34
Ray Bolton

Visión en la ceguera

Las palomas aletean sobre mi cabeza y escucho que aterrizan cerca mío. No entiendo por qué son masivamente repudiadas, me parecen animales muy simpáticos. Definitivamente la gente prefiere que la ciudad esté menos llena de vida, es una lástima. Me apoyo en el respaldo y agudizo aun más los sentidos para asociar los distintos sonidos que perciben mis oídos con sus respectivos orígenes. Lo siguiente que me llega es la risa, claramente de un niño. Lo imagino corriendo libremente por el parque, tal vez detrás de algo que captó su atención. Una mariposa. Sin dudas, yo también correría detrás de una mariposa. Tal vez el insecto guíe al niño a un lugar recóndito, a un tesoro escondido en el parque, a un mundo de mariposas al cual sólo pueden acceder quienes se atrevan a ver más allá. Envidio a ese niño y agradezco que sus padres le permitan esa libertad. A continuación, oigo unas pisadas muy cercanas, por lo que asumo que alguien está pasando por delante mío, siguiendo el sendero de piedra que atraviesa el parque. Creo que se puede diferenciar a las personas de una forma muy simple, clasificando según quienes optan por seguir el sendero y quienes deciden caminar por el césped. Las conclusiones sobre qué significa cada variable a nivel psicológico quedarán en manos de quien lleve a cabo el experimento, yo sólo lo ideé. Me acomodo mejor en el banco para poder recostarme y recibir la luz del sol directamente sobre mi rostro. Al cabo de unos minutos siento el calor entrando por cada uno de mis poros, tostando mi piel. Uno de los placeres de la vida. Es inconcebible que haya personas que prefieran los días nublados o lluviosos. No sé hace cuánto tiempo estoy reflexionando sobre los múltiples beneficios de tomar sol, pero comienza a levantarse un poco el viento, lo cual también disfruto muchísimo. Imagino mi cuerpo despegándose del banco, primero un metro, luego dos, para luego seguir subiendo y sobrevolar la ciudad hasta llegar al campo. Tardo unos minutos en darme cuenta de que estoy sonriendo. ¿Quién dice que la soledad debe ser triste? Mis pensamientos son interrumpidos por un perro que ladra asiduamente y con desesperación, así que comienzo a imaginar su historia. Creo que este perro, integrante de la familia del niño de las mariposas, es el único que ha percibido su ausencia, por lo que está alertando al resto del grupo, sin resultado alguno. La gente es muy particular en cuanto a los animales de compañía. O los humanizan demasiado o les niegan su existencia y necesidades. No hay un intermedio en el que el humano sea humano y esté acompañado por un perro que sea perro. Escucho cómo se mueven con el viento las hojas de un árbol cercano, y pronto me llega el olor de sus frutos, lo que a su vez me abre el apetito. Siento una fuerte tentación de trepar dicho árbol y llenar una canasta de frutos para darme un festín más tarde. Cayendo un poco en la frase cliché de encontrar la felicidad en las pequeñas cosas, realmente considero que tiene su cuota de verdad. Escucho fuertes pisadas que se acercan rápidamente y pasan por delante mío, justo sobre un charco que me salpica con su contenido. Me río un poco, imagino mis ropas cubiertas con una excesiva cantidad de barro, convirtiéndome en el monstruo del parque que deambula por las noches. Efectivamente, al cabo de unos minutos comienzo a oler la humedad que sale de mis prendas, pero no me quejo ya que es un aroma agradable y hace bastante calor, de modo que me vino bien refrescarme. Mis preciados olores a humedad y frutos son consumidos por el cigarrillo que fuma alguna persona lo suficientemente cerca mío como para que lo huela. Me tapo la nariz por unos minutos hasta que dejo de percibirlo, y durante ese escaso tiempo sigo haciendo uso de mi imaginación. Una vez vi un cortometraje en el que todos los cigarrillos que fumó un hombre se unían para formar uno gigante, el cual perseguía a su consumidor para atormentarlo. Me imagino a toda la comunidad de animales e insectos ocultos del parque reuniéndose para planificar cómo echar a esta persona que invade su hábitat con olores indeseados. Oigo a lo lejos un auto que suena como si estuviese a punto de averiarse pero es usado como auto de carreras. Abro los ojos con dificultad, ya que me pesan los párpados tras haberlos tenido cerrados durante un buen rato. De pronto, ya no puedo focalizarme en un detalle en particular, sino que me abruman cientos de cuerpos, voces, luces y colores, obligando a mis cinco sentidos a estar atentos al mismo tiempo. Enseguida comienzo a extrañar el silencio de tener los ojos apagados, las tonalidades de mi imaginación y los sonidos que mis oídos fueron capaces de captar. Extraño los niveles de detallismo y claridad mental que alcancé al permitirme ignorar la contaminación visual. Levanto la vista y observo un edificio gigantesco frente a la entrada del parque. Deseo imaginarme volando allí arriba, pero me es difícil visualizarlo. No importa. Mañana volveré a cerrar los ojos.

Publicado la semana 34. 18/08/2020
Etiquetas
Compartir Facebook Twitter
Género
Relato
Año
I
Semana
34
Ranking
0 73 0