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Sandra D. Lindon

Oración

Se sentó junto a la ventana esperando la lluvia; en su caída iba a  lavar todas sus tristezas, imaginaba, y lo dejaría nuevo y crujiente, listo para recibir una vez más el sol en la cara.

Esperaba sin ansias. No le importaba si fuera a tardar un siglo o un suspiro, o si no fuera a llegar más y le hiciera permanecer ahí para siempre, desgranando almanaques en medio de su vida de caracol, de rutina, de imposibles. 

Con todo eso, no se inquietaba, porque sabía  que estirando los dedos siempre podría tocar los suyos, como tocaba sus hombros y sus labios. También intuía (lo deseaba más que a nada) que él también podía sentir su tacto. Escuchaba entonces el crepitar de su tórax, el vaivén del aire que débil  atravesaba sus labios resecos, contemplaba extasiada las moradas ojeras, los surcos, la expresión de dolorosa redención que dibujaba su frente. Él a cambio le devolvía el fantasma de una sonrisa, un reflejo de familiaridad y de confianza en esos ojos perdidos en la nada, pero que a veces la buscaban inquietos al oír su voz.

Se acompañaban así, mutuamente, como lo hacían ahora, desde siempre, y no se cansaba de repetírselo aunque supiera que ya lo sabía.

Dulcísimos sueños, rezó. Duérmase tranquilo, yo estoy acá, a su lado

Publicado la semana 1. 31/12/2019
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Poesía
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