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Adrián Dordelly

Santa Claus: Demigod de los Juguetes/ Cuento de Navidad para Adultos

I

La mañana galáctica


"¿Tiene usted un cigarrillo?", le preguntó la Señorita Gatona a la Sra. Santa Claus.

Hacía mucho que la Navidad había entrado en Guerra. Todas las cosas gritaban unas contra otras. La niebla de los edificios cercanos lo contagiaba todo de un asqueroso y dulzón aroma a pólvora... como de aserrín quemado... Y junto a las palmeras que aullaban, en las calles todas oscuras, carbonizadas, chisporroteaba la madera de las sillas rotas en las esquinas por las que ya no caminaba nadie plenamente humano, donde los marcos quebrados de las ventanas de todas las casas cercanas brillaban con el color podrido del sol, todo negro y todo destruído.

Todo negro el sol reflejando todo lo negro del cielo esa mañana.

El viento a veces traía desolación, pero era extraño, porque desde hace mucho tiempo nadie moría ya más en el Planeta Tierra...

La Sra. Chayo Santa Claus sacó el paquete de Delicados con Filtro y le dió uno a la Srita. Gatona, que ya se frotaba las manos, sonriendo un poco más por obligación que por otra cosa. Y aunque la Srita. Gatona estuviera toda ricota e hinchada de la jeta y aunque la cara de la Señorita Gatona fuera tan prieta y tan hermosa como un ano, tan bella como su propio ano, a ella se le notaba una especie de aire aristocrático en su cara orgasmeada de Milf, toda así tipo atlética, mezclada con un cuerpo megachidote como de colegiala maldita bien chubby... piernona, bien putipobre, tenis Nike rotos, como una versión jovenzuela y grunge de una bestia de piel oscura y violenta que casi no mueve su cuerpo para no gastar su poder, plenitud mestiza de su estética Cyberlolly.

Como una pantera lenta. Enferma de placer.

Hembra, mujer enana de mirada franca... brillan sus ojos amarillos, hija de buenas costumbres cuando el viento hace mecer su gran cabellera de Tirana en su pequeño cuerpo de ave deforme, sentada ante el cadáver, esperando el momento de caminar con las pezuñas inútiles, como una ave de rapiña con su jeta de mujer gato... mujer bien educada, toda traumada con las costumbres de las que nadie puede escapar ya, pues naciste mexicana... y mexicana veniste a ser, con tus lonjas y tus pony tails.

Ridícula.

Como la Harley Queen despertando toda feliz en un Rancho enmedio de la nada en Michoacán. La celebración de lo espasmódico antes de entrar a la Carnicería de la Colonia, a comprar la carne del mandado...

Y aún así, a pesar de todos sus prejuicios, aunque la Señorita Gatona se viera toda ñera... bien acá, la Señora Chayo Claus aceptó compartir sus cigarrillos con algo más de que buena gana esa mañana.

Gordibuena y bien vulgar, la Señorita Gatona se veía detenida ante la Señora Claus, el cigarro girando y girando entre la destrucción de todo lo que alrededor grita ante nosotras. Todo se destroza, se destroza nuestro corazón, somo vibraciones que lloran por papá...

Como un gato de angora con rasgos muy primitivos, muy indígenas y al mismo tiempo, extraterrestres. Con la lengua de fuera después de la primera calada.

Una especie de boligoma cerebral que se le llena de humo, como un chicle en forma de cerebro latiendo el humo del cigarro adentro de su cráneo. El rostro de la Señorita Gatona se deforma y vuelve a su forma original. A cada rato. Con cada fumada. La señorita Gatona no se puede refrenar. Ella es como los gatos, justamente, que al maullar presas de sus pasiones de gato, se aventuran por las calles y por los tejados con la cara deforme de gato maullandole a la luna en un trance más que sexual, invertebrado... como un gusano que se returce ante la vida, desesperado por escapar de esa fuerza que lo mantiene atrapado, en su forma de gusano...

Una mujer con cara de gato, fumando. Así era ella. La mujer que le pidió a la Señora Claus un cigarrillo. Una mujer muy sensible, un bodrio espectacular. Un cero a la izquierda, una especie de ser femenino empecinada en ser “normal”.


 

La Srita Gatona... con la boca superroja y las pestañas negras negras.

Como una sirvienta que se pasea con el novio por Chapultepec, los fines de semana. Su cara adornada con brillos de colores que reflejan toda la luz mezclada con su sudor, por aquí y por allá. Como una rumbera extasiada, como una Fichera de las de antes. Con ojos de drogada, la mirada vacía de vaca y una camisita que apenas y le tapa un ombligo y una panza toda peluda y agigantada. Ahí va tomada del brazo de su novio Chaka, caminando por el Zoológico. Puedo verla entre las sombras de los mandriles y de los lemures que bailan a la Entrada del Zoológico, antes que la Señorita Gatona y su novio Chaka entren en el Reino de los Orangutanes Su piel morena correosa. Resbalosa piel chillona café y cabello amarillo, decolorado.

Un gesto concentrado de terquedad. Una mujer nada atractiva caminando sin gracia. Una niña mal desarrollada, toda maravillada, de pronto convertida en adulta. Una monstruo cachonda, hambrienta como el Cookie Monster... absurdo, como cualquier personaje de Sesame Street.

La piel quebrada y muy asoleada que revelaba su origen desértico en Iztapalapa.

Una mujer que truena la boca viajando en el microbus rumbo a la Universidad, tronando la boca y haciendo gestos de hartazgo cuando se siente gobernada y obligada a usar una marca especial de toallas femeninas. Queriendo ser amada y besada con ternura en la frente, a pesar de ser mala y muy fea y muy poco mujer, deseosa de ser amada como una dulce virgen que detiene la comezón de su panocha con pura telepatía. Un ser nada agraciado, la Señorita Gatona se fuma lentamente su cigarro, sonriendo como sonreiría una mujer asiatica, feliz e iluminada por una especie de idiotez interior antes de pagar el recibo de la Luz, y de que le corten la cabeza en las oficinas administrativas del Centro de la Ciudad.


 

La Gatona era poseedora de un nímbulo que realzaba su sexualidad indefensa, combinándola con la naturalidad de una niña paralítica.

Porque la Gatona era una de esas personas que carecen de sentido comun. Como si fuera una autista que no pudiera entender por qué habría alguien en el mundo querer acudir a un Concierto de Rock, o congelar fetos para venderlos después en el Mercado Negro.

Porque la Señorita con cara de gato sentía un abismo es su interior cuando pensaba en esos fetos ya muy bien preservados, y todo para que las Amas de Casa pudieran revivir cada quien su feto en el microondas, después, por la noche.

Así era la Señorita Gatona. Y así, de ese modo, la Gatona se le quedaba mirando a la Señora Claus cuando ya se estaban asomando los cigarrillos por entre una esquina de la cajetilla.

La cajetilla metálica de los ovalados sin filtro. Los cigarros, los cigarrillos que andaban tan escasos por esos días ... días y noches y amaneceres que le pertenecen ya al Apocalipsis...

La Señorita Gatona pestañeó demasiado con el ojo izquierdo. Un tic que siempre revela las emociones más verdaderas de todos los seres. Aunque nadie se de cuenta.

Aparece la avidez. Sus manos de gata se tocan, una mano siente a la otra, nerviosa, desconociendo y reconociendo en un segundo lo que sus manos tocan sin cesar. Las manos de ella misma que ella misma toca. Los dedos que le caminan por la cara y que le tiemblan sobre los labios apretados... enmedio de una mañana galáctica... mirada de agua... la gata ya necesitaba fumar. Sus ojos se le inflaman. Sus ojos demoniacos, pero también muy maniacos, ojos de loca, todos cagados...


 

Esos ojos y esa mirada que nos enseña a valorar la poca felicidad que podramos llegar a juntar a lo largo de nuestras existencias. Nos hemos dado cuenta que la vida no deja de suceder aunque la detengamos con el pensamiento. Así de cabrón. Porque así somos las chicas. Y todo porque la mayoría de las que estamos todas jodidas no podremos visitar Disneylandia.

Como cuando las Feministas se ponen a describir sus colas. No puedo decir más. Así, del mismo modo, todas saben ya el secreto menos yo, por supuesto.

Porque al describir todo este espanto, me siento como cuando escuchamos en el Antro que empieza nuestra canción favorita mientras nuestro wey en turno se tiene que ir a mear. Así. Sabiendo que nuestro maquillaje está demasiado exagerado por cómo nos miran los señores cincuentones que nosotras amamos por encima de todo el dinero tirado sobre el piso de Nuestra Santa Cocina.

Junto a la licuadora que ya no jala: el símbolo descompuesto de nuestra femeneidad.. Porque nosotras sí sabemos ser sexies. Aunque nos cueste trabajo y nos quieran opacar. Aunque el universo este en nuestra contra.

Sexies... Tan sexies como la Señora Santa Claus cuando con mucho control fumamos un poco más y echamos fuera el humo del cigarrillo. Así somos. Y así actuamos. Con pausas y belleza.

Ese fue el instante en que la Señorita Gata se atacó de la risa. Y entonces, todos los Seres del Reino disfrutaron de su boca.


 

II


La Guerra entre los Juguetes había empezado como siempre empiezan las Guerras: por Televisión. Los Juguetes habían entrado a la Televisión y entonces se habían apoderado de los Comerciales de Navidad en su forma más metafísica para poder inicar así la Guerra. Y cuando digo metafísica me refiero al Espíritu de los Anuncios, lo que los Anuncios traen consigo y lo que transmiten como una Atmósfera de Colores Percibidos.

Y aunque la Señora Santa Claus estuviera pensando y pensando en esa Guerra de los Juguetes contra los Juguetes, en esa Navidad Peluda, todas las Diseñadoras de Las Nieves continuaban trabajando, creando Nuevos Robotitos, allá, en la Fabrique.

El Show tenía que continuar.

Ni pedo.


III

"Así papito, méteme aunque sea la puntita, ¡la puntita nada más!", decían cada una de las Diseñadoras de los Juguetes cuando se iban a descansar a sus hogares después de trabajar en la Fabrique, encamotándose ellas solitas. Sin pedos. Sin asco alguno de mezclar sus jugos con el pene de cualquiera. Ensartándose ellas solitas en reversa en cuatro patas, viene... viene... Enamoradas de una Navidad Espiritual que siempre ellas deben traer encendidas en sus intenciones más inconscientes... todas bien felices y bien estupidizadas con la promesa de ganar un Bono a Fin de Año, felices y enculaditas sin entender nada de la realidad en cuanto se embriagan y se encueran, disfrazadas de ellas mismas, para no sentir el frío de la Navidad.

Porque la droga salía más buena y potente en Navidad, y aparte, no producía ningún daño colateral. Asi era entonces que los cerdo hombres de falo oscuro, los supremos mariditos calladitos, se sentían maravillados ante tanta Carne de Señora.

Tanta plenitud de piel para adorar... los cerdo hombres con cara de esclavos corruptos con miedo a perder la vida ya.

Maravillados e impelidos a adorar. Eso era cierto. A pesar de la Navidad y de la Guerra.... Maravillados y asustados de muerte. Porque en el Templo se les condenaría a muerte si se atrevían a faltar a sus mujeres. Esa era la Ley. Y desde hacía mucho tiempo esa había sido la Ley. La Ley de Thelema. Arrodillados ante la Ley...

Ante la Señorita Gatona. La Señorita Gata, la Gran Reina Naca. La que habrá de ser embarazada por medio de la Comida a Domicilio. Porque así lo dice la Profecía. La Señorita Gata, que cada cierto tiempo se descalzaba en su canal de Youtube para el placer de todos sus Seguidores, gritándole En Vivo al Señor Santa Claus que se doblegara a pesar de la distancia, que se rindiera ante sus botas de Supergirl malvada. Porque a la Señorita Gatona le encantaba disfrazarse de Superhéroe algunos fines de semana. Sobretodo cuando se sentía sola.

Arrodillado, el Señor Claus está ante la pantalla de su computadora, con su traje rojo ya todo percudido y gastado por la Guerra. Arrodillado el Señor Claus ante tantos callos y uñas holográmicas, patas de mujer listas para ser adoradas por el Dios de la Navidad. Esos pies tan grotescos, pies de mujeres albañil para adorar.

Como la religión, volviendo a ligar. Ligándonos para así poder entrar en la Divinidad.

Los cerdo hombres adorando a sus esposas gordas y obreras, maniatados y amordazados. Así, agitando los ojos por adentro ellos. Porque los esposos ni siquiera se dan cuenta de que ya siempre tienen los ojos tapados y las orejas clausuradas, porque el mundo se lo tienen que imaginar ellos, los Encerrados.

Los Torturados.

Como si fueran caballos sin sentimientos, muy bien entrenados para marchar con elegancia... como Percherones. Los esposos hombres. Los mandilones esposos casados que toda mujer querría tener... Los castrados.

Los que han sido borrados.

Publicado la semana 17. 26/04/2021
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Novelas del canal de las estrellas , santa claus, Demigod, cuento de navidad para adultos
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