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S. Monticelli

La soledad.

 

Qué es la soledad sino un punto de partida, un tiempo vacío esperando ser llenado.

Amas la compañía, lo sé, amas compartir experiencias y anhelos. Amas hablar de ti ante un público cautivo. Ahora ¿Cuándo te hablas a ti misma? Nada puede ser más fructífero que ese rato a solas en donde puedes tener la charla más importante del día. Aun cuando cada objeto que te rodea te hable, te llame para que desvíes tu atención.  La radio seduce tus oídos bloqueando el silencio, el celular y la televisión expulsan tus sentidos fuera de tus confines, los sublevan convirtiéndolos en largos brazos extendidos hacia fuera,  brazos con enormes y brutas manos que quieren asirlo todo, devorarlo, apretujarlo  con sus  toscos dedos. Hasta la insulsa ventana que acapara tu único trozo de cielo gris te boicotea implorando por una pronta melancolía, porque concentres tus ojos en ella y te dejes llevar por lo que no tienes, por lo que te falta, por lo que no tendrás o por aquello que indefectiblemente perdiste.  Ni hablar de los portarretratos (expresas máquinas del tiempo) los imanes viajeros de la heladera, el reloj con su paseo perpetuo o los platos sin lavar.   No lo dudes, todo te habla.  No es tan fácil lograr la soledad.

Aún en esos brevísimos momentos en que el silencio absoluto se erige como un tótem majestuoso estás contigo; con todos tus lobos internos que lo rodean y aúllan. Si prestas atención puedes escucharlos durante las noches de luna llena quebrando los cristales de un Pent-house o de alguna choza en los arrabales.

Incluso está tu mente que resiste, que empuña, impía, la espada de tus pensamientos, finísima hoja de plata que rasga el silencio.

La soledad se convierte entonces en un cáliz preciado, en una ansiada quimera, en la peculiar sobreviviente de la eterna Cruzada.

 Nunca confundas la soledad con el sentirte solo, sería subestimarla, crucificarla a la mediocridad de tus sensaciones carnales. Echarla a que se la coman los lobos.

Experimentar la plena soledad es disfrutar de la cima, respirar su exuberante aire limpio; observar desde lo alto el vuelo del cóndor, el manto sosegado de las nubes y los custodiados enigmas de los transeúntes. Experimentar la verdadera soledad es saberse en paz consigo mismo.

 

Publicado la semana 30. 23/07/2020
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Edith Piaf-Je ne regrette de rien , La noche , Desde una ventana que mire a un jardín
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