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S. Monticelli

El anciano y el cerezo.

 

                                 

Suavemente, flotando, cae luego de un enorme suspenso el pétalo de la flor del Cerezo. Con su vista apenas borrosa el viejo acompaña su magnífica caída como si se tratara de un milagro, o lo que es lo mismo, de una extraordinaria obra de arte.

Su patio pequeño sólo da al frente. Unos pocos metros de cemento separan su antigua silla de mimbre de la vereda en donde se yergue, imponente, su árbol de Cerezo.

Cada tarde, puntualmente a las siete, el anciano se sienta a observar su único tesoro hasta que los negros edificios tiñen la puesta del sol. 

Antes, su austera morada formaba parte de un barrio, y aunque hoy los desconocidos vecinos y los empleados de catastro continúan llamándolo de la misma manera, ciertamente él lo sabe, hoy ya no lo es.

 Antes, cuando sus canas apenas brotaban como plateados y esmirriados hilos de agua camufladas todavía por la persistencia heroica de su melena café, el   hombre poseía un nombre: Julián. Y los vecinos tenían saludos, preguntas y hasta un tratamiento especial para regalarle: -¡Hola Don Julián!-.-Buen día Don Julián, ¿cómo se encuentra?-. 

En esos días Julián respondía con gestos y sonrisas mientras cortaba orgulloso el verdor de su pequeño frente o barría la vereda.  Todo esto fue anterior a que muriera su césped y lo enterrara bajo una densa, funesta fosa de cemento. Previo a que él plantara en el cantero de la vereda su árbol de Cerezo el día siguiente al que falleció su adorada esposa y su hijo escapara hacia un país de nombre extraño asiático o africano, ya no recordaba...recordar era para él un inestable rompecabezas con constantes intercambios de piezas faltantes. Quince años después sólo existe un ajado sillón de mimbre sobre un árido patio de un hombre al que nadie saluda, en un barrio que ya no existe.

El viejo ve caer el sol enrojeciendo sus flores de cerezo y llora por dentro, por miedo a que sus lágrimas lo hagan visible.

 Durante éste último tiempo sólo existía para su árbol, le fascinaba verlo transmutar como un gran caleidoscopio arremolinando las estaciones, avisándole qué vendría y, por lo tanto qué inevitablemente, ya se había ido.

Con sus clarísimos ojos recorría la áspera corteza de su tronco como alguna vez recorrió las inhóspitas trincheras: con dolor y esperanza. Entre sus ramas se dormía en paz suspendido del mundo como cuando acunaba a su hijo protegiéndolo, mientras soñaba para su familia un futuro maravilloso, diáfano, inédito, como esos magníficos brotes de flores blancas con centro rosado.

Ésta tarde templada que augura el inevitable arribo del verano, junto al pétalo en caída el anciano imagina el rocío resbalando de los frutos hinchados, rojos, como bombas de miel  a punto de estallar, caer hacia la tierra fértil que él había labrado. Observa desprenderse de un temblor escarlata la perfecta cereza girando, sesgando el aire con su flexible y fino cabo. Advierte el minúsculo salpicar contra el suelo al machacarse la fruta entera, y desea con todas sus fuerzas lanzarse, zambullirse hacia su viscoso, blando centro, corazón y semilla. Bracear locamente hasta amalgamar su alma en un infinito placer dulce y ácido, trascender hacia otra cosa, olvidando por fin trincheras afiladas y huidas criminales, transformarse en dorado almíbar, como un milagro o una extraordinaria obra de arte.

Entonces, lo sabe.

El viejo elevando sus lagrimosos y llenos ojos hacia el cielo grita por última vez su nombre que resuena desde su sillón de mimbre, hace eco escalando los muros de cemento, da unas vueltas estremeciendo ligeramente sus flores de cerezo y por fin se hace visible.

 

Publicado la semana 2. 06/01/2020
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Con nostalgia
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