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S. Monticelli

Caminata.

 

 

No recuerdo el nombre del día en que  bajó por primera vez a la playa, pero sí recuerdo sus ojos… lindos ojos color caramelo, iluminados aun contra el sol, iluminados aun mirando sin verme.

Desde esa vez él caminó por la playa cada tarde, durante una semana.

Me intrigó su paso solitario, meditabundo, ni un gesto, ni un movimiento brusco, tenía la solemnidad enraizada en sus venas, sus pasos decididos y tan precisos, tan ensimismados, que tuve que fijarme varias veces en sus huellas, me urgía comprobar que ahí, bajo su sombra, estaban, y eran.

Era real en su andar de espectro, era real aun al alejarse, oscureciéndose sus espaldas mientras se alimentaba el sol entero en sus ojos. El sol caía y él se empequeñecía, figurilla negra que se comía el sol. Podía imaginar su boca, redondamente estirada, atragantándose de luz solar, podía intuir ese embudo sobredimensionado atrayendo los últimos rayos que ciertamente no morían en la fría línea del mar, sino en lo incierto de su estómago.

Y podía verlo volver, y engrandecerse más y más a cada paso, su figura negra… gris… levemente coloreada, sus pantalones arremangados, sus pies enérgicos, sus espaldas ensanchándose al ritmo de un abanico;  gestación de un gigante seguro, rehecho. Sus ojos… sus ojos ya no irradiaban como al principio, no había en ellos el incendio sediento del que busca…

Brillaban, sí, pero con la opacidad del lleno, con la opulencia del satisfecho.

Estos serán, quizás, los hallazgos adquiridos en caminatas a solas por la playa.

Se acercó cada vez más, me observó, esta vez me dijo: -hola- pero yo, que lo esperaba, voltee la vista, seguí de largo. Me gustaba más el que iba, el vacío, el que buscaba, el inseguro, el imperceptible, el espectro…

Publicado la semana 24. 08/06/2020
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John Coltrane, A love supreme.
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Relato
Año
I
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