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Ray Bolton

Baño existencialista

Había tocado fondo. Nunca fui bueno para las conversaciones casuales, ni tampoco sentí nunca una inclinación o interés por tenerlas. Se imaginarán que, a pesar de mis complejas circunstancias, tuve que soportar incontables veces situaciones sociales de esa índole. Con los años fui mejorando mi capacidad de sostener una conversación simple y superficial, pero nunca sin tener que hacer esfuerzos sobrehumanos para contener mis sentimientos de asco e indignación frente a semejante pérdida de tiempo y neuronas. Toda mi vida sentí el peso de tener que cargar con la banalidad humana.

Sin embargo, nunca me había enfrentado a un evento más desafiante que este. Si creyera en la influencia de los astros sobre las personas, estaría seguro de que estarían alineados en ese mismo momento con el simple objetivo de que me arrancase todos los pelos de la cabeza en un arrebato de estrés, ansiedad y furia. Estas personas me habían generado una intensa necesidad de enterrarme metros bajo la tierra y dejar de existir. En consecuencia, decidí escapar al baño y ahogar mis penas y frustraciones allí, en lugar de cometer algún acto desmedido que mereciera mi arrepentimiento. Agarré mi ejemplar de La insoportable levedad del ser, el cual llevaba siempre en mi maletín y debía haber leído unas diez veces.

Desde la primera vez en que había leído ese libro, sentí una conexión muy particular con su autor, por lo que, al cabo de unos meses, ya me había hecho con la producción literaria completa de Milan Kundera. Sin embargo, aquella historia siempre había sido receptora y propulsora de mis mayores inquietudes existenciales. Una vez ingresé en el baño, las puertas se cerraron detrás mío, absorbiéndome y separándome de las personas que tan ajenas me resultaban. Ignoré los grandes espejos que adornaban los lavabos y me interné rápidamente en uno de los compartimientos, trabando la puerta para que nadie me interrumpiera. Agarré un trozo de papel higiénico y bajé la tapa del inodoro, para sentarme encima y disfrutar del libro cuyo contenido tantas veces había desmenuzado.

"La idea del eterno retorno es misteriosa y con ella Nietzsche dejó perplejos a los demás filósofos: ¡pensar que alguna vez haya de repetirse todo tal como lo hemos vivido ya, y que incluso esa repetición haya de repetirse hasta el infinito! ¿Qué quiere decir ese mito demencial?". Con sólo leer estas primeras líneas bastó para que me ensimismara en mis pensamientos y dedicase una vez más la totalidad de mi concentración a aquellas sugestivas palabras. Con agrado, continué la lectura de ese primer capítulo tan particular y retorcido, viajando por las intrincadas mentes de pensadores históricos que se debaten temas demasiado complejos para el alcance y comprensión de la mayoría de personas que llegué a conocer en mi vida.

Comencé a vivir las palabras que leía, hasta que apareció esa contraposición de ideas, ese juego de opuestos, esa luz y sombra que tanto me carcomen la cabeza, y que mi admiradísimo Kundera decidió presentar como el peso y la levedad. El eterno retorno de Nietzsche podría ser interpretado entonces como una condena, ya que la repetición de los hechos es, en esencia, una carga pesada. Sin embargo, ante esta supuesta condena, se presenta una tentadora alternativa, la levedad. Estaba tan atrapado en mis pensamientos que no oí la primera vez que habló aquella voz, pero sí la percibí claramente en la segunda.

- "¿Pero es de verdad terrible el peso y maravillosa la levedad?" - dijo la voz sugerentemente, citando las palabras que estaba por leer.

- ¡¿Quién anda ahí?! ¿Cómo sabe que estoy acá, leyendo esto? - pregunté alarmado. Ante la falta de respuesta, resté importancia al asunto y continué con la minuciosa lectura.

Sin embargo, el intruso invisible continuó con su sorprendentemente atinada interrupción.

- "La contradicción entre el peso y la levedad es la más misteriosa y equívoca de todas las contradicciones".

- Ya está. - dije ofuscado, cerrando mi libro violentamente - Necesito, por favor, que me deje usted tranquilo, no sólo por estar en el baño, en mi intimidad, sino porque está usted citando el libro que tengo en mis manos y me parece, sinceramente, perturbador.

- Joven, no comprende usted que ha accedido al libro que tiene en sus manos gracias a mí. Además, me sorprende que trate de espantarme, considerando que vine amablemente tras haber sido convocado por usted mismo con su atenta lectura. Por cierto, le recomiendo fervientemente que lea las demás obras.

Me quedé perplejo, no supe qué responder. Me sentí insoportablemente pesado, al ser castigado con una conversación luego de haber escapado de las mismas, y al ser acosado por un extraño que parecía ver lo que leía a través de la puerta del compartimiento. Decidí seguirle el juego, con tal de que se fuera.

- ¿A qué se debe entonces que yo acceda a este libro? ¿Acaso usted me lo vendió? 

- Querido, me sorprende que usted lea mi propio libro y no me reconozca. No lo condeno, sin embargo, es comprensible. Ya no soy lo que era. Pero con el paso del tiempo, he descubierto muchas de las respuestas a los interrogantes que yo mismo he iniciado en ese escrito.

- A ver, discúlpeme, ¿acaso está insinuando que usted es Milan Kundera y yo lo he invocado de alguna forma a este baño? - pregunté, aguantándome la risa por la ridiculez de mis palabras, pero sinceramente intrigado.

- Exactamente. Quería agradecerle por ser uno de mis lectores actuales, asumo que ha notado usted la ligereza con la que se abarcan hoy en día los hechos históricos.

Tras oír aquellas palabras, comencé a sentir un cosquilleo en mis extremidades, una relajación general que se produjo en mi cuerpo y mente. Estaba completamente seguro de que aquel hombre era Milan Kundera, era incuestionable.

- Kundera, si se ha presentado usted en este baño es porque sabe el aprecio y apego que siento por sus libros, especialmente por el aquí presente. No puedo evitar preguntarle, "¿qué hemos de elegir? ¿El peso o la levedad?" - consulté, siguiendo las palabras del texto.

La voz al otro lado de la puerta se mantuvo en silencio durante unos segundos, y yo abrí nuevamente la página en la que me encontraba antes de cerrar el libro, para continuar con la lectura. En el momento en que mis ojos se posaron en uno de los párrafos, Kundera habló.

- La carga más pesada nos destroza, somos derribados por ella, nos aplasta contra la tierra... la carga más pesada es, a la vez, la imagen de la más intensa plenitud de la vida. Cuanto más pesada sea la carga, más a ras de tierra estará nuestra vida, más real y verdadera será. Por el contrario, la ausencia absoluta de carga hace que el hombre se vuelva más ligero que el aire, vuele hacia lo alto, se distancie de la tierra, de su ser terreno, que sea real sólo a medias y sus movimientos sean tan libres como insignificantes.

- Entonces, como ha descrito usted que planteó Parménides, la levedad sería positiva y el peso, negativo. ¿Es acaso la ligereza un estado al cual debemos aspirar, el cual debemos anhelar alcanzar? Si la levedad representa lo positivo, entonces la luz, lo sutil, el calor y el ser son bienes o cualidades, experiencias que alcanzaremos con dicho estado. ¿Es deber de quien toma consciencia de su carácter terrenal, liberarse del mismo? ¿Es posible lograrlo y seguir conservando la denominada humanidad? - tenía demasiadas preguntas, y sentía que por fin tenía una conversación digna de ser llevada a cabo, la cual me enriquecía de contenido.

- "Einmal ist keinmal" - sugirió mi admirado compañero invisible, y comprendí al buscar la frase en la página 16 de mi edición.

- "Si el hombre sólo puede vivir una vida es como si no viviera en absoluto" - leí en voz alta y, tras pronunciar estas palabras, sentí instantáneamente una intensificación de las cosquillas, que se extendieron por mi cuerpo, dejándome con una sensación de júbilo.

Necesitaba más, mucho más. Debía exprimir el potencial del escritor, conversar con él y perseguir aquella sensación de liviandad que me inundaba. Abrí, exaltado, la puerta del compartimiento, pero no había nadie del otro lado. Aquello me desconcertó, pero me sentía renovado, ya no ensimismado en mis pensamientos, y necesitaba continuar con la descarga de ideas. Acto seguido, salí del baño.

Me quedé observando la puerta del mismo hasta el final del evento, esperando ver salir a mi ocasional e inesperado compañero de debate, pero no vi en ningún momento a nadie salir del baño, ni tampoco entrar, lo cual me extrañó enormemente. Decidí que posiblemente había conversado con un loco cualquiera o un fanático mucho más extremista que yo, lo que me consoló un poco con respecto a mi incapacidad para entablar relaciones banales con terceros. Sin embargo, mentiría si dijera que no me retiré del baño más aliviado conmigo mismo. Me había sacado un peso de encima. Pasé el resto de la velada platicando alegremente con unas personas sentadas en la barra.

Publicado la semana 29. 20/07/2020
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Es el segundo texto en el que meto a Kundera, simplemente no puedo superarlo., Ojalá que Kundera nunca lea esto.
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