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Persefone

Amor de Cuento de Hadas

Cada día, de lunes a viernes, Elisa Montés sale de clases exactamente a las 2:10 P.M. Le toma 3 minutos llegar a la salida desde el salón en área B donde siempre da asesorías. 

Se dirige al noreste, a la librería de la calle principal; tarda 13 minutos en llegar en un día sin tráfico, lo cual es normal en tan pequeño pueblo. Abre la puerta a las 2 con 24 minutos, saludando a todos con una enorme sonrisa que calentaba el corazón de cuantos la miran pasar. Sus ojos color caramelo brillante a la luz del sol y su cabello rojizo que apenas roza sus hombros, le dan el  parecido de un ángel. 

Se sienta en la parte sur del antiguo edificio a leer aquellos libros que el salario de su madre no le permite comprar. Se ha vuelto su tradición, su rutina. Fiel a ella con cierto tono religioso, incapaz de faltar a su mandamiento. Y mientras ella se pierde en ese mundo que ni la furia de mi detalle logra comprender, tomé predicamento en observar, admirando en silencio, dibujando en mi mente la versión más pura de ella, ilustrando así su sonrisa al leer y sus ojos que brillaban con cada risa que escapaba sus labios. 

Cada día observo impaciente la puerta a las 2 con 24 minutos, esperando verla. Volviendo cada sonar del segundero, una promesa de una nueva imagen de ella que recordar. Anhelar. Una promesa de que hoy sería el día que finalmente las cadenas de mis propias ansiedades me libraran, y al fin poder dirigir mis palabras a su camino, y no al vacío de mi techo cada noche. Que por fin hoy llega ese momento que tanto admiro en las películas románticas, donde el hombre se arma de valor y le habla a la chica. Lo que daría yo por ser ese hombre y poder mostrarle a ella cuanto mi corazón guarda la esperanza de un amor bien recibido. 

Fue así desde el primer día que la vi, entrando a la librería de la calle principal. 2 de abril del año en curso. Lunes. Vestía entonces un vestido floreado que resaltaba las pequeñas curvas de su delgada escultura. Su cabello recogido en una coleta, no demasiado perfecta, no demasiado casual. Se veía más hermosa que nunca. 

La simple pureza de su naturaleza soñadora, junto la extraña casualidad de nuestros caminos cruzados, fue suficiente para despertar en mí una ilusión. Y aunque nunca crucé más de tres palabras con ella, construí nuestra historia a base de mis dibujos y las pequeñas notas que ella dejaba en cada libro que tocaba. Pluma roja, hoja azul. 

Ni en mis tiempos más benévolos me concedió mi mente el derecho de ser mí mismo. Una vida entre las sombra, donde la comodidad de mezclarme en el fondo y un vestuario de un mejor yo, me ha permitido proteger con barreras mi vulnerabilidad. Pero cuando ella llegó- oh el dia que ella llegó-, entrando por esa antigua puerta de madera que ahora se presenta cada noche en mis rezos, tiro las paredes que a través de los años construí alrededor de mi corazón 

Y a pesar de su desgraciada indiferencia o el temor de mi cobarde timidez. A pesar de no conocerme, una parte de mi sabía que ella era mía, y yo de ella. 

Hoy, 20 de julio, 3 meses y 18 días después de nuestro primer encuentro, esperaba su llegada como uno espera la muerte, silencioso pero constante. 

Pasaron los minutos, horas, y las cansadas puertas del edificio permanecían inmóviles, esperando que su arribo les recordará su razón existir. 

Mientras tanto, las voces de un pueblo que se alimenta de lo momentáneo anunciaban la tragedia: No se sabía nada de ella. No desde que la noticia de su desaparición llenará cada rincón de este pequeño Infierno hace apenas 4 días. En todo el pueblo había carteles con su rostro y las noticias gritaban su nombre. No me importaba, esa no era mi Elisa. 

Para ser totalmente honesto, como lo he sido hasta el momento, debo admitir me pareció ciertamente blasfemo cómo la mujer que ahora cubría las calles podía ser tan distinta a mi Elisa. Como su sonrisa no era la misma que aquella que cubrió su rostro cuando pasaba a saludar. O como esos ojos podrían ser hasta de un tono diferente, a como los suyos se miraban cuando caminaba bajo el sol. 

Salí de mi turno y tal falla del destino- o ya una mera costumbre- hice mi camino a casa por las mismas calles que ella solía andar. Su escuela mostraba ahora su foto en el frente y jure que podía escuchar el llanto desolador de aquellos que la amaron también, solo una posibilidad guardada en sus mentes. No me importa. Esa no es mi Elisa. 

Llegué finalmente a mi casa. Abrí la pesada puerta con un rechinar agonizante y me dirigí por el oscuro pasillo para llegar a la cocina, iluminado solo por una individual bombilla al medio de este, dándole a la habitación un aire tétrico y vagamente abrumador. Esto, combinado con el fuerte olor a carne pasada ya de su momento de expiración, se perdía en el sentimiento de lo que creía ser el inicio de un futuro prometedor. 

-“Puedes creerlo, la gente sigue buscando a la persona equivocada”- repetí en voz alta, no realmente esperando una respuesta, sino como un recordatorio de que todo seguía bien. 

Todo está bien. 

Sin pensarlo mucho, más como un sentir involuntario, regrese mi mirada al frágil bulto sentado en la primera silla del comedor, imposible de sostenerse ahora por sí solo. Su tez ahora pálida, con excepción de las zonas donde la sangre seguía fresca alrededor de las marcas en que la necesidad de forcejeó era obvia. El color rojo de cabello combinándolo con el rojo oscuro de la sangre. Y aún en  la absurdez del momento, donde la vista a muerte ahogaba su rostro, noté que seguía igual de bella. Bella como el día que la conocí. Bella como la noche cuando finalmente junté el coraje de amarla. Bella como el día de aquella fiesta en cual el destino nos dio una oportunidad. Bella como aquel instante que me rompió el corazón. Bella como el temor de sus ojos que me mostró el sentimiento más puro y humano que ha de existir: terror.

Me incline junto a ella, sujetando su rostro sin vida entre mis manos y besé su fría frente, donde las líneas de su cara todavía marcaban su repulsión a mi amor. Repulsión que quemaba mi piel, capa por capa, dejando cicatrices que no lograba comprender. 

Las mismas preguntas recorriendo mi mente golpeándose contra cada esquina de mi: ¿Por qué no entiende que la amo? ¿Es que no puede ver que la amo? ¿Por qué se niega a mi amor? 

¿No ve que yo no quería lastimarla? Que si tan solo hubiera esperado a que le explicara.  Que si hubiera visto en mis ojos lo que realmente deseaba. Que todo es por ella. 

¿Por qué no ve que yo soy quien la salvo de este claustrofóbico pueblo de mierda que no entiende a la gente como ella y yo? ¿¡Por qué no entiende que yo soy su príncipe azul!? ¡Yo soy quien la salvó de su torre y quien la puede hacer feliz como todos esos libros que ella tanto admira! ¿¡Qué no era eso lo que quería!? Cuando por las tardes, después de cerrar sus libros, soñaba despierta con que alguien de ella se enamorara, ¿Qué no ve que yo soy el? ¿Por qué aun después de que su muerte, todavía no me ha de querer? 

Regrese entonces en mí, como algunos creyentes expresan experiencias donde abandonan su cuerpo y conversan con Dios, solo que esta vez no había un Dios que escuche mis plegarias. 

Y sin darme cuenta comencé a reír, una risa histérica acompañada de un extraño sentimiento de paz. La ironía de la situación permitió el paso de mi imprevista carcajada, la simple posibilidad de un Dios cuidando mi espalda se desvanecía con cada segundo y el sentimiento que en algún momento obtuvo un parecido religioso, ahora solo resaltaba la familiar culpa de un católico reformado. 

Fue hasta entonces que me di cuenta que todavía sostenía su rostro en mis manos; y al notar las pequeñas marcas que mis uñas habían dejado en su delicada piel, no pude evitar retroceder en mis pasos, soltando la en un instante. Una repentina sensación de asco recorrió mi columna vertebral, dispersandose por mis extremidades como veneno y la sensación de odio colapso dentro de mí. Aun en mi trance de pánico busque en sus ojos una respuesta, un perdón. Querida mía, si tu amor no es de mi propiedad, al menos bríndame hoy tu salvación. 

Intente gritar, intente tomarla por los brazos y exigir de ella una solución. Solo pude mantener nuestros ojos conectados, mi cuerpo apenas sosteniéndose de pie, la mayoría de mi peso sobre mis brazos, recargados en el pequeño comedor. 

Segundos pasaron. Segundos se convirtieron en minutos y la realización llego lenta pero sincera. Como un pensamiento de segunda mano cerré los ojos lentamente y me permití besarla, una parte de mi deseaba con ansias que sus labios se movieran con los míos, otra parte de mi temía a esa idea. 

Cuando nuestros labios partieron, me negué a siquiera abrir mis ojos, pues abrirlos significa final. Y si en algún lugar existe un Dios, un cielo o un infierno, ya no temo querida a lo venidero, solo sueño con volverte a ver, si es que aun en la muerte he de soñar. 

Te amo, Elisa” .

Publicado la semana 2. 06/01/2020
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