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S. Monticelli

Metamorfosis.

 

 

Existe una hora en la noche en la que el mundo cambia. No es exacta. Puede variar en dos o tres vueltas al reloj. Una hora que se experimenta a solas, tras cerrar la puerta azul de tu hogar en búsqueda de cigarrillos o contrariamente de aire sin viciar. También puede hallarse al salir de un bar en donde junto al alcohol perdimos la cuenta del tiempo o el recuerdo de algún amor.

 Yo la percibo sin dudas al comenzar a caminar por las ásperas veredas de la ciudad. De repente el oxígeno se vuelve más liviano y frío, en esa hora en que las plazas están desiertas y desnudas.  Las ventanas repetidas y amarillas de los edificios se transforman en mi mente en múltiples misterios sin resolver.

Entonces, en la plena conjunción de oscuridad y soledad las letras de los afiches se vuelven más grandes y me observan y me dicen otra cosa. Una mujer retrasada envuelta en un tapado beige me cruza y parece venir del pasado. Su rostro me recuerda a Greta Garbo y me observa desde lejos, sin verme, como miran las estrellas a través de la pantalla o tras el velo de mis sueños.

Yo avanzo y los árboles se sacuden haciendo un mullido y continuo nido de enjambre.

Puedo percibir el pasaje, ese otro mundo que se me muestra en el desdoblamiento mágico de la noche; y es entonces cuando tengo la certeza: todo puede suceder.

Puedo esperarme claramente ver a un duende asomándose desde el borde sucio de ese tacho de basura o aparecer una sirena desde esa muda fuente para contarme la verdad absoluta con uno solo de sus besos.

Puedo percibirlo todo desde mis poros dilatados, desde el erizamiento de cada vello de mi piel mientras camino y los faroles parpadeantes me acechan ¡Cíclopes! Clavándome sus exclusivos ojos.

Es en esos excepcionales momentos en donde me uno con el mundo y me veo sonriendo en plena soledad gustoso de bailar con el alma pura de la noche. Quizás un tango, quizás un vals vienés, algo de girar y girar desborda de ansiedad mis torpes y fríos pies.

Entonces guardo mis manos en los estrechos bolsillos de mi saco (nunca son demasiado grandes) y miro al cielo, las estrellas se me muestran limpias, honestas y amigas y mi corazón siente que todas ellas están aquí por mí, y yo por ellas.

De repente un chillido agudo y rastrero quiebra mi mágica atmósfera a mis espaldas, mi cordón umbilical con el universo se corta. Un bocinazo me recibe de golpe, un:

 -¿Va a subir?-proveniente de una ancha caja torácica repleta de nicotina me asesta, helada y filosa como un puñal. Y yo, tan recién llegado soy incapaz de emitir palabra. El colectivero me mira con ojos cansados mientras mastica un cavito de plástico que alguna vez fue un chupetín; emite un agrio suspiro y puedo sentir en él su desprecio, sus ganas de llegar a casa, servirse un vermut y desparramarse en su sillón preferido lejos de todos estos locos…

El chirrido y las luces rojas ya doblan la esquina.  La fuente vuelve a ser fuente, los cestos vuelven a ser meros tachos de basura, tristemente, las estrellas regresan a su lejano aislamiento habitual. Y yo vuelvo a ser un simple hombre insulso y solo, sobre una calle en alguna ciudad, bajo un cielo que alguna vez lo acompañó y sólo existió para él.

 

 

Publicado la semana 31. 28/07/2020
Etiquetas
Ruido Blanco , La vida misma , Con las manos frías
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