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Sassenach

Barrotes (2ª parte)

AVISO IMPORTANTE: la primera parte de este relato la tenéis publicada en esta web (semana 18). El sistema no permite poner enlaces en los textos. Lo siento.

—No pueden andar muy lejos, Y-350. Ningún insurgente ha llegado jamás hasta aquí. Y menos tratándose de una adulta famélica con una niña a su cargo. —Aquella voz cavernosa y metálica ponía los pelos de punta a cualquiera.

Al otro lado de la puerta, y justamente en el otro extremo de la estancia, sumidas casi en tinieblas, niña y madre se agazapaban temblorosas. La niña reprimía sus sollozos con dificultad.

Los libros comprendieron de repente que no habían venido a rescatarlos, sino que ambas huían de lo mismo que tanto les atemorizaba también a ellos desde hacía varios lustros.

Por fortuna el chirrido inconfundible de aquellas llantas metálicas se fue alejando poco a poco de la que en su día fuera la biblioteca más señorial de todo Tymbörk. Los antiguos dioses habían impedido que las descubrieran. Si Y-350 se hubiera aproximado un poco más a la puerta se habría dado cuenta de que esta permanecía ligeramente entreabierta. Pero la voz autoritaria del coronel Radgûlth, aquella abominación mitad humana mitad autómata, pidiendo que regresaran sobre sus pasos para coordinar las labores de búsqueda de las dos huidas no admitía réplica.

La mujer pidió cautela a la niña antes de acceder a los requerimientos de esta para poder ponerse en pie. El miedo de haberse sabido tan cerca de volver a ser apresadas de nuevo era demasiado reciente, y había impedido que se fijara en lo que tenía a su alrededor. Cuando por fin consideró que estaban a salvo por el momento, la niña volvió a llamar su atención sobre aquellos extraños objetos arrojados en el suelo.

Los ojos, adultos, tristes y agotados de la más mayor los escrutaban con una mezcla de sigilo y veneración, pero los libros conocían bien aquella mirada. Y en nada se parecía a la de las gentes instruidas que abundaban en otra época en los pasillos de aquel ilustre lugar. Una época remota que probablemente ni los más ancianos de los pocos humanos supervivientes recordaban ya. El mal que había sumido en aquel oscurantismo a aquel territorio (antaño fértil con gentes bondadosas y cultas) se había encargado de demoler por completo todo vestigio del esplendoroso pasado. Aquella mujer, analfabeta sin duda, como todos los que habían nacido tras El Gran Decreto, ignoraba que a sus pies estaba la sabiduría secular de su nación. Radgûlth y los suyos se habían permitido el lujo de dejar aquel lugar como burla del gobierno al que un día habían derrocado. Convencidos de su soberanía.

A las pocas semanas del derrocamiento llegaron las reuniones comuneras en aldeas y ciudades, bajo el pretexto de conferir de cierta autonomía a cada población, pero en realidad se trataba de meras excusas para separar familias. A aquellos encuentros solo podían acudir los hombres, preferentemente quienes ostentaban algún cargo de cierta importancia en el municipio. Al comienzo acudían escépticos y temerosos, pero el nuevo gobierno supo jugar sus cartas. El coronel astuto en demasía, fingió aceptar las propuestas que le hacían llegar y habló incluso de promulgar nuevas leyes para afianzar un futuro prometedor a los tymbörkyanos. Pero su ardid debía resultar creíble, y para ello de entre los ancianos de las ciudades más importantes, nombró consejeros para su gobierno que habrían de vivir con él en la corte. Eso hizo que la mayoría de sus nuevos súbditos se confiaran. Y las reuniones, cada vez más frecuentes, consiguieron que incluso los más descreídos bajasen la guardia. Su nuevo dirigente atendía sus peticiones y velaba por sus intereses… Nadie sospechó que la reunión comunera de aquel lejano mes de mayo se convertiría en el comienzo del exilio inminente de refugiados o que derivaría en la época de hambruna que sobrevino después.

                                  (continuará)

Publicado la semana 19. 05/05/2020
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