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Ray Bolton

Esos sueños que una tiene cuando apaga el despertador y sigue durmiendo

Bajé a la playa con mamá y papá. Estábamos entusiasmados, eran nuestras merecidas vacaciones. Para llegar, tuvimos que atravesar una pequeña selva y entrar en una casa de ventanales de vidrio, que permitían observar la vegetación externa. Cruzamos la casa y salimos por la puerta trasera. Ésta nos dirigió a la bajada del acantilado por el cual se accedía a la playa. No me pregunté por qué era un camino tan elaborado, sólo me importaba llegar a destino de una vez. 

Bajamos por el acantilado y, una vez pisé la arena, dejé las ojotas bajo una roca y corrí al mar. Mamá y yo nos metimos instantáneamente, papá se quedó un poco más atrás. No recuerdo a qué temperatura estaba el agua, pero sí cuánto estaba disfrutando. El agua era totalmente transparente, podía ver mis propios pies. Pronto descubrí que no era todo tan perfecto: a medida que nos fuimos adentrando en el mar, pudimos ver botellas de alcohol flotando por todas partes, latas de cerveza enterradas en la profundidad, entre otras tantas porquerías que no me animé a investigar. Salimos corriendo del agua, asqueadas por la contaminación e indignadas con los turistas que descartan su basura sin escrúpulos.

Decidimos irnos de la playa, por lo que subimos el acantilado y regresamos a la casa que funcionaba como "sendero", para luego emerger de la selva. De pronto, me di cuenta de que estaba descalza, ¡me había olvidado las ojotas en la playa! Les dije a mamá y papá que siguieran su camino, mientras yo iba a recuperarlas. Acto seguido, volví sobre mis pasos a través de aquella espesa vegetación. Una vez llegué a la casa, entré y vi a un grupo de gente en uno de sus rincones, no me había percatado de que estaban antes. Parecían conformar un grupo de lectura. Escuché por unos segundos las palabras que intercambiaban, para luego continuar mi camino. Sin embargo, no pude hacerlo. En una fracción de segundo, había mirado a través de uno de los ventanales, justo para ver cómo un puma enorme rodeaba la casa para luego volver a perderse entre los arbustos. Me quedé perpleja, ¡¿un puma en el medio de la selva y al lado de una playa?! Comencé a pensar que lo había imaginado, pero sólo pasaron unos segundos antes de que aparecieran no uno, sino dos pumas. Los animales se quedaron observándome a través del fino vidrio que nos separaba, eran gigantescos y de pelaje muy oscuro, con unos brillantes ojos amarillos. Parecían incluso de otra especie, pero mis conocimientos sobre felinos no solían fallar. Rápidamente, me olvidé de mis ojotas perdidas en la playa.

Los pumas se mostraban inquietos, rodeando la casa y frotándose contra los ventanales. Comencé a preocuparme, por lo que me dirigí al grupo de lectura que estaba en el rincón, y les consulté sobre lo que estaba pasando. "¿Es para alarmarse?", pregunté, en mi ignorancia. Sin embargo, su respuesta no fue tranquilizadora: nunca habían visto pumas en la selva. Me lo dijeron con una calma tan profunda que mi impaciencia creció exponencialmente. No me creían. Estaba por repetir mi pregunta de forma airada cuando, de pronto, vi a través los ventanales cómo emergían de la vegetación varios leones. Machos y hembras, juveniles y adultos, pardos y enormes como los pumas. Ambas especies se unieron en su patrulla terrorífica, zumbando alrededor de la casa. Me empecé a percibir presa y a ellos cazadores. No me gustaba nada, así que corrí hacia mis compañeros de encierro y les grité, exigiendo que salieran de su ensimismamiento y tomaran consciencia de lo que estaba ocurriendo.

Apenas levantaron la vista y observaron el desfile de fieras que se estaba llevando a cabo al otro lado del vidrio y tan sólo a dos metros suyo, entraron en pánico. La casa pasó a ser un caos en dos segundos. Todos gritaban, los libros que estaban siendo leídos fueron pisoteados múltiples veces. En medio del desastre, una mujer recordó que la casa podía transportarse. Para mi sorpresa, vi cómo corrió hacia la mesa principal y tocó un botón que se encontraba debajo. De pronto, sentí que perdía la estabilidad y el suelo se movía: ¡la casa se estaba moviendo! Me pegué al vidrio para observar cómo la casa comenzaba a desplazarse a través del terreno, cual barco por el agua, de forma muy sutil. Fascinada, disfruté del espectáculo mientras la casa ascendía a través de la selva, subiendo por la montaña, hasta llegar a la cima. Sorprendentemente, la cumbre de la montaña era plana, ancha y conservaba la abundante vegetación, pero con predominancia de pastos. ¿Los pumas y leones no correspondían a este hábitat, en lugar de la selva? No dije nada, no quería dudar del plan de escape de mis compañeros de "casa rodante", pero tenía un mal presentimiento.

Mi intuición no tardó en demostrar que estaba en lo correcto: apenas la casa frenó y estacionó en medio del campo en la cima de la montaña, observamos con terror cómo el grupo de felinos corría hacia nosotros. Se habían quedado unos cien metros por detrás nuestro, se ve que el ascenso por la montaña los había retrasado, pero igualmente pudieron mantener el rastro. Estábamos acabados. ¿Cuánto tiempo más podrían aguantar los vidrios de la casa ante los empujones y golpes de semejantes animales? Mis compañeros y yo nos observamos unos cuantos segundos, luego nos tomamos de las manos, formando un círculo. Esperábamos pacientemente un milagro o ser comidos.

Como si hubiesen escuchado nuestras plegarias, a los pocos minutos escuchamos un tintineo. Al principio era lejano, casi inaudible, pero pronto se hizo más notorio, hasta que comenzaron a escucharse dos, tres, cientos de tintineos. Nos dimos vuelta para observar hacia el horizonte del que provenían y vimos cómo miles de ovejas, pastoreadas por dos perros, se acercaban rápidamente a la casa. Todos permanecimos absolutamente en silencio durante varios minutos, lo único que pasaba por nuestra cabeza era el tintineo cada vez más potente de las campanas que portaban las ovejas. Me giré y busqué a los felinos con la mirada: ya no estaban pegados al vidrio de la casa, sino que se habían resguardado en un pequeño bosquecillo que se encontraba a unos doscientos metros. Se ve que temían a la masa de ovejas. 

El sol estaba comenzando a ponerse, la luz del día se iba de a poco. Nos miramos entre todos y supimos que si no escapábamos, no sobreviviríamos la noche. Nos acercamos todos a la puerta trasera de la casa, la cual se encontraba opuesta al bosque en donde estaban nuestros cazadores. Esperamos a que la casa estuviese rodeada de ovejas y del sonido de sus campanas, abrimos la puerta, nos separamos en grupos de a dos y salimos disparados, corriendo a toda velocidad, sin rumbo alguno y sin mirar atrás.

Ya era totalmente de noche, mi compañero de fuga y yo corríamos sin parar por el medio de la selva, bajando la montaña, sin ver dónde pisábamos ni a dónde nos dirigíamos. Lo único que importaba era escapar de los animales. De pronto, él chocó contra la puerta de lo que parecía ser un edificio subterráneo, no dudó y entró. No tuve una mejor idea, así que lo seguí. El interior estaba descuidado y poco iluminado, el suelo de piedra estaba sucio y olía a humedad. Sin embargo, apenas dimos con las escaleras que llevaban a la planta baja y comenzamos a bajar, dimos con un salón sorprendentemente arreglado, con iluminación brillante, lleno de gente bien vestida que parecía estar en una conferencia. Efectivamente, comprobamos que era una exposición de geología muy importante, ya que nos encontrábamos rodeados de piezas de museo, rocas graníticas de todos los tamaños, carteles enormes con explicaciones de cada objeto presentado. Mi compañero pareció olvidar instantáneamente cómo habíamos llegado allí y no se cuestionó lo extraña que era la situación. También dejó de pensar en el resto del grupo, que, hasta donde sabíamos, seguía corriendo por la selva nocturna como lo estábamos haciendo nosotros antes de entrar en ese lugar. La exposición era muy llamativa y atrayente, pero si no continuábamos nuestro escape, tal vez nunca regresaríamos.

Me desperté de la nada, tardé unos cuantos minutos en darme cuenta de que había estado soñando. Sacudí la cabeza, me reí y me levanté de la cama. Una vez parada, me desperecé, abrí la puerta y me puse las ojotas para bajar.

Publicado la semana 22. 27/05/2020
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