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S. Monticelli

Un botón en el océano.

 

 La barca flotaba con un vaivén casi imperceptible sobre el agua espejada. El joven de poca experiencia, se empecinaba en encarnar una almeja que bailoteaba entre sus bronceados dedos. La calma esa tarde era tanta que el aire parecía estancado, quieto, congelado como si el oxígeno hubiera cambiado su materia volviéndose denso, casi líquido, gomoso, estirándose como chicle dentro de su nariz, esforzando al máximo su respiración.

Su torso doblado, moreno, creando una diagonal viva en medio de tanta calma. Su rostro inclinado hacia la superficie verdosa, vidriada del agua, atento, ansioso, llenando sus dorados ojos de inmensas esperanzas. El principiante pescador está aprendiendo la primera regla: para obtener resultados se debe ser paciente. Su padre se lo había advertido, y no le parecieron gran cosa sus palabras.

Pero ahora, en la soledad hambrienta de un cielo nublado, macizo, impermeable, que amenaza con engullirlo hasta su estómago ceniciento y eterno, la paciencia le parece una experiencia tan desafiante; tan difícil para su mente ágil, tan imposible para su cuerpo nuevo, que aprenderla le parece una empresa inconquistable. Aun así, resiste, recuerda los dichos de su padre y su sonrisa socarrona, la comisura izquierda de sus labios marcada en una «c» de cómico o de cínico.

Sabía que él estaba seguro que volvería rendido a instantes de la hora de su partida, que ni siquiera lo imaginaba sorteando la rompiente que bien brava se le hizo, desafiando entre oleaje y espuma su frágil y despellejada canoa. Sin embargo estaba allí, a dos millas de la costa que se movía entre líneas onduladas: una seguidilla de brillos de arena, otra seguidilla borrosa de arbustos más oscura arriba, y el plano cielo, ya quieto encima. Él sabía que ese espejismo se debía a la distancia y el calor, pero le gustaba la idea de que el mar cambiaba la sustancia de las cosas.

 Logró sacar la valva del doble caparazón de la almeja, insertarlo en el anzuelo iba a ser lo más fácil, pero igualmente sintió un pequeño pinchacito en su dedo anular. En un ademán de dolor una gota de sangre cayó al agua, generando una manchita roja tan contrastante sobre la superficie azul verdosa que parecía un botón del cual estaba prendido el resto del océano.

 ¡De repente una idea lo horrorizó! recordó el relato de su abuelo sobre la mañana en que lo asustó un tiburón, explicando que un bicho de esa especie puede oler una gota de sangre a cientos de metros de distancia. Un cosquilleo recorrió su cuerpo como invisible pellizco de electricidad, caña en mano recorrió la curva de sus pestañas con sus negras pupilas buscando exigirle la amplitud más periférica a su vista… nada… solo una vasta extensión de espejos derritiendo el cielo sobre el mar, apenas insípidas sombras apenas movilizando el agua. Le pareció ver cada tanto una mancha oscura, una leve ondulación que se acercaba de forma casi triangular contra el horizonte, imaginó como sería ser observado por esos ojos tan redondos y misteriosos, tan temidos surcando las aguas en los documentales. Por suerte la mancha de sangre hacía rato se había disuelto, él no sabía cuán perfumada había quedado el agua a su alrededor, ¡esa agua tan quieta!, si pudiera moverse más rápido su canoa… ¡si este espejo infinito pudiera romperse! Anhelaba un viento fuerte, huracanado, que rompa su cielo y su soledad, o por lo menos una brisa que arrullara su canoa en la dirección contraria a la nariz de ese demonio.

A cada minuto el cielo, inmutable, daba la impresión de dejar caer su sábana de nubes más y más abajo sobre la nuca del pescador. La presión de la espera se convertía en tortura. Cuando de pronto, un tirón seco, corto en la tanza, hizo vibrar la caña entre sus manos. Con la sorpresa la caña pareció escapársele, pero rápidamente tomó fuerte la vara y en un movimiento varias veces estudiado en su habitación con la escoba, a escondidas de su padre, logró ver en el aire el anzuelo oxidado atravesando las branquias de una Corvina esbelta y plateada.

Casi cae de la canoa al querer alejarse del pez que se retorcía en su última danza, y la emoción más grande de su vida fue alzar desde la boca su trofeo platino reluciente. No era una presa tan grande como le había parecido a primera vista, tampoco era una Corvina sino una Pescadilla y al querer tantear el anzuelo para sacarlo se dio cuenta que tampoco había mordido como se debe el anzuelo sino que la suerte hizo que se enganchara en una aleta como si fuera pillado por una trampa. Grande fue su desilusión al ver que ni siquiera su presa había tenido la intención de capturar su carnada.

Tantos avatares, tantos peligros sorteados para obtener esta mediocre recompensa, ¿qué pensará su padre? Lo imagina observándolo con su comisura burlona.

El pequeño pescador aprendió la segunda regla del mar que también sirve para la vida: No siempre obtienes lo que mereces, puedes irte con hambre a casa, o con el orgullo lastimado, es el riesgo de cualquier excursión de pesca o de cualquier historia amorosa. El desolado pescador desembarcó sin demasiado problema sobre la gruesa arena tornasolada, con la cabeza gacha y el corazón oprimido, como uno se sentiría al volver con un pez arrebatado o una ilusión de amor que no pudo ser.

Publicado la semana 10. 02/03/2020
Etiquetas
De Piano , La infancia , En cualquier momento
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