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RosAmoR

Sumergida en un campo de minas

Déjame preguntarte – ¿Para cuando tú?

Llega un momento en el que la entrega total y absoluta para intentar que todos los demás se sientan bien, para intentar aligerar sus mochilas, si se convierte en una actitud permanente hacia fuera, es señal inequívoca de que algo va mal.

Acabas llenándote de esa sensación de que nunca es suficiente, que siempre puedes hacer más, que debes hacer más, debes estar más, entregar más y más… Y querida amiga, si no tienes vena de santa, un día la suma de esos más y más acaba explotándote en mil pedazos en lo más profundo de tu ser. 

Ese ser que se ha perdido entre los demás, ese ser que convirtió su misión de vida en su pérdida de vida, un día...¡Explota!

Pisa una mina, después otra y al final se ve sumergida en un campo de minas creado por ella misma, un campo del que si realmente es consciente, se hace responsable. 

Empieza a sentir que se acabó su tiempo de entrega sin límites, esa entrega en la que si es honesta con ella misma le servía de excusa perfecta para desentenderse de su esencia y que la hacía mirar hacía dentro solo en forma superficial, eso sí, creyendo desde un autoengaño brutal que siempre estaba mirando hacia dentro profundamente. 

Y en todo este proceso empezó a descubrir que esa profundidad era una trampa más de su mente para no ir al fondo más oscuro y tenebroso, ese que tantas veces había conocido durante su infancia y adolescencia, y que en la edad adulta había aprendido a ir tapando, sin realmente taparlo, pues ella siempre supo que tendría que haber más, mucho más que pudiera hacer con su existencia, o al menos que le hubiera gustado.

Era una carga demasiado grande estar sometida a “querer es poder” y más tratándose de una ayuda sin límite a los demás. Era como estar encadenada a unas creencias que la limitaban la libertad y la metían en una espiral de culpabilidad hasta límites insospechados cuando no hacía "lo que tocaba".

Y ahí estaba de nuevo, debatiéndose en duelo con ella misma, entre esa parte salvadora del mundo y esa parte individualista que llevaba tiempo proclamando salir a gritos y a la que silenciaba continuamente en nombre de todos los “debería” impuestos por una vida marcada, por una sociedad que juzga, pero lo más importante, debería impuestos por esa parte de ella misma que seguía siendo una niña buena, obediente, compasiva... Eso sí, con los demás.

Esa parte en la que si se daba importancia alguna, al momento tenía una vocecita diciendo que eso no estaba bien, que no podía ser egoísta, que tenía que seguir el camino que siempre pensó que  era el suyo y que hasta ese momento no se había dado el permiso de dudarlo, de cuestionarlo, incluso de negarlo.


Ahí estaba con sus luces y sus sombras pero más segura que nunca de que ese nuevo camino era el más auténtico que había podido recorrer hasta ahora. Aún sin saber que le deparaba, pero sintiendo un soplo de libertad, que sin duda, a estas alturas de su vida, ya sabía que la sacaría de un lugar conocido para trasladarla a la incertidumbre que provoca lo nuevo, lo inexplorado y tal vez lo no políticamente correcto. 

Publicado la semana 2. 12/03/2020
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