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Sassenach

Morriña

Este texto surge como parte de un ejercicio para un taller de escritura online al que asisto. No es un gran relato a nivel literario, pero a falta de otro...

Por cierto, en la línea del conocido tren de La Robla sí existe un revisor llamado Benito. Un hombre directo, cordial y muy campechano. No pude evitar incorporarlo en mi historia, como pequeño homenaje.

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MORRIÑA

Subo al vagón con la cabeza gacha y la mirada fija en el pavimento. A pesar de no tener más de cuarenta años, mis andares son los de un viejo de ochenta. Me cuesta respirar. En mi pecho noto un pesar tan profundo que, por un instante, me creo árbol que ha echado raíces sobre las vías e impide que el tren inicie camino. Murmuro unas palabras en euskera y aprieto en mis manos el eguzkilore de plata que llevo al cuello. Como si ese tipo de magia fuera posible. Como si yo fuera un poderoso druida invocando a los espíritus.

Viajar por placer es distinto a hacerlo obligado. Las lágrimas asoman a mis ojos antes de abandonar la estación y se disipan mis dudas: no soy mago. 

Los últimos pasajeros apuran un cigarro antes de entrar o se despiden de los suyos entre abrazos. Los contemplo sin entusiasmo.

Arrancamos. Las lágrimas siguen cayendo. Libres y sin vergüenza. Silenciosas.

Si ocupo este asiento junto a la ventana, no es por azar o capricho, sino por necesidad. El paisaje que se dibuja al otro lado del cristal es el hilo invisible que me une a esta tierra. Si pudiera llevarme en un frasco o en una caja de Pandora su verdor y fuerza, lo haría. 

Desde el momento en que compré el billete, desaparecieron de mi cabeza los lamentos a causa de la humedad en esta comarca norteña. Mis huesos, quejosos hasta hace poco por el clima, ahora se retuercen bajo mi piel, llorando la inevitable despedida de un territorio agreste que, aunque tarde, reconocen como hogar. 

En otras circunstancias leería buena parte del trayecto, pero hoy soy incapaz. Afuera la lluvia y a veces la niebla parecen una réplica de mi estado de humor. Los gallegos hablan de morriña, con ese acento tan entrañable y nosotros decimos herrimina, algo así como dolor por el pueblo. Lo lamentable es que esta angustia que me atrapa e impulsa a usar el tirador de parada de emergencia incumple las condiciones que la definen. Si no por distancia, porque apenas han transcurrido dos horas de viaje. De todos modos, insisto en pestañear lo menos posible para memorizar cada detalle de lo que veo en el exterior. Por si nunca vuelvo. Tal posibilidad duele más que la pena por la marcha. Me siento como uno de esos niños de la guerra forzados a huir a países europeos. Me odio ante la inmadurez de mis pensamientos. Nunca me habría considerado tan egoísta.

Ya en Cantabria, al límite con Burgos, sucumbo al cansancio y acabo dormitando. Mi sueño es intranquilo. Me desvelo en varias ocasiones. El traqueteo me sacude como a un guiñapo. Durante mi somnolencia me dedico a echar de menos: helechos, robles, el monte, el mar, los bollos de mantequilla tan típicos de aquí (ahora de allí) y los cinturones de seguridad. Extraña conexión la que crea mi cerebro.

Más tarde alguien menciona que la próxima parada es Guardo. Me despierto aturdido y me desperezo. Con desgana cojo mi maleta, más cerca del asiento de Benito, el revisor, que del mío. El hombre se despide de mí afable y jocoso. En el apeadero me reciben el cielo raso, un cardo seco tirado en el suelo, algunas hormigas y la falta de cobertura en el móvil. ¡He llegado a mi destino! Ahora sí que comienza la auténtica morriña.

Publicado la semana 30. 20/07/2020
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