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Ray Bolton

Ejercicio con Sofía a las 10 de la mañana

Estoy sola. Y tranquila. No me sorprende. Es condición para estar en paz a veces. No sé dónde estoy pero es un lugar ordinario, con escasa iluminación, cuyo único atractivo es aquella puerta solitaria llena de ornamentos que tengo enfrente. La oscuridad de la habitación se proyecta en la puerta y genera sombras alargadas a partir de sus relieves. Me acerco un poco, es lo único que me entretiene ahora mismo. A medida que la puerta se hace más visible, su tono dorado viejo se hace notar. Parece una puerta sacada de un palacio antiguo, llena de historias y de vida. Tiene más formas y relieves de los que puedo contar, me focalizo en un rectángulo vertical interior formado por pliegues. Acerco la mano y los toco. Trazo todo el recorrido de los pliegues con la mano, noto que la puerta no tiene nada de polvo, es placentero tocarla. A continuación, agarro el picaporte redondo, poco llamativo, y lo giro a la izquierda. La puerta se abre.

 

No esperaba encontrar una selva en la habitación contigua, pero me agrada la sorpresa. La habitación no es pequeña, pero tampoco grande. Es suficiente. Entro y noto que estoy descalza, porque siento la tierra bajo mis pies. Está caliente y eso me reconforta. Me acompaña y me sostiene. Muevo los dedos de los pies, agarrando esa tierra. Hay un gusano. Noto que la habitación está iluminada, es una luz tenue, que genera cierto tono azulado y potenciado por el verde de las plantas, como el que se genera una vez que el sol se oculta tras el atardecer, antes de que caiga la noche. No sé de dónde sale la luz que me permite ver, tampoco me lo pregunto mucho. Observo plantas donde sea que mire, heterogéneas. La humedad pesa pero no agobia, me siento cómoda. De repente, diviso una hamaca. No logro determinar si cuelga de una rama o de otra cosa. Me acerco y noto cómo me afloran las ganas de jugar. Dos cuerdas finas, viejas, con una pequeña tabla de plástico rojo sostenida por ambas. No dudo y me paro en la hamaca. Estoy en casa.

 

Habiendo encontrado mi lugar, parada sobre la hamaca y colgándome de ella, empiezo a pensar. No lo hago, pero tengo la certeza de que si busco y encuentro otra puerta en medio de este caos selvático que tanto me protege, me llevará al living de mi casa. O a la cocina, tal vez, donde va a estar mamá cocinando algo rico. Por ahí unas empanadas. Tal vez lo imagine, y en realidad no sea ahí donde vaya, si he de encontrar otra puerta. No me queda claro qué hago acá, ni de dónde vengo. Lo que me da seguridad ahora es que tengo mi hamaca, y tengo mi selva. Es mi lugar y no necesito otra cosa. Tal vez vine sola voluntariamente, tal vez internamente sabía que tras aquella puerta dorada iba a encontrar lo que necesitaba. Tal vez me vine a buscar a mí. Vine a recordar lo que es mío. Me pregunto si hay animales, no puedo ser la única habitante de esta pequeña selva. ¿Habrá algún pájaro, un mono, una mariposa? Recuerdo al pequeño gusano. Sé que las plantas me acompañan, pero no percibo ningún otro movimiento más allá del mío, ni sonido más allá del que produzco. Aún así, sé que no estoy sola. Tengo mi pequeño mundo, que se siente grande, porque es todo lo que necesito. Al menos por ahora. Si eso cambia, ya buscaré otra puerta.

Publicado la semana 21. 18/05/2020
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