20
S. Monticelli

Tormenta.

Tormenta.

 

No hay espectáculo alguno que se compare con presenciar el mar cuando amainó la tormenta.

 

Quien tuvo la suerte de caminar sobre la arena mojada, húmeda desde adentro, la playa quieta, la respiración contenida como protegiendo en silencio los restos preciosos que la furia olvidó, pudo concebir la magia de revivir el pasado, de capturar la esencia de recibir instantáneamente la suprema visión.

 

Sentir el frío que aún queda en el viento sur, dándonos latigazos en la cara como resabios de su fuerza retenida.

 

Medir el peso de nuestros pasos en las huellas nítidas de nuestros pies, mientras los olores a sal, madera mojada y hierro oxidado se mezclan energizando el aire que de tan lavado se nos mete no solo por la nariz sino por los poros de nuestra piel que renace, depurada, con esta pócima regeneradora de oxígeno y de luz, de frío y de vida, en equilibrio exacto.

 

Ver reaparecer las gaviotas que esperaron pacientes para entre volar alborotadas las corrientes de aire, buscando el banquete, cual obsequio ritual, que el mar desenterró con sus manos.

 

Mimetizarse en el gris con que las nubes tiñen el paisaje y nuestros ojos, y que acaricia el océano tratando de atenuar la ira que en sus entrañas aún se revuelve latiendo en un estómago que no lo disuelve y que le ha de expulsar, ya incontenible, próximamente…

 

Tener la gracia de percibir lo ocurrido desde las reliquias vivas, desde los fragmentos que como espejos mantienen las imágenes dispersas pero encendidas, prendidas a los últimos destellos agonizantes, que se multiplican por miles y rearman el rompecabezas para quien sabe verlo con ojos sensibles.

 

Sumirnos en la sensación de desahogo, del momento de intensidad que ya paso, situándonos en un nostálgico vacío depurado, con un oasis en el tiempo que nos ofrece alivio antes de retomar nuestros pasos.

 

Oasis como el sueño o como la muerte, alivios interruptos para nuestro nervioso existir.

 

No hay mejor espectáculo de brillo y opacidades, de sombras frías y fuegos ocultos.

 

No hay mejor drama que el que cuentan los náufragos testimonios  horas después de una tormenta, no hay mejor sensación que la de respirarlos y sentir trascender por segundos la limitación de nuestros dedos y nuestra mente, inhalando el todo de una vez y ubicándonos pequeños de un soplido en  exacto punto  y comunión donde toda duda se disuelve para dar  lugar al ser,  y sentir que se nos abren las alas a la intensidad bruta y sutil de la vida, que solo en estos instantes abre sus ojos y nos mira, intentando, muda, revelarnos su secreto.

Publicado la semana 20. 12/05/2020
Etiquetas
Clasica.
Compartir Facebook Twitter
Género
Relato
Año
I
Semana
20
Ranking
1 194 0