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S. Monticelli

Hombres y barcos.

 

 

En una pequeña extensión de playa denominado el lugar del barco hundido, se dice que gracias a una especie de magia residual impregnada aún en los viejos maderos por las sirenas que en alta mar se apegaban abrazándolos para tratar de escalarlos y ver de cerca a los fornidos marineros, los hombres que allí van y tocan los derruidos restos, pueden pedir que la mujer de sus sueños aparezca en su vida y lo ame para siempre.

Innumerables caballeros han ido a este páramo solitario, mayormente hombres desolados por penas amorosas, amores traicionados, amores no correspondidos o amores inconclusos. Algunos menos han ido por mera curiosidad.

Dicen que al leve toque de sus dedos en los costillares húmedos y blanqueados por la sal, una energía distinta recorre sus venas y ante el primer pensamiento de una mujer anhelada, la imagen comienza a condensarse gota a gota en sensuales formas cristalinas, perfeccionándose en segundos mágicos, y cincelando detalles de cejas, uñas, cabellos y esbeltas piernas que van tomando valores y tonos como si un pincel invisible los torneara entre luces y sombras.

Dicen que ningún hombre se sintió estafado en sus deseos, morenas, rubias pelirrojas, altas bajas, más o menos esbeltas, cada gusto era cumplido tal cual cada sueño. Pero también dicen que cada hombre aprendió que el deseo y los sueños rara vez coinciden con el amor, y es que estas hermosísimas muchachas eran tan deseables como difíciles de amar. Algunos duraron años en consumir el éxtasis de deseos violentos que estas musas provocaban, otros meses y algunos desafortunados solo días.

Estas mujeres mitad ninfas mitad amazonas, si bien hermosas, obedientes, amables, protectoras, representando todo lo bello y bueno de esta vida, no eran perfectas ya que  ningún hombre completó a la mujer de sus sueños con deseos que incluyeran planteos cuestionamientos, enojo, tristeza, reflexiones complejas, variaciones de humor, frialdad, ambición, acidez, ningún defecto en esas cabecitas hermosas. La rutina de la alegría, del pensamiento unilateral, inocente, la parálisis de la emoción encallada en una serenidad inmutable, hace que el interés por la novedad, por el misterio, por la duda, se quede sin fuerzas ante actitudes programadas.

Uno a uno los soñantes aventureros fueron desapareciendo, lentamente sus pasos fueron esfumándose hasta convertirse en un leve trazo borroso. Las ninfas terrenales al entender que los hombres no correspondían su devoción, succionaron su alma día a día, evaporando de a poco su espíritu vital, su capacidad de amar verdaderamente, si no eran para ellas no eran para nadie, harían valer su preciada belleza, harían valer su sacrificio de amante.

Hace mucho tiempo que no escucho que algún hombre haya visitado las inciertas arenas del barco hundido, el último joven que fue, impulsado por un whisky añejo, suvenir de una larga y tumultuosa relación, al acercarse al caído esqueleto del barco serpenteado por crecidos pastos, tentado de imaginar su nívea damisela adorada, observó de repente un cartel pequeño, una hoja amarillenta milagrosamente unida aun a un clavito de un trozo de costilla, unas  casi imperceptibles letras a manuscrita escritas con lo que alguna vez fue algún carboncillo, decía:  “ hombre, cada pastizal que aquí se yergue es un sueño de mujer que alguna vez deseamos con nuestra alma, y cada hoja alargada verde amarillenta es un brazo espinoso que nos retiene enredándonos por la eternidad, recuerda, obtendrás tanta belleza como estés dispuesto a soportar.”

 Intimidado el jovenzuelo me dijo que se alejó inmediatamente de esos nudos de finas cintas que se agitaban al viento cantando un intermitente seseo, un sonido de plata, de arena cayendo en un reloj de vidrio, una dulzura aguda, cálida de arrullos niños, mezclado con el perfume sensual de la madera y la sal, y que por poco logró huir de ese canto hipnótico, invasivo, trágicamente bello quizás como el canto que alguna vez tuvieran esas curiosas sirenas.

Publicado la semana 25. 15/06/2020
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