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S. Monticelli

Lo que dejaste.

Dejaste en mi vida el silencio que aturde, la lámpara nocturna encendida, el sueño apresado entre las manecillas de un reloj dañado.

Dejaste el perfume a azahar y jazmín asaltándome en cada cuarto, efectivísima máquina del tiempo, dulce dolor su disparo.

Dejaste el sonido de tus pisadas retumbando en la cocina forzándome inevitablemente al sobresalto. Olvidaste tu risa y tu llanto, tus reflexiones a medias, tus ojos escurridizos en aquel portarretrato.

 Olvidaste secretos que supe mantener guardados y la copa de vino que sin querer lleno a diario.

 Dejaste la cama y con ella la mañana y el canto de los pájaros.

Olvidaste la tarde que se comprime obligando al sol a rendirse más temprano.  

Olvidaste los libros marcados que ya no se abren, ejército de afligidos soldados, prisioneros de guerra agonizando sobre un territorio devastado.

 Dejaste a tu amor en un universo blanco, en el revés de un laberinto, en el centro exacto del tiempo y el espacio que apenas late, gracias a la sangre fría de un lagarto.

Olvidaste tu amor suspendido de la sombra de una rutina fantasma, de una huella, de un rastro, de un vestigio, de una fina cuerda que pende de la nada.

Olvidaste tu amor a tal extremo que soltaste tu olvido dejándolo sobre tu sillón favorito, ése que se desvanece de a poco tras una niebla que avanza sin tregua.  

Perdido en la bruma sin olvidarte me olvido de mí y de mis lamentos y felizmente me dejo ir al mundo   de tu abandono convirtiéndome en los callados objetos que habito, soy reloj y cama y sillón y libro abierto, que habla de una estatua de sal que se derrite y se evapora en el suspiro de una hermosa mujer que alguna vez recordó a un hombre que aún no había muerto.

 

 

Publicado la semana 33. 15/08/2020
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Género
Poesía
Año
I
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33
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