06
S. Monticelli

Creencias.

Creencias.

 —Usted que lee tanto, contésteme una cosa: ¿Qué es la muerte Manuel? —arremetió José, el peón de la estancia el Viejo Sauce.

 —Directamente no creo que Sea. Creo que la muerte Es imposible —contestó Don Manuel, patrón buenazo como pocos, sosteniendo su mate calabaza con ambas manos abrigándolas de la helada temprana.

 —Pero por qué, Don Manuel, si toda la gente se muere, es un hecho que no se puede negar, pues —declaró con total convicción en su voz raspada.

—Sí, José, la muerte es un hecho, pero no me has preguntado eso… Mi respuesta va mucho más allá, ¿entiendes? No me has preguntado qué sucede cuando la gente muere, me has preguntado qué es la muerte. Para mí la muerte es imposible porque creo la única forma de morir es no haber sido amado por nadie —respondió el patrón despacio, como si las pausas dentro de la explicación lograran que José entendiera más rápido.

José se quedó unos minutos en silencio, concentrado en mirarse para sus adentros, luego de unos minutos volvió al ruedo.

 —Permítame no estar de acuerdo con lo que usted ha dicho maestro —el peón habló mirando hacia el tronco partido que hacía la vez de mesa y sostén de la vieja y machucada pava. Como si decir eso y mirarlo de frente fuese un ultraje a su confianza.

—Cómo no, José. ¿Qué es lo que no le parece? —Don Manuel sonrió con sus ojos, como lo hacía siempre, cada vez que alguna situación lo divertía.

—En eso de que la muerte es imposible… y eso del amor… Yo no sé si habrá gente andando por el mundo sin cariño alguno, ni de una madre, ni de un hijo, ni de un amigo, ni de cristiano alguno. O si vivieron muy poco para obtenerlo, pero cabe la posibilidad… Por eso creo que vivir sin ser amado es posible —advirtió José.

 —Puede ser José, yo soy muy cristiano y para mí eso es difícil porque todos somos amados por Dios, pero no me encierro en mis palabras. Puede ser… entonces, si la muerte es posible, o sea, existe, y no tiene que ver con el desamor, ¿qué es para usted la muerte?

El peón elevó su rostro de corteza curtida por el trabajo duro, parco como era, esperó unos segundos y exclamó: —Creo que morir para mí no tiene que ver con el amor sino con los ojos.

 —¿Cómo es eso, José? —respondió don Manuel intrigado.

—La muerte para mí don Manuel, es no ser visto por nadie —sentenció José dejando que las palabras retumbaran entre la media lumbre y el silencio, y quedaran flotando, atrapadas por las paredes húmedas y el techo de paja.

 Ambos se quedaron callados, con la vista gacha hacia la tierra apisonada, la mirada hacia dentro hurgando entre rostros de un esquivo tono sepia la benignidad de unos ojos que los arrimen a la vida.

Publicado la semana 6. 03/02/2020
Etiquetas
estampas de mi tierra
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