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Sofi Col

Huele a campo

Todos los primeros de enero íbamos con mis primos al campo de mis tíos. Nos quedábamos un mes entero allí. Dormíamos en camas cuchetas, y a mí siempre me tocaba alguna de las de abajo porque no tenía suficiente fuerza para subir. Todas las mañanas, Jessica, la cocinera, nos esperaba en la cocina con el desayuno. Todos tomábamos una leche chocolatada y, para comer, nos preparaba tostadas con manteca y dulces. Yo me comía cinco o seis.

Después nos íbamos a jugar al fútbol. Como no teníamos arco, habíamos hecho marcas en la tierra que los reemplazaban. Los días no diferían mucho, excepto algunos en los que pasábamos la tarde en la pileta. Una sola vez vino mi tío y quiso enseñarnos a montar a caballo. En realidad mis primos ya sabían. Yo sólo aprendí ese día. Esa fue la última vez que fuimos al campo.

Habíamos cabalgado hasta que empezamos a adentrarnos a una zona arbolada con muchos pozos que se hacían más grandes cuanto más nos acercábamos al centro. Mi tío, entonces, dio la orden de que nos bajáramos de los caballos y empecemos a caminar. Eugenio, mi primo más grande, hizo caso omiso y siguió cabalgando, provocando, así, la ira de mi tío, su papá.

Eugenio, que de todos mis primos era el que más sabía cabalgar, aceleró el paso y empezó a trotar. Mi tío dio un salto, trepó a su caballo y lo empezó a seguir. Yo me quedé con Lucas y Mateo, mis primos más chiquitos. Lo último que escuché fue un grito ahuecado que se iba perdiendo en la grandeza del lugar.

Mi tío volvió al rato. Llevaba arreando los dos caballos.

A mi primo lo volví a ver al otro día por última vez desde la ventana de la cocina, mientras él tiraba pelotas al arco y yo me comía la última tostada para ir a jugar.

Publicado la semana 3. 19/01/2020
Etiquetas
De noche, En la cama
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Género
Relato
Año
I
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