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Ray Bolton

La sombra de Ciciupipiltin: venganza

Sabía que estaba desarrollando una obsesión. Y no solamente porque me lo dijera mi psicólogo. Aun así, decidí continuar con lo que había empezado.

Había ingresado a la carrera de administración de empresas por tradición familiar, y estaba por recibirme tras seis tediosos años de estudio. Sin embargo, en los últimos meses de cursada me encontraba sin rumbo, desamparado frente al inminente futuro laboral. No encontraba pasión alguna en la carrera que estaba por terminar.

Un día, caminando desganado por los pasillos de la facultad, divisé un cartel promocionando un curso optativo sobre demonología. Nunca fui creyente, pero me entusiasmó la idea de invertir mi tiempo en algo que no se relacionara en absoluto con mi vida estudiantil. De modo que me anoté en el curso y fui a la primera clase.

El profesor pidió que lo llamáramos Shuyt, dijo que pronto comprenderíamos su significado. Religión y mitología cristiana, musulmana, budista. Ángeles y demonios. Antiguos testamentos y documentos perdidos. Se abría ante mí un universo desconocido y excitante, poco a poco me fui adentrando profundamente en el contenido del curso, al punto de priorizarlo por sobre los horarios de mis clases de economía aplicada.

Decidí abandonar mis estudios. Mi familia y mi psicólogo trataron de convencerme a toda costa de que los retomara, pero ya era tarde. Necesitaba ir a mi curso de demonología. Incluso, comencé a frecuentar librerías alternativas para conseguir bibliografía sobre el tema y continuar mis investigaciones en casa. Memoricé nombres de demonios, el origen de cada uno, su relación con la religión. Con mis amigos frecuentábamos bares y sólo podía hablarles de lo aprendido en el curso. Comenzaron a llamarme obsesivo poco antes de que decidiera cortar relación con ellos.

Seis meses después de iniciar el curso, Shuyt avisó que nos acercábamos al final y debíamos realizar un trabajo integrador. Cuando nos contó en qué consistía, sentí mi corazón vibrar de emoción: debíamos probar una fórmula de invocación y lograr atraer un demonio a elección. A partir de ese momento me interné en casa, investigando sin descanso los distintos ritos de invocación y evaluando la dificultad de cada uno. Finalmente, decidí intentar invocar a Vodnik, un antiguo demonio acuático de la mitología eslava.

Tardé un mes y medio en conseguir todos los ingredientes necesarios para realizar el ritual.

Una vez hube colocado todos los ingredientes en el cuenco de hierro que me facilitó el profesor, hice una pequeña incisión en mi antebrazo y dejé caer dentro tres gotas densas de sangre. Mezclé todo lentamente, recitando con los ojos cerrados unas palabras de invocación en ruso antiguo.

Al cabo de una hora, la habitación se puso extremadamente calurosa y comencé a transpirar. Seguía mezclando los ingredientes y recitando, pero no resistí a entreabrir los ojos. De pronto, frente a mí, vi a un enorme dromedario, que mantenía la cabeza baja para no golpearla contra el techo de mi casa. A su lado, alcancé a ver una sombra oscura, casi imperceptible.

Fascinado y muerto de curiosidad, avancé hacia la criatura y comencé a hablarle.

- Oh, gran demonio Vodnik, he anhelado este momento durante meses. Gracias por atender mi llamado. Tengo tantas preguntas para hacerle. En primer lugar, ¿por qué asume la forma de un dromedario si es usted un demonio acuático? Además, no hay dromedarios en Rusia.

La criatura levantó su cuello y me miró fijamente antes de esbozar las siguientes palabras.

- Estúpido humano, ante usted me encuentro yo, Vual, Duque Infernal de lengua egipcia, y a mi lado se encuentra Ciciupipiltin, un antiguo demonio vampiro. ¿Osa usted llamarnos por el nombre de un patético demonio eslavo?

Quedé descolocado. ¿Vual? ¿¿Egipto?? ¿¿¿La sombra levitando a su lado era un segundo demonio??? Comencé a sentir el pánico crecer lentamente desde la boca de mi estómago. Había fallado en la fórmula del ritual, no podía creerlo. En la fracción de segundo que duró mi incredulidad, llegué a lamentarme por no haberme conformado con administración de empresas.

- Oh, admirable Vual del Antiguo Egipto, jamás osaría confundirlo con otra entidad.

- Torpe e insignificante humano, merece usted cien años de mordeduras de Ciciupipiltin por haber interrumpido nuestra existencia, pero le daré la libertad de elegir su castigo. Tiene dos opciones, o someterse a un siglo de la extracción de sangre más lenta y dolorosa que recibirá en su vida, o trabajar para nosotros captando humanos inútiles como usted para que los consuma Ciciupipiltin y me obedezcan como siervos.

No podía creerlo, no podía creerlo. ¿Cómo llegué a verme envuelto en esta situación? Hace un año estaba planeando recibirme y ahora estaba siendo esclavizado por dos demonios ancestrales. Decidí no arriesgarme más, y opté por la segunda opción.

- Pero, gran Vual, controlador de los poderosos Faraones, ¿cómo atraeré a las personas para que hagan semejante cosa?

- Es simple, ínfimo e insensato humano, deberá compartir su pasión por las criaturas infernales con otras personas, de modo que deseen contactarnos como ha hecho usted.

- Pero, ¿cómo lo logro? ¡Sólo soy un estudiante!

- Tiene usted veinte horas para definirlo, sino vendremos a buscarlo y Ciciupipiltin lo transformará en picadillo por un siglo, y luego me servirá a mí en el calor del Infierno.

Tras pronunciar con dureza estas palabras, se esfumaron. Esa noche no pude dormir, me la pasé devanándome los sesos y pensando cómo haría para atraer personas dispuestas, como yo lo estuve, a invocar demonios. ¡Sino me pasaría una eternidad siendo torturado y esclavizado por estas criaturas!

Ahí fue cuando se me ocurrió repentinamente: podría tomar el lugar del profesor Shuyt en el curso de demonología, para atraer estudiantes curiosos.

A primera hora de la mañana me dirigí a la facultad y busqué la oficina del profesor. Toqué la puerta, pero no contestó. En mi desesperación, entré igual en la oficina, justo para ver cómo se esfumaban los mismos demonios que habían estado la noche anterior en mi casa, y al profesor Shuyt siendo reducido a un simple montículo de polvo en el suelo. ¡Habían triturado a mi mentor! Estaba horrorizado. Pero no tenía tiempo para lamentarme, comprendí que yo debía presenciar ese momento exacto y tomar el mando del curso de demonología. Así lo hice. Asumí la identidad del profesor Shuyt y me dispuse a captar la atención de los pobres estudiantes aburridos durante meses.

 

Tiempo después descubrí que “shuyt” significa “sombra” en egipcio antiguo, y entendí que caí en la trampa. Conecté los puntos y entendí que mi profesor debía encontrarse en la misma situación que yo y, al conseguir que un alumno invocara a los demonios con éxito, fue físicamente reducido a cenizas y su alma captada para ser esclavizada. Lo mismo me ocurriría.

No teníamos elección alguna, ese era el verdadero castigo por habernos metido con ellos.

Al fin y al cabo, sólo éramos humanos engañados por su propio aburrimiento.

Publicado la semana 10. 03/03/2020
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