01
S. Monticelli

En un batir de alas.

Al momento justo en que una bandada de gaviotas cruzó la franja de cielo sobre mi cabeza, ella se sentó a mi lado, ob­servaba fijamente su helado, una de sus manos sostenía firme, dictatorialmente, la cucharita cual amenaza inminente de una abatida gloriosa.

Sin rodeos me preguntó:

—¿Qué haces?

—Estoy escribiendo poesía —le contesté.

—¿Poesía? —respondió entre confundida e intrigada. Sus mejillas crearon un gesto de burla, una mueca desmoralizadora pero a la vez llena de novedad y frescura, tanta, que hizo que no me enfade…, tanta que no tomé enserio un gesto que siem­pre me desbordaba de furia.

—¿Te parece ridículo? —repliqué.

—No, no, es solo que… no es algo muy común… Discul­pe, no pensé que la gente seguía leyendo poesía, no es que no sea un trabajo valorable, solo es que son cosas que no hacen la diferencia, creo. Me parecen más importantes los actos que cambian al mundo, discúlpeme, igualmente yo no entiendo nada de poesía —finalizó la niña rubia como para desenten­derse de su estoica opinión.

Un silencio nos distanció por más de un minuto en don­de me pareció verla por el rabillo del ojo alejándose, flotando como en un cuadro de Chagal.

—Es interesante… —dije.

—¿Qué es interesante? —cuestionó sin preludios la joven­cita.

—Es interesante como las personas hablan de la gente como si fuera una herramienta para afirmar sus propias conclusio­nes… Yo no tengo idea sobre lo que la gente quiere, piensa o elige, imagino que cada uno de esos conceptos siempre fueron, son y serán tan personales como seres haya en el mundo—. Ante esos ojos redondos que me seguían atentamente, prose­guí sin darle respiro. —También es interesante como distintas personas ven el mundo… es tan distinto… Yo no concibo el mundo sin poesía, la vida sin poesía, a mí mismo sin poesía, a la gente sin poesía… despojarnos de ella es secarnos el alma, la poesía me parece de tal importancia como para expresar que la poesía es el lenguaje de Dios.

Ella, con sus ojos abiertos y brillantes como platos de cerá­mica recién lavados, me observaba entre ofendida por mi voz quizás salpicada de ironía y sorprendida a la vez porque algo de mi discurso la interesó.

No dijo nada, se tragó su orgullo, cosa que me gustó mucho, y continuó lanzándome esa mirada inmensa y redonda expec­tante por lo que estuviera por venir.

Accedí a su petición tácita, y continué:

—Creo que la poesía es el lenguaje de Dios, es el lenguaje con que Dios nos enseña sobre el amor. No la religión, no la palabra, no el amor mismo. No veo el amor como un medio sino como un ser, no se accede mediante algo al amor, se es amor, por lo tanto necesitamos un lenguaje para entender algo tan mágico, tan transparente, tan etéreo, tan invisible y visible, como el amor, ¿y qué mejor que la poesía? Hasta hoy, no he encontrado algo mejor, y por eso la poesía me parece invalua­ble—. Sin dejarla reaccionar, continué: —Me dices que no se puede cambiar al mundo con poesía, me dices que se cambia al mundo con actos, está bien, respeto eso, y te aliento a que lo hagas cuanto antes, yo tengo otra forma. Hay miles y ninguna invalida a otra.

— Está bien, digamos que es verdad lo que dice, cuénteme cómo hacerlo, ¿cómo cambia la poesía al mundo? —retrucó firmemente.

 

—Um… me dijiste que no entendías nada de poesía. ¿Cómo quieres que te cuente como actúa algo que no entiendes que es? ¿Qué es la poesía para ti?—.

Sus mechones marmolados de arena y tabaco bailaron so­bre su frente ante un respingo y un soplido.

—No sé…, no es eso… Todo el mundo sabe qué es poesía pero quise decir que no soy una profesional en el tema, una experta que pueda dar definiciones —argumentó a la defensiva la pequeña.

¡Al oír sus cobardes palabras no puede contenerme! Con vehemencia en mi voz madura declaré:

—¡Todos somos expertos en poesía! ¿Acaso no tocaste miles de superficies, oliste cientos de perfumes distintos, ob­servaste miles de atardeceres, y paisajes hermosos, y cada una de esas sensaciones que experimentaste no te hicieron volar, viajar a otra dimensión llena de placer y belleza con la que la comparaste? ¿Acaso no te emocionaste alguna vez escuchando una música, escuchando un párrafo que te atravesó en alguna película o alguna radio, u ojalá en un libro?

»Bueno, la poesía es eso y más, es la exultación de lo bello, es lo sublime de lo bello, no hay poesía sin belleza, y la belle­za está en todas partes —proseguí—. Tú podrías decir que la belleza es algo débil, femenino, hasta cursi y ridículo. Yo no lo creo, la belleza no solo está en los ojos intrigantes del amante, o en las aves o en la flor, la belleza también está en la tragedia, en la desesperanza y en la guerra, y en la gente que las atravie­sa, y hay una enorme fortaleza en ello.

—Un momento de belleza cambia al mundo de una persona a la vez, y puede no parecer impactante, efectista ni efecti­vo desde el punto de vista masivo, pero puedo asegurar que sus brazos no son amplios sino profundos, y cuando aparece, cuando La ves, cuando irrumpe en tu vida, hunde sus raíces en lo hondo de tus entrañas modificando tu alma y eso es algo que no se va fácilmente y ya no eres la misma, eres mejor.

Ella, con su helado a medio derretir, cambiando de forma, cual metáfora de esa cabecita que me escuchó sin interrumpir­ me, esa cabecita que a mi ver también estaba cambiando, me preguntó divertidamente encendida:

—¿Puedo leer algo de lo que escribe?

—Aún no lo he terminado —formulé—. He escrito unos pocos versos… pero casi siempre los finales no son lo impor­tante, si me pongo a pensar los finales reales no existen.

»¿Termina la música al dejar de escucharse el piano? ¿O las notas se quedan mucho más tiempo en tu mente bailoteando? ¿Termina la película cuando la imagen se vuelve negra? ¿O permanecen los personajes en tu cabeza obligándote a crear nuevas historias? ¿Es el final cuando alguien muere?

»Yo no lo creo… Así que toma, lee, hermosa cabecita, pero no me digas si lo entiendes, eso no es necesario.

Tímidamente tomó mi cuaderno de tapa azul verdosa que me recordaba a tantos mares como el que estaba viendo y lo atrajo hacia ella, ceremoniosamente, como si le ofreciera un tesoro.

Los signos enfilados y negros la sumieron en una concen­tración asombrosa:

La arena continúa su mudanza de viento

Sin saber que tus rizos dorados como ella se han ido.

El mar continúa su mudanza de espuma

Sin saber que tus ojos de agua como él se han ido.

Las gaviotas continúan su mudanza de plumas

Sin saber que tu risa ligera y suave como ellas se ha ido.

Mis lágrimas aún no comprenden

Que el mundo acaba y comienza en un batir de alas.

Ella tardó en despegarse de las palabras y luego me miró con sus ojitos enmarañados como aún de viaje, como el segun­do en que los niños despiertan del sueño en donde están pero no están: aún vuelan sobre alfombras azules.

Esperó unos segundos y con la mirada renovada me sonrió con un gesto antiguo, un gesto que atravesó cientos de años para corporizarse y acabó en una niña preadolescente que de pronto entendió todo.

De repente un calor ascendente invadió mi curtido y añoso rostro, pude sentir como ese calor lo enrojecía todo. Supe con la certeza de su mirada que se había develado mi secreto, aún sin palabras la comunicación nos atravesaba completamente.

Ella con su espontánea y joven sabiduría argumentó:

—Me gusta eso del batir de alas, porque al batir las alas los pájaros no solo se mueven sino que también se elevan.

Y esa chiquilla me brindó junto a su frase una gran lección.

—Tienes razón —le contesté sin enmascarar mi sorpresa ante tan simple y a la vez elevada conclusión.

—¿Lo ves? —le dije—. Ya empiezas a entender la poesía.

Un llamado cálido pero firme llegó a nosotros rompiendo nuestro trance:

—¡Alma, ven aquí! Deja de molestar al señor, nos vamos —se escuchó con urgencia a una madre cargando bolsas y abrigos.

—¿Me presta su pluma? —solicitó estirando su brazo ur­gente hacia mí.

—Sí —contesté intrigado.

Y la muchacha dibujó una especie de garabato chiquito bien arriba casi saliéndose de la página, rápidamente cerró mi cua­derno haciendo un ruido plateado y seco al juntar con fuerza sus dos tapas azules verdosas.

Lo devolvió apresurada y sin más me dio la espalda corrien­do con sus rizos al viento y sus brazos abiertos, sosteniendo aún el vasito vacío y la cuchara blanca como un suvenir del que no podía desprenderse.

No hubo mirada de despedida, no era necesaria, ella enten­día que los finales no existen.

Años más tarde, supe, por esos extraños revoloteos del destino, que Alma se había topado con la cubierta de un libro mientras paseaba con sus amigas.

Contra la vidriera rebalsada de colores y símbolos de la li­brería más grande de la ciudad, descubrió una tapa azul verdo­sa que le recordó un mar que había visto antes. En el centro, el título: En un batir de alas.

Entró corriendo casi atropelladamente hasta el mostrador y compró el libro. «Una persona a la vez…», pensó.

Le preguntó a la vendedora quién había escrito el libro. ¿Era conocido?

—¿M…? ¡Claro que sí! Es un escritor maravilloso, ha ven­dido miles, millones de libros que se han traducido en el mun­do entero… Pobre, hubo una época en que parecía que había dejado de escribir, cuando falleció su hija en un accidente, cuando se refugió en un pequeño pueblo de playa, pero por suerte se ve que logró superarlo, por suerte para todos digo yo, bueno, por lo menos para los que amamos la poesía —explicó cálidamente la vendedora.

Alma sonrió ampliamente a la vendedora y dejó la librería con el libro apretado contra su pecho arrugando la blusa que tan prolijamente había planchado su madre.

Buscó una banca bajo un árbol que la cobijara en la plaza central, dio un respingo y un soplido que elevó su flequillo do­rado. Abrió el libro de aquel extraño conocido, pasó la primera hoja blanca y allí, en la dedicatoria, leyó:

Para mi hija Sofía

A quien amaré durante todo mi vuelo,

Y a mi pequeña amiga Alma,

Que me regaló sus alas.

Con lágrimas de emoción en sus ojos redondos y brillan­tes como dos platos de cerámica recién lavada, Alma, alzó la vista: En el esquinero superior derecho de la hoja, chiquititas, resaltando en tinta negra, allí, como ascendiendo, casi salién­dose de la página, un par de alas dibujadas.

Reconoció su dibujo, y entonces, La vio. Sintió como irrum­pió en ese instante enraizándose en sus entrañas, modificando su alma: la Belleza, comunicándole tanto amor como puede traducir la poesía.

 

Publicado la semana 1. 30/12/2019
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El Vals de Amélie,Yann Tiersen , El amor por el arte
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