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Sassenach

En el puerto

El texto de esta semana surge también a raíz de un ejercicio práctico del curso online en que estaba inscrita.

Se requería crear un texto descriptivo, de al menos quinientas palabras, que tuviera lugar en un puerto pesquero.

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EN EL PUERTO

Incapaz de dormir, y sin ánimo para nada, mis pies han arrastrado mi cuerpo insomne hasta el puerto. Probablemente impulsados por el olor a salitre que tantos recuerdos de infancia me brinda. Mi caminar desgarbado es la antítesis de la frescura y agilidad que demuestran corredores y patinadores ya a estas horas de la mañana. Me encojo perezosa bajo la chaqueta de punto, como si el frío y la humedad de este cuatro de noviembre no se hubieran asentado aún en mis huesos. Y me recuesto sobre la barandilla al final del muelle. 

A pocos pasos de mí, espíritus soñadores juegan con sus pinceles a plasmar en un lienzo el paisaje: unos se centran en la imagen hipnótica del mar chocando contra el rompeolas, y otros se recrean en las pacientes figuras, distribuidas a lo largo del muelle, apostadas junto a sus cañas de pescar. 

Yo, en cambio, a caballo entre soñadora y pragmática, soy de quienes prefieren observar, desde la cara sur del dique, el balanceo de las barcas sobre el agua, porque ese movimiento me recuerda al de una cuna mecida por una mano invisible. Suspiro.

Mis ojos lloran acompasados por el gélido viento otoñal que araña mi cara y me roba las lágrimas. Y de nuevo olfateo en el aire esa mezcla de aromas tan característica de los rincones pesqueros: sal, pescado, goma, madera, gasolina...

Hoy anunciaban fuertes marejadas, y muchos barcos, sobre todo los más pequeños, no han salido a faenar. Desde la cubierta de la gran mayoría de ellos, los trajes impermeables de los pescadores rivalizan en color con los cascos de las embarcaciones. Y el día, que ha amanecido gris, irradia por un momento una energía optimista gracias a ese arcoíris artificial, arrancándome una sonrisa. 

Ahí, en sus cubiertas, capitanes y marineros se entretienen remendando redes o revisando aparejos.

Un ruido a mi espalda me asusta. Vuelvo mi mirada a tierra. En las lonjas, las labores de carga y descarga no cesan. Adoro ese contraste entre modernidad y tradición. Grandes bloques de hielo y abundante sal gorda permiten conservar verdeles, sardinas, gallos, atunes, salmonetes, lirios… Hombres y mujeres se mueven frenéticos desplazando cajas de plástico o de corcho sobre el asfalto. Mientras, las gaviotas, ruidosas en su quehacer, echan un pulso a los trabajadores a la espera de un descuido para robarles alguna pieza de pescado o marisco fresco. A la derecha, en un recodo, veo a varias personas negociando entre sí el precio de la mercancía. Deduzco que quienes no visten botas ni chubasqueros son cocineros o propietarios de restaurantes de la zona. 

Desde aquí, admiro embobada el boqueo de los pobres peces que yacen en las cajas, recién compradas, con sus enormes ojos vidriosos abiertos. Los compadezco. Por el contrario, las manos enguantadas que los trasladan de un lugar a otro no sienten piedad, y se limitan a realizar su trabajo en el menor tiempo posible. 

El ruido del motor de camiones y coches, que llegan o arrancan rumbo a otros destinos, tapa por momentos las voces y también los llantos de las obstinadas gaviotas. De nuevo predomina en el ambiente, por un momento, el olor a gasolina. Pero añado un par de datos nuevos a mi lista olfativa: sangre y basura.

Publicado la semana 31. 02/08/2020
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