09
Ray Bolton

Ojos en el bosque

Cero barritas.

¿Quién me mandó a buscar señal a estas horas de la noche?

Abro la tranquera, prendo la linterna y camino en busca de conexión con el mundo real.

La linterna alumbra hasta tres metros por delante de mí. Aun así, camino de forma precavida ya que no quiero pisar excremento de vaca con mis zapatillas nuevas.

Levanto la mirada y veo la luna brillante en el cielo. No se oye un alma, excepto a una puma en celo rugiendo a un par de kilómetros. No sé si prefiero cruzarme a un puma salvaje o a un cazador ambicioso, en la noche ambos serán igual de agresivos.

Miro el celular, cero barritas.

Me falta avanzar unos kilómetros más para llegar al bosque donde me dijeron que se consigue señal.

Un paisaje cambia del día a la noche. El campo y el bosque son acogedores bajo la luz del sol y desoladores bajo la de la luna. Por lo menos me acompañan las estrellas.

Levanto la linterna y miro alrededor, veo varios pares de ojos brillantes. Afino la mirada y noto las siluetas de vacas y burros. Me tranquiliza reconocerlos.

Una barrita.

Me emociono, podré comunicarme con mi familia. Me acerco a paso rápido a unas rocas para pararme en ellas.

Dos barritas.

Trato de hacer la llamada, el celular cuelga automáticamente por la escasa señal pero insisto.

Tres barritas, y nada.

Decido continuar mi camino hacia el bosque donde me sugirieron ir.

Veo por el rabillo del ojo más ojos brillantes observándome y comienzo a impacientarme. Quién sabe qué se esconde en la oscuridad. Una puede ser la persona menos supersticiosa del mundo hasta que se encuentra sola en la noche, en medio del campo.

El silencio es tal que puedo escuchar mi respiración comenzando a agitarse. Trato de esquivar las ramitas del suelo para no generar ruido al pisarlas. Dejo la linterna enfocada hacia adelante, prefiero ignorar que estoy acompañada.

Una barrita.

Me adentro en el bosque de altos árboles. Subo el cierre de mi campera hasta el tope porque la inquietud me da más frío. Acelero el paso al tiempo que apunto con la linterna a los grupos de ojos brillantes que observan mis movimientos.

Tres, cuatro barritas.

Me paro junto a un árbol, son las 23:59 horas. Trato de llamar nuevamente. Logro hacerlo pero nadie atiende. No puedo creer que en el momento más necesario mi familia no levanta el teléfono. Me da el contestador así que inicio otra llamada. Son las doce de la noche.

Vuelvo a escuchar los rugidos de la puma en celo, mucho más lejana ya, pero clara e identificable de igual manera. Me da un escalofrío.

Apago la linterna porque no resisto ver los ojos que me observan. Sin embargo, no logro dejar de ver sus siluetas en la oscuridad. Ya no reconozco a qué animal pertenece cada una.

Me impaciento al escuchar por quinta vez el contestador y siento la necesidad de regresar rápidamente. Los ojos me presionan.

Prendo la linterna y empiezo a volver sobre mis pasos, abandonando mi cometido. A pesar de no oír nada, me encuentro tan sugestionada que imagino ruidos provenientes de esa multitud de ojos brillantes que no deja de observarme.

Ya no es casual, donde sea que alumbre con la linterna están, impasibles.

La mente me empieza a ir a mil por hora, imaginando todas las formas en que mi regreso sería impedido, torturándome mientras observo sin parar esos ojos.

Se me hace imposible continuar mi camino, no aguanto las miradas y la incertidumbre, no resisto esperar hasta que me hagan algo.

Me abrazo a un árbol y trato de treparlo en mi desesperación, arrancándome varias uñas en el intento.

Regreso al suelo para agarrar tierra y excremento, untándomelos por la cara y la ropa con tal de camuflarme y huir de los ojos.

Esquizofrénica ya, apunto con las dos manos la linterna, cual pistola, hacia la multitud de puntos brillantes que me rodea. Como defensa, logro emitir un grito débil conformado por vocales entremezcladas.

Miro hacia las estrellas deseando que bajen a ayudarme.

Me arrojo al suelo de costado y me hago un bollito, comienzo a mover las patas como una cucaracha en mi locura, esperando rechazar a cualquier cosa que intente atacarme.

Me saco las zapatillas nuevas y las arrojo a la oscuridad, a ver si le doy a algo.

Temblando, trato de cavar un pozo con mis uñas sangrantes y arrojo excremento a lo lejos, queriendo darle a un objetivo invisible.

Cinco barritas.

Me llega un llamado de mi familia.

El corazón me retumba tan fuerte que me duele el pecho y me aturdo. No atiendo y entierro el teléfono en el pequeño pozo que hice, no vaya a ser que lo vean.

Apago la linterna y me golpeo la cabeza con ella un par de veces, nadie vendrá por mí.

Antes de arrancarme los ojos miro la luna, el único punto brillante que me tranquiliza en la oscuridad.

Publicado la semana 9. 24/02/2020
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