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Ray Bolton

Breve fábula sobre la importancia de la higiene dental

Entró en el cuarto de baño y se encerró. Se había cansado de tanta cháchara, de los nenes gritando, de la multitud, así que se encerró.

Estaría horas en el baño hasta que terminara la fiesta y pudiera emerger. Había olvidado el teléfono, un libro o cualquier otro entretenimiento fuera.

- Ok, no pensé muy bien esto.

Se frustró y pronto comenzó a impacientarse, caminando de una pared a otra. Se dio cuenta de que si no bajaba en toda la fiesta, pasaría hambre y se perdería la torta. Era lo único interesante del evento.

Al cabo de lo que pareció una hora, alguien trató de entrar en el baño. Por suerte, había cerrado la puerta con llave. El intruso insistió, forcejeando la puerta.

- ¡Ocupado! Voy a estar un rato.

- ¿Paco? ¿Sos vos? Soy la tía Perla. Dejame pasar, dale.

- No, tía, estoy descompuesto y necesito estar tranquilo. Casi vomito recién.

- ¡Pero, querido! Así no se puede estar, y menos en una fiesta. Voy a buscar un medicamento y vuelvo.

- Tía, ya tomé uno, estoy esperando a que haga efecto. No te preocupes y volvé a la fiesta.

- Bueno, Paquito, pero ante cualquier cosa quiero que me llames. Nos vemos más tarde.

Una vez dejó de escuchar los pasos de la tía Perla, respiró normalmente de nuevo. ¡Qué gente pesada! Lo persiguen hasta el baño. No hay privacidad con esta familia.

- Usted miente muy bien…

¿Eh? ¿Y esa voz? ¿De dónde vino? Sonó adentro del cuarto. Se alarmó y trató de manotear la llave de su bolsillo para abrir la puerta, pero no estaba. Al no poder salir, se puso a inspeccionar el baño. Claramente, no había otra persona. Entonces, ¿de dónde había salido esa voz?

Corrió la cortina de la bañera, nada. Miró el lavabo, nada. Levantó la vista y se miró al espejo.

- ¡Eh! ¡Acá abajo!

Otra vez la voz, ya estaba entrando en desesperación. Miró nuevamente el lavabo, tenía encima una pasta dental y un vaso con un cepillo de dientes dentro.

- Si me permite, voy a dejar la formalidad de lado. Vos me necesitás.

De pronto, cayó en la cuenta: la voz venía del cepillo. No podía ser. Rápidamente, lo tomó, levantó la tapa del inodoro y amenazó con arrojarlo para ver si obtenía respuesta.

- ¡No, pará! ¡Te vas a arrepentir! Paco, yo puedo ayudarte.

Efectivamente, la voz salía del cepillo de dientes. Lo levantó a la altura de su vista y lo observó con detenimiento, no había nada en el cepillo que pudiera explicar de dónde salía esa voz. ¿Un micrófono microscópico? Pero, ¿quién lo iba a querer espiar?

- Si no querés que tire tu maquinita de espionaje, me vas a decir ya mismo quién sos y por qué estás espiándome.

- Paco, ¿no sabés quién soy? Si te acompañé todo este mes. Conozco cada una de tus piezas dentales, y las cuido más que a mi vida. Desde que nací, me fue encomendada la tarea de ser un buen cepillo y proteger los dientes de mi humano. Una vez me adoptaste, traté de cumplir con ello lo mejor que pude.

Estaba delirando, no había otra explicación. Le estaba hablando su CEPILLO DE DIENTES. No. No hay forma. Tal vez tenía fiebre y no se había dado cuenta. Tal vez no era tan mentira lo que le dijo a la tía Perla. Con el cepillo en una mano, se pasó agua por toda la cara. Volvió a mirarse al espejo y decidió tranquilizarse.

- Cepillo, ¿vos me estás diciendo que tenés vida propia y esperás que me lo crea? Por favor, decime quién sos de una vez, así dejo de pensar que algún familiar me puso algo en la bebida.

- Te dije, Paco, soy yo. Tu servidor dental. Tu íntimo amigo bucal. Tu guardián de caries. Estoy, ahora mismo, en un momento clave de mi existencia, ya que debo protegerte frente a un gran peligro. No encontré otra forma de prevenirte más que hablándote.

- No puedo creer que le voy a preguntar esto a un cepillo de dientes, pero, ¿de qué grave peligro hablás?

- Voy a ser breve, antes de que sea tarde. La fiesta recién comienza, por lo que estarán sirviendo comida salada durante varias horas. El problema llegará a la noche, cuando traigan la mesa dulce. Paco, yo protegí tus muelas todo este mes, pero temo por ellas, ya que conozco su historial. Voy a tener que pedirte que no comas la torta de cumpleaños. Puede terminar mal.

- Mirá, me cansé. No sé quién sos ni por qué decidiste tomarme el pelo justo a mí, pero voy a tirar el cepillo por el inodoro. No me molestes nunca más.

- ¡PACO, POR FAVOR, NO LO HAGAS! ¡ESTÁS COMETIENDO UN ERROR! TENÉS QUE CONFIAR EN MÍ. ¡TENÉS QUE PROTEGER TUS MUELAS DE LAS CARIES! DEJAME CUMPLIR CON MI TRABAJO.

- Caradura, pretendés que me crea que un cepillo de dientes, además de tener vida, va a saber que mi familia está festejando el cumpleaños de mi primo y que van a servir torta. Yo no sé cómo podés pensar que alguien va a creerse eso. Despedite del cepillo.

- ¡PACO, ESPERÁ! PUEDO PROBAR QUE TENGO VIDA PROPIA Y NO SOY UN IMPOSTOR. PONEME BAJO EL AGUA. SI TUVIERA UN MICRÓFONO DEJARÍA DE FUNCIONAR.

No podía creer que le estaba haciendo caso a un cepillo de dientes, pero abrió el grifo y dejó caer un chorro de agua fría sobre las cerdas. El objeto continuó hablando bajo el agua.

- Paco, digo la verdad. Soy yo, tu cepillo. Todo este mes viví con vos cada momento en el baño, generamos memorables recuerdos de limpieza juntos. Vi pasar cada uno de tus pijamas. Por favor, no tires por la borda todo esto. Dejame advertirte del peligro. Es probable que tu tía Perla vuelva con un pedazo de torta para vos, ignorando tu supuesto malestar estomacal.

- Pero… yo quiero torta. Es lo único que quiero de esta fiesta insoportable.

- Paco, tenés que cuidar tu dentadura. No desperdicies este momento. Tuve que usar todas mis fuerzas y poderes dentales para lograr comunicarme con vos. No sé si volverá a ocurrir. No desaproveches esta oportunidad. Protegé tus dientes… Paco…

El cepillo dejó de hablar. De pronto, lo extrañó. Fue el único entretenimiento que tuvo durante esas horas y el único que le había prestado atención en toda la fiesta. Dejó el cepillo en el vaso del lavabo y lo miró con complicidad.

En ese instante, escuchó pasos subiendo la escalera. Se acercaron a la puerta y tocaron.

- Paquito, querido, te traje una porción de torta de chocolate. Es una bomba, ¿ya te sentís mejor? Está muy rica, no te la pierdas. Mirá, te la dejo en el piso, al lado de la puerta.

Los pasos se alejaron y bajaron la escalera.

Encontró la llave en el piso, se ve que se le había caído, y pudo abrir la puerta. Divisó el plato y lo levantó, cerrando el baño nuevamente.

Olió el pedazo de chocolate y sintió hambre. Miró al cepillo de dientes, inmóvil en su lavabo, y se decidió. Levantó nuevamente la tapa del inodoro y arrojó la porción de torta dentro. A continuación, descargó.

No fuera a ser que traicionara a su único amigo de la fiesta.

Publicado la semana 11. 09/03/2020
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