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Sofi Col

Lombrices

Entre las plantas de mi balcón siempre encontraba lombrices que juntaba y guardaba en frasquitos para atesorarlas en la repisa de mi cuarto. A mis ocho años de edad había llegado a tener noventa y nueve frasquitos con una lombriz en cada uno. Eso me transmitió mi papá junto a la noticia desafortunada de que nos íbamos a mudar, y que tantos frasquitos eran imposibles de trasladar.

Aunque al principio me puse a llorar, a la noche se me ocurrió un plan. Un tiempo antes, mi prima me había dicho que me iba a regalar sus barbies porque no las usaba más. Yo sabía que tenía un cajón lleno con esas muñecas. Así que al otro día, después de ir al colegio y merendar, agarré  el teléfono, me encerré en mi cuarto y la llamé.

Hola Meli, te llamaba para saber si me podías dar las barbies. – Y antes de colgar le hice unas aclaraciones. – Necesito que me las des mañana y en el cajón, porque en tres días me mudo a otra casa y, si no, no voy a poder guardarlas en la camioneta me dijeron mis papás.

Mi prima me dio su “sí” después de preguntarle a su mamá si podía venir a visitarme.

Al día siguiente llegué del colegio y le dije a mi mamá que preparara la leche para dos porque venía Meli a jugar. Mi mamá se enojó conmigo porque no le había avisado nada, pero se le pasó rápido cuando llego su hermana con mi prima. Mi mamá y mi tía se quedaron tomando mates en la cocina, mientras yo le mostraba a Meli mis lombrices y le contaba la historia de cada una.  Las más significativas para mí eran, Lombi, porque era la primera que había rescatado, Zigzag, que la encontré una tarde de lluvia tratando de nadar en un charquito, y Nai, que la habíamos agarrado con mi mejor amiga Naiara.

El día que le siguió, fui al colegio. Me la rebusqué para llevar el cajón con todas las barbies y, durante el recreo, regalé cada una de ellas a todas las chicas de mi grado. Mi maestra me mandó una felicitación en el cuaderno por el acto de compañerismo que había tenido.

En mi casa, ya con el cajón vacío, guardé todos los frasquitos, etiqueté cada uno para no olvidarme de sus nombres, y cerré todo con cinta scotch. Cuando vino “el chico del flete” como le decía mi mamá, me acerqué a él para entregarle el cajón y decirle que tenga mucho cuidado. Más tarde me enteré que no nos íbamos a poder mudar al otro día, porque “al chico del flete se le llenó de lombrices el auto”.

Mostrar mi nota en el cuaderno por haber regalado todas las barbies de mi prima, no me salvó de estar en penitencia un mes.  

Publicado la semana 4. 26/01/2020
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Circo , La vida misma , En cualquier momento, En el bar, En sala de espera, Por la mañana, En la esquina más soleada de la casa
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