma de escribir, como mirándome de lejos.  

  Esto de mirarme de lejos comenzó desde mi aventura con Rubén. Él es la pareja de mi madre. ¿Ves por qué no hablo de mí en la terapia grupal?

    Todo empezó cuando cruzamos esa línea, la clase de  línea que, si se transgrede, no hay marcha atrás. De forma explícita fue el verano previo a entrar en la universidad, pero yo diría que ocurrió antes, por ejemplo cada una de las veces que llegaba con copas después de  estar con sus amigos, y me miraba de esa forma… muchas veces un escalofrío me recorría la columna. Nunca supe con certeza si era una sensación agradable o no la que sentía.

   Mi madre trabajaba de enfermera en turno nocturno, dormía casi todo el día (cuando no estaba también bebiendo), así que veía más a Rubén que a ella.

   Una de esas noches de verano, llegué a casa con un chico que conocí en la fiesta. Fuimos directamente al sillón del salón y comenzamos a besarnos frenéticamente. Llevábamos tiempo en eso, cuando de reojo vi a Rubén: estaba en la cocina, con la puerta entreabierta, observándonos. Yo no sentí vergüenza alguna o el impulso de parar. Al contrario: me invadió una excitación que no había conocido antes. El calor en el vientre subía, mi sangre estaba hirviendo de placer.

  Yo estaba encima del chico, con mis labios pegados a su oreja, pero él ya no existía para mí, éramos solo Rubén y yo- sumidos en un espacio íntimo-, mis ojos puestos sobre él. No aparté mi mirada de la suya ni por un solo segundo.  Y no fue hasta que llegué al orgasmo, y terminó el acto, que él dejó de verme, se dio la vuelta y subió a su cuarto.

  ¿Qué me había pasado?, ¿por qué disfruté tanto de algo tan retorcido?

  No sentía un atisbo de culpa. Eso me preocupaba, no lo voy a negar, porque mi lógica me decía que no estaba bien. Pero lo que también pasó, es que, a partir de esa noche, abrí la puerta a un deseo – que consideraba inexistente hasta entonces- y fue monopolizando mis pensamientos, mi fantasía, mis anhelos. Se hacía más y más grande. Me masturbaba casi todas las noches ante la idea de sentir sus manos sobre mi cadera bajando lentamente hasta mi sexo…

  Pasó casi una semana en la que apenas coincidíamos en casa, hasta que una noche, escuché que llegaba de madrugada. La puerta de mi cuarto estaba abierta. Entró, la cerró y sin decir palabra alguna se metió entre mis sábanas, y empezó a acariciarme…

  Durante casi un año entraría a mi cama casi todas las noches, mientras que mi madre no estaba. Sin embargo, sucedió algo extraño: las sensaciones que se despertaban en mi cuerpo durante el acto sexual eran placenteras, pero cuando amanecía al día siguiente, algo cambiaba de forma abrupta en mí. La vitalidad que siempre tenía iba a bajando de intensidad; en general, el mundo perdía fuerza, se difuminaba.

  Un recurrente sueño me atormentaría repetidamente: me veía de lejos a mí misma en la cama durmiendo, y de repente, se abría la ventana y podía ver una mano, nada más que eso, con dedos largos… -me daba escalofríos mirarlos-, esa mano (que no estaba sujeta a ningún cuerpo) no se acercaba físicamente a mí, desde la distancia movía sus dedos, y como si ramificaran de ellos hilos invisibles, comenzaban a abrir mi pecho y a extraer pedacitos de mi cuerpo… yo me gritaba, espantada ¡despierta, Laura, despierta, sal corriendo! Pero no podía moverme.

 Despertaba sudando, con el latido del corazón desbocado.

  Fui perdiendo el apetito, y las ganas de salir con mis amigos, ya que las pocas veces que lo hacía y llegaba a casa tarde, Rubén se enfadada y el sexo esa noche era violento. Me susurraba poco antes de correrse que era suya, y que no se me ocurriera acostarme con nadie más.

  Para entonces, yo fingía el orgasmo. Sólo al principio sentía excitación, pero en el momento que me penetraba, automáticamente mi alma se desconectaba de mi cuerpo, era raro: me convertía en la observadora que percibe todo y siente nada.

  ¿Dónde habían quedado mis exquisitas fantasías?

  Se habían evaporado, parecían de otra vida. Y tampoco me atrevía a decirle que ya no quería nada con él; cuando se encontraba encima de mí, mi cuerpo no respondía, excepto cuando pegaba su sudorosa boca a mi oreja para decirme que si prefería que se fuera, lo haría, y se follaría a mi madre cuando llegara del trabajo. De manera involuntaria, sentía un torrente incontrolable de furia y celos, punzadas en mí estómago… entonces renacía un desmedido deseo, pero tan rápido como surgía, volvía a desvanecerse.

  Esperaba a que hubiera pasado tiempo suficiente desde que se iba de mi cuarto, y me dirigía al baño para vomitar. Esa era la única venganza que podía realizar: era mi forma de rebelarme, de expulsar cada palabra, suspiro, su semen, y su aliento alcohólico que volcaba sobre mí. 

  El primer miércoles del mes de mayo, de un día para otro, Rubén dejó a mi madre, y se fue de casa. Ella tuvo que trabajar doble porque no alcanzaba sólo con su sueldo para mantenernos sin la ayuda económica de él. Me mandó a vivir con su única hermana mientras ella intentaba ahorrar dinero suficiente y seguramente, bebérselo. Se despidió de mí con un frío abrazo: Qué barbaridad. Cómo estás tan delgada. Prométeme que comerás todo lo que te dé la tía, cuando vuelvas quiero verte más gordita.

   El marido de mi tía trabaja en el centro psiquiátrico en el que estoy. Y fue él quien insistió en que necesitaba ayudaba, y me consiguió la plaza.

  Como ellos ya estaban familiarizados el alcoholismo de mi madre, fue lo primero que  le contaron al psiquiatra en la entrevista,  y se concluyó que la madre tóxica era el origen de mi malestar. Yo no dije nada, y tampoco lo negué (porque supongo, que en parte es cierto), y prefiero que toda la atención se desvíe a la relación madre- hija, o más bien, a la falta de relación, que a tener que contar lo que aquí acabo de escribir.

  Desde que ingresé, el mismo horrible sueño en el que la mano me va extrayendo la vida de mi cuerpo aún me persigue, pero con menos frecuencia. Los días que no lo tengo, me siento un poco más ligera, con más hambre e incluso con humor. Pero los días que sí, despierto paralizada no física sino espiritualmente. La realidad queda secuestrada en alguna ensoñación lejana, y  yo fuera de ella. Vacía de la vida que pasa a mí alrededor.

 Hoy es de esos días.

Publicado la semana 14. 05/04/2021
Etiquetas
Compartir Facebook Twitter
Género
Relato
Año
I
Semana
14
Ranking
0 142 0