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Sassenach

Desde la rabia y el hastío (reflexiones)

Hoy por fin mi corazón ha alzado su voz con el grito del guerrero y ha alzado su puño para derribar aquello que lo bloquea. 

Y aunque muchos no lo comprendan, he decidido alejar totalmente de mi lado a las personas que no suman nada a mi vida, sino que restan. Incluso aunque nos unan lazos de sangre. Porque duele agachar durante años la cabeza cuando me cruzo con ellas y ni siquiera me devuelvan el saludo, por más que les haya pedido perdón muchísimas veces y no me hayan explicado jamás qué hice para ofenderlas hasta tal extremo. Pero también he decidido romper cadenas con otras personas. Gente a la que aprecié en su día y apoyé, pero por la que ahora no siento, sino indiferencia, incluso desgana. Y sí, creedme, puede dar pereza reunirse según con quién. En este grupo incluyo a los monologuistas que hablan y hablan hasta aburrir a los muertos; a quienes se creen graciosos, y no saben hacer un chiste sin ofender a alguien tachándolo de "feminista", por hacerse valer como persona, por ejemplo, mientras que ellos son incapaces de reírse de sí mismos por su gordura o fealdad. Y anticipo que voy a sonar tremendamente superficial y cruel: hay cerdos más hermosos (y hablo no solo en el sentido físico de la expresión).

Y si alguien se ofende por mis palabras, lo siento. No escribo esto para ganar seguidores, sino para decir bien alto lo harta que estoy de las gilipolleces de algunos perritos falderos que parecen no saber dar un paso sin estar cerca de la sombra a la que tanto fingen admirar, y a la que, por el contrario, no permiten crecer o ser ella misma, y a la que someten a todo tipo de control como si la otra persona, es decir yo, fuera un hueso de su propiedad al que morder, sobre el que babear y al que enterrar cerca. Soy una persona que necesita su propio espacio, pero que de igual modo, también lo concede a los demás. Si no me apetece salir de noche, eso no quiere decir que tú hayas de renunciar a ello, simplemente yo elijo estar en casa leyendo, pero así tú tienes la posibilidad de ir al bar y estar con tus colegas. Por tanto, si te quedas en tu casa es tu elección. No me culpes a mí de ello. Yo si no estoy a gusto en un sitio, me voy. Lo he hecho muchas veces y lo seguiré haciendo, sin duda. Y no es necesario hacer un drama de ello. Aunque en ocasiones haya caído en ese error. Desde luego, lo que no pienso consentir es que alguien guíe mis pasos en una dirección a la que no quiero ir.

Y es que muchos confunden la amistad con recibir siempre por parte del otro falsos elogios o una especie de guía de comportamiento, o lo que es peor, creen que la amistad ata en exclusiva a esa persona a ellos. Y lamento decir que no es así. La amistad no es hablar y que el otro sea un pelele mudo que se limite a escuchar tus tonterías, ni tampoco un amo que te someta a su voluntad, por supuesto. Me temo que mi concepto de la amistad no encaja en esa visión. E insisto también en que saber escuchar no significa carecer de opinión propia. Si eso sucede, esa relación es insana. 

Puede que haya quien piense que este cambio de actitud del que hablo hoy, lo haya ocasionado el período de confinamiento que vivimos hace unos meses, y en cierto modo es verdad, pero también es cierto que esta es una decisión muy meditada y que tiene su origen al menos un par de veranos atrás. Pues desde entonces intuyo una extremada dependencia hacia mí por parte de una persona de mi entorno. A menudo he llegado a pensar que crea ver en mí algo más que una mera amistad, por más que le he dado a entender de forma contundente que no albergo ningún sentimiento amoroso haci él. En cualquier caso, si algo valoro es mi indepencia, pues de las caídas y tropiezos es de los que más se aprende. Así que me temo que no voy a dar pie a que esa persona viva su vida a través de mis ojos o mis pasos, solo por complacerla, porque le resulta más fácil dejarse llevar que tomar sus propias decisiones, por mínimas que sean.

Quien me conoce sabe que soy de pocas palabras, y que cuando hablo muchas veces sentencio. Además, soy de la opinión de que mejor sola que mal acompañada. Y desde luego si he de elegir entre soportar la insufrible letanía de alguien que no hace otra cosa que hablar durante horas sobre su trabajo, con todos los pormenores imaginables, retomando una y otra vez el mismo hilo del discurso, a pesar de los intentos de girar la conversación hacia otros temas; o pasear tranquilamente, durante horas, con la única compañía del viento, el sol, la lluvia y mi propia sombra, mi elección es clara: prefiero la quietud del silencio del paisaje unida al clamor de mis pensamientos, mientras camino o ando en bicicleta. Si eso me convierte en insociable, acepto orgullosa ese calificativo.

Y, creedme, me encantaría dar nombres propios, aunque eso suponga quedarme supuestamente aislada, pues al fin y al cabo venimos solos a este mundo y solos lo abandonaremos. Pero quiero pensar que aún haya un poco de luz en sus cerebros y abran los ojos, sin necesidad de leer su nombre en este texto.

Publicado la semana 34. 20/08/2020
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