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Ray Bolton

Desafiando la lógica lineal

Ustedes me preguntaron y yo trataré de responder lo mejor que pueda. Sepan entender que ya no soy lo que era, mi habilidad para contar historias se fue oxidando con el transcurso del tiempo. Sin embargo, las memorias persisten y ahora, con esta oportunidad, luchan por salir a la luz y relucir. Sé que mi historia desafía las leyes de la lógica y la mismísima capacidad de comprensión, pero les sugiero que tengan la mente abierta. A veces la vida puede sorprender a las mentes más inquietas.

Mi niñez, considero, fue el momento cúlmine de mi vida en donde los posteriores acontecimientos que transitaría fueron definidos. Me creía un pequeño explorador, descubridor de nuevos mundos, por lo que pasaba días enteros caminando por los bosques y montañas cercanos al pueblo donde vivía. Era un joven particular: tenía una gran incapacidad para concentrarme, aún en lo que me interesaba. Me encontraba disperso en todo momento, mi mente vagaba por lugares inimaginados, mis pies pisaban sin sentir la tierra y mi cuerpo respondía a una inercia superior a mí mismo, que moldeaba mi vida mientras yo la vivía. Miraba sin ver, y si me lo hubiesen preguntado, hubiera respondido que yo no caminaba sino que flotaba sobre el suelo. Era un soñador serial, un poeta innato. Claro que son adjetivos autodenominados, ya que el resto de los habitantes del pueblo no estaban de acuerdo con esta visión sobre mi persona.

Esta historia data de mucho tiempo, quizá siglos, probablemente siglos... Pero me estoy adelantando. Volviendo a mi niñez, que tan nostálgicamente recuerdo, hubo un día muy peculiar que sería clave para el resto de mi larga vida. Estaba caminando por el bosque, ensimismado en mis pensamientos, en mis mundos imaginarios, en el viento que removía mi pelo y me hacía pensar en épocas pasadas. De repente, algo me hizo bajar a tierra, cosa que raramente ocurría: escuché un estruendo, un sonido tan fuerte y abrumador que tuve que cubrirme los oídos para no sentir que estallaban. Acto seguido, salté hacia un lado, justo para evitar que uno de los gigantescos pinos del bosque me aplastara. ¡Se había caído! ¿Cómo podía ser? Mi bosque estaba tan sano... Cuando el pino cayó, dejó un gran hueco en el medio del bosque, permitiendo que viera lo que había causado la tragedia. Horrorizado y sorprendido a la vez, observé un enorme aparato de tonos grisáceos, que se encontraba sobre ruedas muy distintas a las que sostenían a los carruajes en mi pueblo. Del monstruoso aparato se desprendía una especie de brazo rígido con una terminación extraña, eso debía ser lo que partió el árbol. Me espanté más aún cuando vi que, dentro del aparato, se encontraba sentado un hombre, manejándolo. ¿Quién era esta persona? ¿Qué clase de artefacto estaba manejando? Parecía salido de otro mundo, jamás había visto una tecnología tan avanzada, más allá de lo que había leído en libros, sobre barcos que resistían tormentas bestiales. Corrí hacia el hombre dentro del artefacto, y observé su extraña vestimenta. Realmente parecía salido de otro mundo.

-¡Señor, espere! ¿Quién es usted? ¿Por qué ha derribado el pino? ¿Qué es este artefacto y dónde lo ha conseguido?

-¡Pequeño, no lo había visto! Me dijeron que la ciudad más cercana estaba a unos cuantos kilómetros, por lo que era un bosque seguro para talar. Parece que no es así. Yo vengo de una ciudad que está a varias horas de viaje, estamos creando un proyecto de expansión de nuestra frontera agrícola, empezando por este bosque de pinos. ¿La máquina? ¡Es una taladora de árboles! ¿Cómo tiraría abajo el pino, sino?

No podía creer lo que escuchaba y, al mismo tiempo, había entendido sólo la mitad de sus palabras. ¿Taladora? ¿Ciudad? ¿Frontera agrícola? Mi nivel de espanto ante lo desconocido creció exponencialmente, por lo que salí corriendo en dirección a mi pueblo, para contar lo sucedido a los dueños de la parroquia. Sin embargo, el paisaje que encontré no fue lo que esperaba en absoluto: el pueblo no estaba, sólo había un campo abierto con hileras homogéneas de cosechas, era algo que jamás había visto. Tardé unos minutos en reaccionar ante la desaparición de mi hogar, ya que estaba demasiado sorprendido ante la gran y envidiable cosecha, la cual serviría para alimentar a mi pueblo entero durante meses. Cuando logré concentrarme en el presente, me sentí desvanecer, y tuve que parpadear repetidas veces. ¡El pueblo no estaba! ¿Sería alguna extraña maldición que convirtió a los habitantes en semillas de la cosecha? ¿Sería mi culpa por haber interactuado con aquel extraño hombre y su aparato infernal? Pasé las siguientes horas recorriendo el valle donde se encontró siempre mi pueblo, intentando dilucidar una forma de revertir la maldición que yo mismo había ocasionado. De pronto, cayó la noche, y comprendí que estaba perdido. No reconocía el terreno en el que había crecido. La luna iluminaba mi camino, y comencé a abrirme paso entre los matorrales que cada vez eran más altos. Con las dos manos separé un arbusto para pasar por el medio, y lo que vi frente a mí casi provocó que me desmayara.

Bajo la intensa luz de la luna, a una distancia considerable de la colina en la que me encontraba, vi miles, millones de pequeñas luces blancas, unas al lado de las otras, distribuidas hasta el horizonte. Se escuchaba un sinfín de voces humanas. Eran indistinguibles las palabras que pronunciaban, pero me hicieron comprender algo: me encontraba ante un pueblo de extensión inmensa y del cual no había oído nunca, pero parecía de la realeza. Al pasar el tiempo, comencé a acostumbrarme a la vista nocturna y fui visualizando formas oscuras, muy altas, que se levantaban desde el pueblo hasta el cielo. Las luces y las voces también salían de allí. ¿Serían pasajes del cielo a la tierra? ¿Viviría allí la gente? Tenía demasiadas preguntas y mi imaginación volaba cada vez más rápido, ya había olvidado la desaparición de mi pueblo. De pronto, se me hizo insoportable la dispersión, me sentía completamente desconectado de todo lo que me rodeaba y de lo que estaba ocurriendo. Dejé de reconocer el suelo bajo mis pies, la luna sobre mi cabeza, y ni siquiera reconocí mi propia mano cuando la sostuve por delante de mis ojos. Yo ya no era yo, era la historia. Bajé la mano para observar, con una mezcla de paz y asombro, cómo el gran poblado extraño que estaba delante mío desaparecía a toda velocidad y era reemplazado por un campo de cosechas, no como el que estaba ahora donde siempre se encontró mi pueblo, sino mucho más extenso y variado, se veían cultivos de todo tipo, y aparatos como el que manejaba aquel hombre en el bosque, distribuidos por todo el campo. Divisé incluso artefactos que zurcaban el cielo, arrojando sustancias extrañas que se percibían de lejos como el humo de una fogata. Estaba viendo un espectáculo mágico e inexplicable. Aquel campo desapareció tan rápido como el poblado y dio lugar a un castillo de dimensiones desproporcionadas, construido con piedra más antigua que la que formaba las casas de mi pueblo. En este punto, me encontraba completamente ensimismado en lo que veía, no sorprendido ni asustado, sino tranquilo, ya que parecían las visiones que tenía cada vez que imaginaba mundos distintos. Esta vez, vinieron a buscarme y no fui yo a ellos. En algún momento, me desmayé, porque lo siguiente que recuerdo es haberme despertado en aquella colina, ya de día, y ver delante mío el valle de bosques y montañas al que estaba acostumbrado. Volví sobre mis pasos, casi volando, para descubrir que mi pueblo se encontraba en el mismo lugar de siempre. Suspiré. Sólo había sido una de las muchas experiencias a las que me sometía mi imaginación cada día de mi vida.

Pero no fue así. Viví el resto de mi vida de la misma forma, correteando todos los días por el bosque, explorando e imaginando, desconectado del mundo, hasta que crecí, envejecí. Los habitantes del pueblo fueron muriendo, primero de a poco, y luego una peste arrasó con todos los restantes, pero no conmigo. Esperé durante mucho tiempo la muerte, mientras seguía, ya no correteando, pero aún así imparable, mi camino como descubridor de mundos. En cierto momento comprendí que era incapaz de morir, tal era mi desconexión con respecto a la vida. Pasaron años, en los que trataba de memorizar todo lo que ocurría delante de mis ojos, hasta que, poco a poco, entre largos, larguísimos períodos de tiempo, fui reconociendo los distintos acontecimientos extraños que había visto aquel día en mi niñez: el lugar donde hace tanto tiempo se encontraba mi pueblo fue reemplazado por una gran cosecha, el extenso valle que observaba desde la colina fue hogar de ese extensísimo poblado de luces y voces infinitas, que, tras mucho tiempo, comprendí que era una ciudad. Por último, mi amado bosque de pinos fue invadido por cientos de aparatos, las llamadas taladoras, y fue reemplazado por un campo artificial. Lo único que persistía era yo, incapaz de morir, incapaz de conectarme con lo que vivía.

Jamás tuve noción del tiempo, ya que en mi época no lo contábamos, es algo que aprendí a hacer hace no mucho, por lo que soy incapaz de realizar un cálculo exacto de hace cuánto estoy vivo. Lo único que puedo asegurar es que el pueblo en que viví desapareció hace siglos, y que sigo aquí. No he contado a nadie más mi historia, puesto que, en este mundo actual dominado por la ciencia, me llamarían viejo loco y se reirían de mí por asegurar que en mi niñez vi pasar ante mí todo el pasado y porvenir de la humanidad. Yo sólo puedo decirles esto: de niño nunca conocí el tiempo, y nunca conocí la exactitud. Nunca conocí los pies sobre la tierra ni algo más que la imaginación. Tal vez sea una condena, tal vez una bendición, pero fue la fuerza que me mantuvo vivo hasta el día de hoy.

Ustedes lo preguntaron y yo he respondido. He olvidado mi edad hace mucho tiempo. Es por eso que no festejo mi cumpleaños.

Publicado la semana 24. 14/06/2020
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