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Ray Bolton

Vamos pa' la playa, pa' curarte el alma

Nunca se animaba a salir de la sombra. Le gustaba llegar ultra protegido, con diez kilos de protector encima. Que las sandalias le cubrieran todo el pie, hasta el tobillo. Jamás se sacaba la remera, y usaba las mallas más viejas que tenía, las cuales le llegaban por debajo de las rodillas. En la playa, abrió la sombrilla y se quedó debajo, sentado en su reposera.

 

El mar estaba calmo, lo observó mientras se quedaba lentamente dormido. Sin embargo, al cabo de unos minutos se despertó sobresaltado: se le estaba volando la sombrilla. Corrió hasta que la alcanzó, no sin antes tropezar y hacerse un corte en la pierna con unos caracoles puntiagudos que estaban escondidos entre la arena. Acto seguido, se levantó y corrió a limpiarse la herida en el mar, sombrilla en mano. Minutos más tarde, volvió a sentarse en su reposera, agotado.

 

Como el agua había empezado a llegar hasta su pies, plantó su sombrilla en otro lugar, más lejos del mar. En ese rinconcito escaseaba la gente, a pesar de ser una de las playas más visitadas de la zona. Eso le dio tranquilidad y paz mental, pero pronto se dio cuenta de por qué no había nadie en ese lugar: al lado tenía un tacho rebalsado de basura. 

 

Se llevó puesto el tacho y se volvió a caer, ya que no tenía anteojos de sol y la luz del mediodía estaba dañando su vista. Tirado sobre la arena caliente, boca arriba, con los brazos extendidos, decidió resignarse y dormirse. El día no podía empeorar, pero pronto aparecieron unos niños corriendo, que lo llenaron de arena. Se sentía una milanesa miserable.

 

Decidió volver a su casa, darse un baño y regresar a la playa con bolsas de consorcio para recoger todas esas porquerías. Cuando volvió, se dio cuenta de que había subestimado a los turistas, ya que el basural había crecido el doble y para recogerlo iba a necesitar más bolsas de las que había traído. Odiando a la gente, harto de la arena, el mar, de estar en la playa y sintiéndose revolucionario, dejó al lado de cada persona montoncitos de basura. 

 

- VENDO, VENDOOO. DIRECTO DEL TACHO DE BASURA, BOTELLA DE AGUA, PAPEL, BANANA, UN MATE SIN BOMBILLA, LO QUE QUIERA. VENDO, VENDO, A PRECIO ACCESIBLEEE - gritaba melódicamente mientras sorteaba a las personas que lo miraban extrañadas. Ya no le importaba nada, estaba de vacaciones y jamás volvería a ese lugar. Una señora se le acercó y le preguntó por un precio.

 

Enseguida le respondió que vendía obras de arte. Incrédulo ante el interés de esa persona, evaluó un precio que, si la señora accedía a pagar, invertiría en limpiar toda la playa. Le propuso que le pagara $100.000.

 

- ¡No hay forma de que pague eso! ¿Por quién me toma usted? - dijo la señora, escandalizada, y se fue antes de que pudiera convencerla de que se trataba realmente de una obra de arte. Con ella perdió a su primer y único cliente, por lo que decidió abandonar el negocio. La herida en su pierna comenzó a arder, por lo que corrió nuevamente al mar. En la orilla, vio a un pequeño pez que había quedado fuera del agua. Se sintió tan conectado con el animal, que decidió rescatarlo, por lo que lo recogió, se sumergió y comenzó a nadar mar adentro. Abrió los ojos bajo el agua y se dio cuenta de que era más feliz ahí abajo. 

 

Murió ahogado. El pez se fue nadando.

 

< Con la colaboración de Sofi Col >

Publicado la semana 40. 04/10/2020
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