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Sandra D. Lindon

Renacer

El verano llega a su fin; el huerto va lentamente perdiendo su exuberancia. Ya no hay frutos que recoger, mucho menos flores con abejas zumbonas alrededor. La tierra apelmazada deja entrever las primeras malezas, que prevalecieron ante el descuido y el abandono de las últimas semanas. 

Tomo una pequeña azada, y de rodillas comienzo a limpiar el pequeño espacio contra la pared que hasta ayer rebosaba de vida, y que hoy parece muerta, seca, quebrada. Adentro, abajo. Cada vez más profundo, cada golpe revela vida latente que va salpicando mis nudillos, mi rostro, las azules lineas de mis muñecas. Siento como lentamente me voy haciendo una con esos terrones, que van habitando cada una de mis células.

Hundo mis manos en la tierra negra y húmeda que ocupa el centro de mi pecho. Escarbo y amaso en su frescura, sus milenarias partículas y sus oscuros secretos. Fragante y fecunda, me lleno de su aroma y de su (mi) esencia. Lejos, hondo, adentro de mis pulmones, llena y sepulta el perfecto correr de mis días.

Hundo entonces mis manos en mi corazón que, como la tierra, ha descansado ya lo suficiente de tanto dar y espera ahora, tembloroso y feliz, el tiempo de empezar a recibir.


 

Publicado la semana 6. 09/02/2020
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I
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