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Seda

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La bruma del amanecer era densa como la mantequilla.
Aquí y allá a lo lejos, resplandeciendo como farolillos en mitad de la noche, se podían otear las tiendas de campaña, desperdigadas por la altiplanicie que protegían las montañas del Uyamakki-yakpa. 

Durante la noche anterior, y especialmente en las horas en que la Luna no los protegía de la oscuridad, el campamento y todos sus habitantes habían mantenido el más tenso de los silencios. 

Dentro de la tienda, agazapados como animalillos temblorosos, los excursionistas se habían esforzado en recordar los consejos que los sherpas locales les habían dado. 

- De 2 a 2:15 de la madrugada: NO LUNA. 
- Cuando NO LUNA -> Oscuridad
- Mantener silencio, no movimiento. Quietos. 
- No mirar a los ojos. No hacer movimientos bruscos. No gritar. 

 

El caos había comenzado hacia las 7 de la tarde, con la llegada de los O'Donell. 


Otra familia más se incorporaba a la expedición , y el grupo de supervivientes seguía creciendo mientras los víveres no hacían más que tacharse del inventario. 

Eran unos personajes de lo más particular estos O'Donell.
El padre era una mole grande, con pelo rizado y grasiento que cubría con una gorra de rejilla. Llevaba la camisa sucia y sudada, como el resto de nosotros, pero se le notaba muy incómodo en ella, como si echara de menos que su mujer le tuviera la ropa planchada y preparada, cada mañana, al borde de la cama. 

La señora O' Donell, por su parte, sostenía como un canguro a las dos gemelas, también pelirrojas, y se hurgaba la nariz como ensimismada cuando hacía tiempo que nadie le había dirigido una orden o la palabra. Ella era más chata, más pequeña, más comedida en sus formas. No destacaba por nada, y eso la podía a llegar a hacer especial en la tarea de no llamar la atención.

"Quita esa zarpa de ahí, Claude, déjame que ya la monto yo" - le había gritado impacientada a su marido - "Si quieres dormir hoy al raso, por mí perfecto. Pero las niñas y yo necesitamos un techo. Aunque sea de tela".

Gruñendo algo en alemán o sueco, el marido se había marchado del lugar pegando pataditas a una piedra con la que se había encontrado. 

"Con ustedes 4 ya somos 48" - enunció el jefe al mando mientras pasaba las hojas del portafolio- "nos quedan 3 días o más de subida, y se incorporan en el último momento. No sé si han venido hasta aquí solos, o cómo nos han encontrado, pero de ser más no les hubiésemos aceptado".

"Nos dejamos a algunos en el camino" - dijo quedamente, y pasó de largo sin mirar siquiera a su interlocutor. 

Con la caída del crepúsculo, y tras recoger y enterrar los restos de la cena, se dieron las últimas instrucciones alrededor del fuego y cada familia se metió en su tienda. 

"Silencio", les habían recordado. 
El más leve de los crujidos, el más suave de los tintineos y estás muerto. 

Los relojes pulsera vibraron simultaneamente y en silencio a la 1:45, 15 minutos para la oscuridad. Con movimientos torpes pero de sonido amortiguado, las familias se desperezaron rápidamente y estuvieron a la espera. 

Los minutos son muy lentos cuando tu corazón no late sino que te pega mazazos intentando abrirse paso a través de tu pecho. 

A la 1:58 se empezó a oir un distante quejido nasal, primero se parecía al de un animal, pero pronto tomó la forma de un ronquido humano. 
Eran los O'Donell. ¿Nadie les había dado las pulseras?¿Aún seguían dormidos?

El ronquido sonaba seco y grave. 
Con el estómago dado la vuelta y una pátina de sudor frío empapando sus espaldas, el resto de la expedición se comenzó a imaginar escenarios. 

Escenarios negros, muy negros. Tanto, como la oscuridad que iba a tragárselos. "Esos malditos americanos nos van a matar a todos".


1:59. Más allá de las tiendas de campaña, en lo alto de las montañas, la Luna cruzaba el risco que la ocultaba. 

A las 2 en punto, la oscuridad más absoluta se apoderó del campamento. El ronquido del patriarca O'Donell seguía retumbando.

De entre las sombras comenzaron a materializarse, casi inperceptiblemente, los Noom.

Primero como un polvo muy fino y negro que se batía contra el aire, se arremolinaba y se posaba en el suelo. Al de unos momentos, este comenzaba a crepitar, a revolverse, con movimientos chispeantes, que terminaban por formar el cuerpo completo de la criatura. 

La primera tienda que atacaron fue, no se sabe si por un aspecto moral o por razones evidentes, la de los O'Donell. 
Se oyó el grito desgarrador de Maude, mientras los Noom la despedazaban y se la comían. Seguido del lloro constante de las gemelas, que cesó cuando las hubieron devorado.

Excitados por la sangre asaltaron tres tiendas más.

La tienda de los García, que se habían prestado a compartir la cena con los desgraciados americanos. 
La tienda de los Diemeter, la pareja de viejitos holandeses y la de los Ling. En esta última se escucharon verdaderos alaridos que perseguirían a los supervivientes de la matanza durante semanas. 

Y cuando los Noom hubieron llenado por fin el estómago se marcharon.
Deshaciéndose en el vacío como el humo, evaporándose ante los primeros rayos de la luz con que nos bañaba de nuevo la Luna, habiéndose llevado a Maude y a las gemelas, sí, pero dejando al cobarde señor O' Donell en un estado de shock que lo acompañaría hasta su defunción, pasados un par de días más, cuando nos despertamos de noche ya en la cima, rodeamos todos su tienda en silencio y lo cosimos a cuchilladas. 

 

 

 

 

Publicado la semana 2. 12/01/2020
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EN NOCHES DE LUNA LLENA
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