13
S. Monticelli

Sorpresas para Elisa.

El hombre vivía encerrado dentro de sus harapos. Trozos de sucias telas de infinitas tramas. Jirones roídos por el tiempo desde la novedad hasta el destierro. La mujer se había mudado días antes. Su pequeña y modesta casa se ubicaba a tres calles del hombre que temprano dormía. Temprano era cuando la mujer pasaba por su misma vereda camino al trabajo. Un trabajo nuevo que la tenía muy nerviosa, no podía darse el lujo de perderlo, en sus treinta y cinco años, un nuevo comienzo. Ella pensaba: «¡Vamos, Elisa, éste es un último comienzo! ¡Ésta es la última vez!».

Las baldosas rosadas de la acera se perdían entre hierbas y ojos de agua que señalaban el paso a una calle sin salida, un callejón que a plena luz del día lo oscurecían las altas paredes ciegas de los dos monstruosos edificios lindantes. Cada vez que a Elisa se le hundían sus altos tacones negros entre las grietas de las cerámicas rotas que parecían alejarse más como intrépidas islas rosas. Sentía un resquemor, una leve agitación en su pecho ante ese pasadizo que se abría cual enormes negras y húmedas fauces que estiraban sus sombras para engullirla. Elisa procuraba no mirar. Caminaba con pasos rápidos. Siempre estaba apurada. Le gustaba llegar a punto a su oficina, no quería regalarle un minuto demás a su rutinario trabajo, de ocho a cinco era de ellos, pero ni un minuto más. Luego, era su tiempo, era suyo, de nadie más, y eso era lo único propio que en ese momento tenía.

Así pasó el tiempo… Elisa yendo de su casa al trabajo y del trabajo a su casa, sin novedades, sin visitas, sin sorpresas, sin alteraciones en su camino. Nada irregular en su rutina, solo el comienzo anticipado de alguna que otra brisa fresca, llenando las aceras de finos suéteres, y livianos sacos de hilo.

Elisa, no había podido dormir la noche anterior y había salido antes de su casa. Pensó que estaba bien pues podía hacer tiempo pidiendo un expreso en lo de José que siempre la asistía con su dosis de cafeína. Mientras las nubes se apretaban en un cielo recortado por tejados, carteleras y terrazas, Elisa bostezaba mientras se acercaba al callejón tenebroso.

Como acto reflejo acercó su mano a su boca como ocultando el suceso, lo que hizo que su pesada cartera se resbalara de su hombro hasta su codo y desequilibrara su marcha con el peso inesperado; su paso que se convirtió en una especie de baile moderno y espasmódico que causó la rotura de su fino y alto tacón. La maldición de Elisa llegó hasta los oídos de las algodonosas y apretadas nubes que ya se estaban tiñendo de un gris plomizo. Ese sonido chillón llamó la atención del hombre que dormitaba en posición fetal sobre cartones y bolsas.

 —¡Deje dormir! —rezongó con voz rugosa y descascarada. Fue la primera vez que Eliza volteó su cuerpo hacia el lóbrego pasaje. Se incomodó cuando se dio cuenta de dónde venía esa voz escabrosa, rota como su vestimenta. Ofuscada intentó incorporarse y dar unos pasos, lo más estilizados como le fuera posible, le dolía el tobillo derecho, y más aún le dolía su orgullo. Trató de escaparse de ese hombre de barba entrecana que se escondía entre un cabello largo y enmarañado y sucio haciendo juego con sus ropas mugrientas.

A la mañana siguiente Elisa pensó dos veces si cambiaba el itinerario hasta su oficina, pero decidió mantenerlo ya que debía desviarse más de cinco cuadras lo cual significaba mucho tiempo perdido para ella. Cerró su puerta azul Francia, y se encaminó en su viaje encomendándose a Dios para que la proteja de gritos de cochinos desconocidos y tacones negros rotos.

Esta vez fue práctica, compró unos clásicos y pulcros zapatos negros, con hebilla y taco más bajo y ancho, no volvería a pasar por la misma situación. Esto hacía que camine sin fijar su vista hacia las variaciones del suelo. Y por ello fue que cada mañana en que pasaba por la callejuela comenzó a mirar por el rabillo del ojo al mendigo.

 Día a día, descubrió verdaderas cualidades que llamaron mucho la atención a Elisa, una mañana se sorprendió viendo al hombre llevando las bolsas de las compras a una señora que parecía disfrutar de una amena charla con el desconocido indigente.

En otra oportunidad observó cómo tocaba un violín invisible desbordado de acordes desesperados con movimientos furiosos bajo la lluvia y el viento, tan concentrado, tan absorto, que no se percataba del aguacero ni de las hojas ni de los papeles y bolsas que se arremolinaban a su alrededor. Esa imagen quedó grabada en la mente perpleja de Elisa y siempre le pareció que era lo más parecido que había visto a un marino luchando inmerso en una tormenta en alta mar. Era una imagen extraña y hermosa.

Una mañana, Elisa llegó al trabajo como todos los días y una inspección de seguridad la dejó puertas afuera tan pronto entró. Según el portero una fuga de gas había sido la causante de tal contrariedad. Así, sin más, Elisa se vio con horas de gracia, con tiempo extra que la amenazaban con verdades odiosas. Mientras volvía a su domicilio Elisa pensaba: «¿Qué podría hacer con tanta libertad? ¿Cómo ocupar las horas de mejor manera? » Sin planes, sin amigos, estas ocho horas ganadas al destino le parecían un vacío sin fondo.

 El pie de Elisa resbaló un poco sobre la baldosa rota aun con su tacón ancho. Maldijo otra vez y supo en el momento, que una miraba respondía su protesta en viaje directo desde el callejón hasta ella.

 

Esta vez Elisa no hizo caso omiso al atropello, y lanzó de contragolpe una mirada llena de enojo y repulsión directamente al ceño tiznado del linyera, y como si fuera poco en un arrebato de ira, le gritó: —¿Quién es usted para callarme? ¿Es dueño de la calle acaso? El hombre la observó un minuto como masticando sus palabras y analizándolas lentamente en su pronta digestión. Al cabo de unos segundos, cuando ya Elisa comenzaba a darle la espalda, se escuchó resonando en la acústica del angosto callejón: —No soy nadie y soy todos, todos somos dueños de la calle, y todos debemos reclamar que hagamos el uso correcto de ella —carraspeó el viejo. Elisa no pudo evitar sonrojarse, definitivamente no esperaba esa respuesta. Inclinó su rostro hacia el pavimento en señal de penitencia y se dio la vuelta enfilando nuevamente hacia su itinerario.

 Esa noche Elisa no pudo dejar de pensar en la frase refinada y culta del hombre de la sucia calleja. Le asustaba la idea de haber creado un enemigo dentro de su rutina y le asustaba sobremanera saber que se aproximaba el fin de semana y esto significaba más y más horas aún de una libertad que iba a ser desperdiciada. A la mañana siguiente el hombre no estaba allí. Dos cuadras más adelante se encontraron de golpe, frente a frente en la calle siguiente. Pudo ver de cerca sus ojos extremadamente vidriosos, como un espejismo celeste casi líquido. Huellas profundas como abismos secretos construían un rostro sólido, lleno de surcos e hileras como un laberinto de piedra. El pelo largo cenizo, espeso, maloliente, electrificado ofrecía un anguloso marco a sus mejillas redondeadas por una mala alimentación.

 —¿Cómo ha estado, señorita efusiva? —se escuchó el grito estrepitoso del anciano. —Disculpe, no lo conozco, señor —reaccionó tímidamente Elisa.

—Cómo que no me conoce, señorita. La conozco desde hace meses. ¿Cómo puede decirme esto? Compartimos una rutina diaria, yo viéndola pasar cada día protestando con su boca o sus pasos contundentes y usted despertándome con el ruido de sus tacones. La he visto por tanto tiempo que creo poder recordarla con los ojos cerrados: su cabello café, con reflejos de sol como miel, como canela chispeante, su nariz respingada y blanca como la nieve, sus ojos grandes, profundos, vivos a pesar de sus parpados caídos como su andar-

 Una mueca casi imperceptible de ternura hizo saltar su comisura izquierda, un hoyuelo pudo nacer un segundo dejando un leve rastro en la tersa mejilla de Elisa. El viejo alzó las manos mientras escupía a viva voz:

 —¿Ve que puede ser casi humana, señorita? ¡Aleluya! ¡Veo un alma asomarse! ¡Dios mío gracias por este regalo, pensé que nunca sucedería!

 —¿Por qué dice eso? —se animó Elisa en tono muy bajo y serio, un poco ofendida—. ¿Qué cree que soy, señor? ¿Qué quiere decir con eso? El mendigo pasó su mano por su frente llevándola hacia atrás aplastando en su camino su melena salvaje hasta detenerla en su nuca y con gesto desaprobatorio y mirada hacia el suelo contestó:

 —Quiero decir que sólo las personas sin alma pueden pasar cada día durante un año por este callejón de la tristeza y no parar una vez a preguntar si se necesita algo, o por lo menos apiadarse lanzando una mirada compasiva; vernos, verme, señorita; pensé que usted ya no tenía remedio —prosiguió—. Me desanimé aún más el día en que se le rompió el zapato maldiciendo su suerte…, su suerte… Pero volvió mi esperanza el día en que se detuvo un instante y me observó con mi orquesta, sin involucrarse, sí, pero al menos se detuvo.

 —Por favor, no me diga señorita, me llamo Elisa… —exclamó aceptando la derrota, con voz dulce la joven. Desde ese día el anciano y Elisa pasaron juntos varios minutos al inicio y término de cada viaje rumbo al trabajo de Elisa.

Ahora, ella salía más temprano de su casa con un café extra y de vez en cuando alguna medialuna o golosina entre sus manos. Ahora caminaba más distendida y ya no empujaba sus pasos contra las baldosas grises y rosas.

 El anciano le contaba una historia cada día. La comenzaba por las mañanas y la finalizaba por las tardes, a eso de las seis se escuchaban los delatores tacones que ahora eran un sonido alegre para el indigente. Elisa escuchaba atentamente la grave y rasposa voz del hombre:

—Hace tantos años como la suma de todos los sueños que has tenido, fui joven y desarraigado, tanto, que decidí embarcarme en un buque pesquero, buscando quizás aventuras, o quizás un lugar del que ser parte, un hogar. »Una noche, mientras navegamos los cálidos mares del trópico en el Pacífico, súbitamente un silencio mortal llenó el navío… se podía escuchar la nada, sin viento, sin brisa, sin siquiera una onda leve golpeando la barcaza, sólo un mar de aceite espeso, negro.

»Salimos todos a proa con miedo que el rechinar de nuestras botas sobre los maderos viejos quebrara el momento, o el mar negro, o el barco mismo… »Una voz desenfrenadamente embriagadora de azar y jazmines, una voz ardiente como el licor más fino, fresco como una cascada en enero, envolvió toda la cubierta y reunió como ratones sobre el queso a la tripulación completa. »Quietos, en silencio, vimos cómo se lanzó al mar el primer hombre. Nadie gritó. No hubo alerta.

»El segundo lo siguió instantáneamente y el tercero y el cuarto y el quinto; yo, tan sometido como ellos bajo la música celestial bajo proa, di un paso para acercarme a la virtual planchada, algo me detuvo, mi pie estaba totalmente atascado en una red a medio remendar; vi uno a uno cada marinero saltando de la balaustrada.

»No recuerdo más hasta la siguiente mañana, desperté rodeado de peces, aplastado, enterrado bajo infinidad de Merluzas, Bagres, Pargos, Corvinas y Meros que aleteaban cubriendo la cubierta de reflejos plateados. La montaña de peces más alta a borda de un barco pesquero que jamás vio nadie antes.

»Me las arreglé para llegar a puerto. Ante la mirada de los trabajadores del lugar atraqué y regalé los peces. No pude venderlos, no hay fortuna que valiera aquella jornada de pesca.

»Meses más tarde reconociendo mi poca habilidad para navegar y los peligros que esta profesión implicaba, decidí incursionar hacia parajes menos violentos, sin cantos de sirenas tramposas ni pisadas que quiebran océanos y me dirigí hacia el desierto.

»No tenía más que mis piernas como capital para emprender el viaje, así que caminé días enteros, con calor, con sudor, con tozudez, con arena en la boca en la garganta y en el estómago.

»Mi botellón de agua se terminó al sexto día, mis raciones dos días antes. Sin oasis a la vista y con noches tan frías como el agua del sur del Pacífico, sin casi aliento, me dejé caer sin resistencia como bolsa llena de piedras o como aquéllos hechizados marineros.

»Cuando creí que era el final, una luz me cubrió de repente con una intensidad sobrenatural lo que hizo que abriera los ojos; granos de arena caían de mis párpados, mi boca se abrió sin voz, esforzándose en querer expresar el asombro de tanta grandeza… la luz me dijo: «Levántate muchacho y sube esa duna con forma de vela hinchada al viento norte, y observa, observa y tu esfuerzo se verá recompensado».

»La luz se esfumó y con ellas mis fuerzas… Desperté tiempo después sintiéndome tan seco que creí que con un movimiento podría quebrarme y podría quebrarse el cielo, quebrarse el aire y el desierto inútil bajo mis huesos. Pero recordé la voz y aunque parecía una locura, arrastrándome metro a metro logré escalar el médano señalado. »Lo que vi me devolvió la vida al instante. Desde la cima me deje caer rodando, confiando mi alma a la hirviente deriva por esa ladera empinada.

»Así llegué destrozado a los pies de una caravana de un grupo de Badawi, habitantes del desierto o Beduinos, como quieras llamarlos, lo mismo era para mí, para mí ellos eran vida. »Los pastores nómadas me rescataron el cuerpo y el alma, ya que al llegar a su asentamiento, además de alimentarme y curarme las heridas me enamoré de la más hermosa mujer árabe que nadie podrá observar nunca.

 »Irem. No podía caber tanta sensualidad en unos ojos. Nunca bebí de un pozo tan profundo… Ella estaba destinada a casarse con Abban, ironía del destino, me iba a quitar la mujer de mi vida un hombre cuya traducción de su nombre era «efímero». »A veces creo que alguien se divierte con nosotros. En fin, esos breves momentos mientras estuve con ella fui el hombre más feliz, más completo, no me podía acunar dulzura más grande que sus brazos.

»Irem me contó de las manos de su madre, que podía enhebrar mil cuentas brillantes en un día, me contó sobre mágicos relojes de arena a los que si no se los giraba a tiempo, podían detener el mundo… Me contó sobre jóvenes amantes a los que Alá les otorgaba ese poder si su amor era verdadero, y mientras las arenas del tiempo los mantuviese juntos, sus granos caerían tan despacio que su tiempo parecería detenerse… Y eso me pasaba con Irem…, una hora con ella era un día, un mes un año…, o eso me parece en este momento, ya que tengo la sensación que viví infinitos momentos con ella.

»El día de la boda llegó, y yo aún no sabía cómo escapar de ese laberinto de arena que se cerraba minuto a minuto prometiéndome secar mis venas. »Qué hacer sin dinero, sin fuerzas, casi sin alimento más que los dulces besos de Irem. »Lejos de rendirme, a hurtadillas robé un Kafiyyeh y lo puse como pude en mi cabeza y descolgué una túnica o Suriyah blanca y corrí y corrí hasta donde sabia descansaban los purasangre del Sultán; y así irrumpí en medio de la fiesta llevándome a Irem como un rayo fulminante que atraviesa el cielo más cerrado.

»Escapábamos solo con nuestros corazones entre nubes de miel y arena. Elegimos una bella y tranquila playa de Italia para erigir nuestro hogar. Pero Irem no logró adaptarse, no le iba bien la frescura salada del viento del mediterráneo. Rápidamente comenzó a enfermarse. Extrañaba su familia, el viento abrasante y la arena desmoronándose como oro líquido bajo sus pies. »Oraba todo el tiempo y con cada rezo parecía irse un poco más, como si desde algún lugar le estuvieran concediendo sus deseos; hacia el final Irèm parecía transparentarse hasta ser solo una imagen fantasmal de lo que fue un día.

»Le ofrecí llevarla de regreso a su pueblo, a su familia, pero no quiso, ya era tarde. Era una rosa mustia que solo con mis besos revivía pero lamentablemente por breves instantes… para luego marchitarse nuevamente. »Estuve a su lado cada momento, un poco por amor y un poco por culpa por haberla sacado de su exótico jardín, hay rosas que de tan bellas uno no se debería ni acercar, ni siquiera tocar con temerosos dedos; menos, arrancarlas pretendiendo plantarlas en nuevas tierras. »La belleza extrema es solo de un momento y un lugar, y no hay artilugios, ni magias, ni ciencia que la haga durar más.

 Luego de cada historia Elisa volvía a su hogar más entusiasmada, más ansiosa por todas las historias que quedaban por conocer, Elisa se preguntaba sobre la veracidad de aquellos fantásticos relatos, y esas dudas y cuestionamientos la hacían enfervorizarse aún más. Y esto se notaba porque de repente los ojos de Eliza comenzaron a brillar de una manera diferente, comenzaron a soñar. Ya no se sentía tan sola en su pequeña guarida, ahora abría las escasas ventanas y extendía sus brazos hacia afuera, estirados a través de los postigos hacia el sol. Quizás esto parece poco pero para Elisa que temprano trabajaba yendo del trabajo a su casa y de su casa al trabajo, sin novedades, sin visitas, sin sorpresas, sin alteración alguna en su camino, estos días eran incipientes gérmenes de ilusión, de esperanza, de valentía, de libertad.

Más allá de sus historias había una cosa que Elisa no sabía del anciano, su nombre, antes de que comenzara cada historia Elisa le preguntaba siempre cuál era su nombre. Elisa insistía en que el mendigo se presentara ante ella. Esto le parecía importante pero el viejo desoía su reclamo.

 —Aún no es tiempo, muchacha. El final, cuando termine mis historias te lo diré —aseguraba el viejo. Y acto seguido comenzaba una nueva historia:

—Esta es una historia corta quizás porque cuando uno es más viejo las historias se acortan. Ya no necesita uno los ribetes decorativos ni las grandilocuencias, ni los agregados ceremoniosos; quizás con la edad uno cuenta con menos de todo… pero ese es otro tema. ¿Ves? —agregó el hombre—. Esto de irme por las ramas es un resabio que me viene junto a la ilusión de sentirme joven.

 »Hace no tanto tuve un gato, digo «tuve» porque le di regularmente de comer, de beber se encargaba solo, lo acariciaba cada tanto y algunas noches se dormía conmigo sobre cajas de cartón, ahí en el esquinero. Era el gato más feo que nadie alguna vez ha visto.

 »No era ni blanco ni negro, ni gris, ni marrón, ni naranja o amarillo como dicen algunos. Su color era de un tono indefinible e insoportable valor entre un estático domingo infinito y un efusivamente desproporcionado sábado de fiesta. Su pelo era duro, rasposo, y tenía lastimaduras por todo el cuerpo.

»Nadie lo quería, lo alejaban a pedradas del callejón, pero una tarde se acercó sigilosamente hacia mí con ese aspecto impronunciable, y me cayó bien. Y poco a poco se ganó su espacio.

 »Nunca le puse nombre, y no me obedeció nunca. Nunca sabía cuándo aparecería con ese aire desfachatado ni cuando se esfumaría por días o semanas. Nunca nos prometimos nada y, por lo tanto nuestras caricias siempre fueron verdaderas.

»Lo atropelló un camión en la esquina de la verdulería, y con un cajón de manzanas le di sepultura. Nunca lloré tanto a alguien después de Irem. »Supe que aun sin lazos creamos un lazo eterno que nunca iba a romperse. »Descubrí que sin egoísmos y sin ataduras también se sufre.

—Pero, no entiendo, usted me contó una historia en donde fue egoísta y posesivo en nombre del amor, con Irem; y esta última historia donde fue desprendido y libre en nombre del amor, y en ambas sufrió… ¿Cómo se escapa del sufrimiento entonces?

—Aceptándolo —contestó el viejo—. No hay otro camino, no hay desvíos ni atajos. El sufrimiento, no importa qué lo cause, sólo hay que atravesarlo y nunca se hace más fácil hacerlo.

Elisa regresó a su casa más ensimismada que nunca, analizando las palabras del anciano, y más intrigada aun sobre su identidad, ¿quién era? ¿Podía creer en sus palabras? ¿Por qué no podía saber de quien se trataba ese ser tan extrañamente hoy adorable?

 A la mañana siguiente como todos los días Elisa llegó al callejón café amargo en mano. Para su sorpresa el anciano no se encontraba allí. Elisa sabía lo que significaba para el viejo solitario sus cortas pero intensas visitas mañaneras…, no podía dilucidar dónde podría estar.

Volviendo sus pasos hacia la calle principal, vio a una mujer humilde, muy añeja, doblada como un trabajador portuario cargando unas pesadas bosas de supermercado. Le parecía conocida… Sí, ¡era la señora a la que ayudaba el mendigo!

 —Señora, ¿puedo preguntarle algo? —se animó a esgrimir Elisa.

—Sí, señorita… Antes que me pregunte, si está buscando a Juan no lo va a encontrar. —Disculpe, ¿por qué dice eso, señora? —respondió preocupada Elisa.

—Digo esto porque Juan ya se fue con Diosito… Se fue a sus brazos anoche, por la madrugada… Se lo llevaron hoy temprano, cuando lo encontraron seco los muchachos de la limpieza de la ciudad… —la anciana contó lo sucedido de forma natural como si ya hubiese traspasado el miedo a la muerte hacía rato. —Pero... —le rogó aún entre asombrada y espantada—, por favor, ¡dígame dónde se lo llevaron! ¿Usted sabe dónde se lo pueden haber llevado? ¡Por favor, se lo ruego! Los ojos de Elisa se llenaron de lágrimas, tantas que parecían lanzarse desde sus lagrimales con fuerza, como en salto suicida…, apiadándose, la pequeña y arrugada señora le señaló:

 —Vaya, niña, ¡qué cariño le has tomado a ese viejo embustero! Ve niña, ve al único lugar en donde pudieron llevar esos pobres huesos es al Cementerio Municipal… No creo que aparezca ningún pariente que le dé un mejor descanso y le aseguro que él no ha tomado ninguna precaución antes… Ve niña, y envíale un saludo por mí, que mis piernas ya están viejas para llegar hasta el final de la ciudad y menos para andar esquivando sepulcros. Mejor no acercarme a esos lugares, señorita, vaya. ¡Alè! ¡Alè! A Elisa parecieron esfumarse todas sus fuerzas, de repente sentía cargar una pesada carga en sus espaldas, como montaña de plomo, o de desesperanza… Llegó como pudo a las puertas del cementerio, el silencio parecía encaramarse también en sus hombros, pesaba…, pesaba como cielo de mármol o como hueco sin fondo… No sabía hacia dónde ir, la entrada grande e imponente del cementerio se abría al campo abierto directamente minado de sepulturas. Hacia la derecha pudo ver un pequeño salón, una ventana, una puerta, se dirigió allí pero nadie contestaba, buscó con sus ojos sobre el horizonte lleno, serpenteado, y hacia un extremo vio dos siluetas curvas y negras como puentes lejanos, se apresuró forzando sus delgadas piernas a reaccionar.

—Buen día, ¿puedo consultarles por un entierro, hoy? —Sí, señorita. ¿Quién es el difunto?

—Un señor…, Juan. Realmente no sé su apellido… —exclamó Elisa sonrojada—. No lo sé, disculpen. Era un anciano que vivía en la calle… por el centro. Sé que lo trajeron esta mañana…

 —Sí, señorita, ¡éste es! —vociferó el alto y consumido hombre sosteniendo con su brazo la pala enterrada en la tierra oscura y húmeda blandiendo entre ademanes exagerados un cigarrillo como si fuera espada o puntero.

Al ver el rostro de Elisa, sin más, los hombres se fueron pala en mano hacia otro sector del camposanto. Elisa solo se arrojó enterrando sus rodillas sobre la greda aún revuelta.

Su tristeza era tanta… y ni una lápida, ni una cruz aunque sea con maderos viejos… Nada…, solo tierra, barro, polvo… Sólo el cielo parecía apoyarla en su dolor velando al sol con nubarrones cada vez más plomizos y encrespados. La soledad. El fin. Eso era todo luego de una vida de pesares y privaciones… y lo peor, el olvido… ¿Quién lo recordaría más que ella? ¿Quién vendría a traerle flores más que ella…? En medio de sus lamentaciones una sombra ennegreció aún más la precaria sepultura.

Unos borceguís carcomidos por la intemperie y el trabajo pesado se acomodaron al lado de Elisa en posición de espera. —Señorita, debemos continuar con nuestro trabajo, debemos apisonar la tierra… —anunció el empleado con actitud diligente y tono apurado, un apuro destilando ironía contrapuesto a la pasividad de la muerte.

Eliza se irguió lentamente y se alejó unos pasos dando espacio al hombre de aspecto recio, quien comenzó a trabajar sin ánimos de otorgar un segundo más a la despedida.

—¿Sabe usted? —dijo firmemente Elisa—. Allí como lo ve, el hombre que usted está enterrando, navegó por mares bravíos y extraños, atravesó la nada misma y escuchó cantos de sirenas y sobrevivió. Recorrió desiertos a pie, pasó sed y hambre, y sobrevivió. Amó con su corazón, con su alma y con sus tripas, y sobrevivió. Pasó sus últimos años en las calles y sin amigos y sin ayuda, y sin nombre, y sobrevivió…

 —Señorita, sin ánimos de ofenderla, este hombre se llamaba Juan, yo lo conocí, nació en mi barrio de infancia, toda su vida fue un buscavidas. Estudió, sí, historia en una facultad acá cerca, llegó a recibirse de profesor, pero no le duraron las clases. La bebida, la mala vida, lo arruinaron por completo… Siempre iba a la biblioteca pública, se refugiaba en tardes de lluvia entre esas repisas de libros, le gustaba contar historias, ¿sabe…? Inventos, fabulas de viajes y aventuras, esas cosas, pero nada real, señorita… Siempre fue Juan el mendigo del centro desde hace muchos años…, un pobre tipo… —concluyó, y acto seguido aspiró el cigarro tan fuerte que pareció implosionar en su boca obligándolo a realizar una mueca extraña que le inflaba sus mejillas, dio un respingo y expulsó un humo opaco y cerrado como sus palabras.

 Elisa se dio media vuelta, y oculta por sus propias espaldas se sonrió para sus adentros, la luz volvió a sus ojos, nada de eso era cierto. Qué hombre tonto, lóbrego de tanto andar entre los muertos… El anciano no era lo que él decía, ¿quién era este hombre para desmembrar mares de aceite, y tripulaciones enteras? ¿Quién era este desgarbado ser para esfumar lunas de miel sobre el desierto y tules volando entre cascos de purasangre y médanos dorados? Erguida y ancha como una flor que nace, más fuerte, más soñadora, más creyente, recorrió todo el camino hacia las puertas del cementerio, sin mirar atrás, pues nada había pasado, solo tierra y viento y un cielo gris la habían confundido.

Nada había cambiado, nadie había muerto, por lo menos no su admirado maestro. El seguiría viajando sobre alfombras voladoras y le daría vida a historias que la maravillarían por completo. Y esta vez las escribiría, dejaría constancia de sus reales aventuras, no sea cosa que en un futuro incierto, almas perdidas, lisas, cerradas, oscuras, de borceguís carcomidos intenten con alguna muerte una vez más, callarlo.

 

Publicado la semana 13. 23/03/2020
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