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Persefone

Sábado 9 de Diciembre

Puedo recordar ese día aun con una claridad extrema, cada decisión y cada paso grabados en mi mente como un tatuaje; un simple sábado 9 de diciembre que prometía ser un día ocupado.


Me guardare algunos detalles, no porque su mención me cause aun molestia -siendo sincera, nunca lo hizo; más bien una ironía burlona cuando lo recuerdo-, sino porque tantas pequeñas casualidades llenaron el suceso de un modo que no creo poder un día llegar a contarlas todas. Solo diré esto: esa mañana de un sábado ocupado, a meras 3 cuadras de mi casa, en un are escolar vacía, cruce la calle sin ningún obstáculo aparente -no música en audífonos ni celular en mano como acostumbraba- hasta que a solo unos pasos de diferencia mi mundo se volvió lento, un silencio frio me envolvió mientras volteaba a mi izquierda con apenas un vistazo a la camioneta roja que me hizo volar en seco y fracturo mi fémur izquierdo. El resto del día paso en una nube, una sensación de extraña tranquilidad no me permitió caer en cuenta de mi estado; no fue hasta que volví del hospital el lunes, por fin en la cama que había dejado destendida el sábado con la creencia que regresaría pronto a arreglar, cuando las penas me albergaron; un temor que no podía explicar me llevo al primer ataque de llanto desde el accidente, de pronto me encontré privada de mi movimiento, de mi libertad.

Pasaron algunas semanas y la recuperación fue lenta, los dolores y las miradas lastimosas se volvieron mi rutina, pero procure no mostrar mi molestia pues creía que esta seria corta. Pero bien dicen que las desgracias nunca vienen solas, solo fue hasta los primeros días de febrero cuando los dolores se volvieron mas intensos y tuve que visitar al médico. Las radiografías mostraban que la placa de metal que se suponía estaba curando mi fractura se había salido de su posición y tendrían que reacomodarla quirúrgicamente. En unos segundos todo el avance que creía ganado se borro y la cuenta comenzó de cero. En el viaje de regreso del hospital reino el silencio, mas al momento de entrar en silla a mi hogar rompí en llanto, sentía mi libertad alejarse de mí. Sobreviví mi segunda cirugía y una recuperación aun mas larga que la anterior, pero por fin me encontré caminando. Volví a la escuela, después de un semestre ausente y ser el tema de conversación de mi pequeña comunidad escolar, acepté las miradas extrañas y el tratamiento especial y la dolorosa terapia física con una sonrisa de victoria.

Este seria el momento donde la historia terminaría, pero la tercera es la vencida diría mi madre. Después de unos meses, 10 desde el accidente, regresaron los dolores. Mi pierna rechazó el material desde el principio y el avance de mi recuperación fue reiniciado por tercera vez. Una simple negligencia médica al utilizar un procedimiento poco útil en la actualidad me costó un año que nunca podré recuperar. Afortunadamente, con ayuda de un mejor procedimiento, estoy prácticamente recuperada en 2 años de una lesión que debió curarse en 6 meses, de un accidente que pasó en segundos.

Hasta ahora he hablado de mi daño físico, la versión que cuento en fiestas o cuando alguien nota mis cicatrices bajo mi falda. Pero esa no es la historia completa, no incluye las noches sin dormir reviviendo el accidente, las lágrimas de impotencia al ver las fotos de dos navidades pérdidas, los meses de terapia por estrés post traumático y la desgracia de pasar de una joven independiente a una niña lastimada, la niña que se convirtió en la víctima, como si ese fuera su único valor, sus cicatrices su carta de presentación, la que ha contado la historia de su accidente más de lo que ha contado sus pasiones.

Pero no es esta la versión de la historia que cuenta mi madre, ante sus ojos yo soy la que valientemente superó su desgracia con una sonrisa, la que nunca se quejó, porque esa versión es el resultado de la peor decisión que he tomado, una que estaba tan acostumbrada a seguir que lo hacía sin pensarlo: decidí callarlo todo.

Porque eso es lo que hago siempre, limpiar mis lágrimas antes del amanecer y recibir al sol con una mentira, cada palabra un guion amaestrado por un director que nunca me atreví a cuestionar, uno que me recordaba que ante el mínimo sonido caería mi casa sobre mi espalda, y aún en el suelo no me atrevería siquiera a pedir ayuda, porque pedir ayuda te vuelve frágil como el cristal y nadie quiere abrazar un cristal con las puntas filosas. Porque la fortaleza que hoy me orgullece fue algún día simple cinta adhesiva y el temor a ser vulnerable, porque cuándo muestras tus líneas rotas y piel desnuda es más fácil que te queme el sol. Porque antes de los buenos consejos y los meses de terapia, antes de aceptar mi depresión y todos mis síndromes que ahora cargo conmigo como las cicatrices de mi pierna, fui la niña que prefirió desangrarse antes de pedir ayuda.

Finalmente viene la parte de la moraleja, dónde las lágrimas se ven recompensadas y los colores toman ese bello matiz azul cielo que reconozco tanto en las películas. Han pasado ya casi 3 años de esa mañana de sábado, pero aún vivo entre sus consecuencias, tanto las buenas como las malas, pero ante todos esta historia es un capitulo cerrado; aunque no los culpo, ellos no son quienes cargan con los recuerdos, pueden ver mis heridas, mas nunca podrán sentir los calambres a media noche o el dolor en el invierno.

Fui solo yo la que vio su libertad arrebatada, los momentos perdidos, el temor a que todo sea en vano otra vez, fui solo yo quien aprendió a volver arte sus tardes vacías y quien por fin pidió ayuda, la que decidió ir al psicólogo, aunque esto significara abrirse de una manera que nunca lo habría hecho antes. Fui yo y solo yo quien antes las peores circunstancias encontraron una razón para reír, porque si algo aprendí es que soy la mujer más fuerte que conozco.

Publicado la semana 33. 10/08/2020
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