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Persefone

Sombras

Quisiera contarte de como el encierro ha salvado a mi familia. Quisiera hablar de como mis padres ya se hablan, que mi hermano ya es mi mejor amigo y todo está bien. Quisiera contarte esa historia, pero me temo que esta narrativa se perdió en un recuerdo de sangre y
vidrios rotos.


Mi vida siempre ha estado rodeada de sombras. Una tras otra se han ido acumulando a mis espaldas jurando protegerme. Y si algo he aprendido de ellas es que las sombras nunca mienten.


La primera sombra que marco mi vida llego en un destello, solo una figura tras un volante; un par de luces tomaron mi respiración y después de eso oscuridad.


La siguiente se presentó de mañana, entre luces fluorescentes y plástico azul; vestía una bata blanca y un fuerte olor a desinfectante, su voz era suave pero severa proclamando una sentencia de la que no pude huir jamás. En esos días las sombras fueron mi más fieles visitantes; en un cuarto lleno de gente con vistas condescendientes, el frio de sus reflejos contra la luz son lo único en lo que puedes confiar.


Por un tiempo las sombras me cubrieron de la soledad, creo que a su manera macabra sintieron compasión por mí. Mientras mis piernas yacían sin fuerza y el dolor de mi cadera se apoderaba de mis noches, las semanas pasaron sin mucha diferencia una de otra.


Nunca pude ver la siguiente sombra; por costumbre mantenía mis ojos cerrados cuando mi madre limpiaba mi cuarto, el ver en sus ojos el amor perderse en odio era mi mayor temor. La noticia no fue suficiente alarmante a mis oídos- si bien una ironía extraña, pero nada que me afectara -, no fue hasta que uno a uno mi cuarto se llenó, mi hermano, ahora distante, sujetaba mi mano y mi padre se atrevió por fin a abrazar a mi madre: un virus de nombre agresivo llevaba al mundo a la locura y una cuarentena obligatoria tomaba las calles.


Los primeros días fueron tranquilos, una extraña paz reinaba nuestro hogar y la imagen de una familia feliz con la que siempre había soñado se volvía de pronto un poco más que una fantasía. Despertaba cada día al delicioso olor de un desayuno en familia y al anochecer las risas amenas de mi familia me llenaban de pureza y, tan egoísta como pueda sonar, el saber que de alguna manera ellos estaban tan atados al encierro como yo lo he estado por tanto tiempo, me dio un placer que no podía describir.


Me deje creer que las sombras me habían abandonado, que la luz había llegado a salvarme y todo estaría bien, y que curioso es, que justo cuando me atreví a disfrutar su ausencia, fue cuando volvieron a posar sus fríos dedos sobre mi espalda. Esta vez llegaron con un golpe, un estruendo lleno del odio de alguien que lleva sonriendo mucho tiempo y por fin a llegado a su límite, me desperté con el oír de los cansados brazos de mi madre chocar con el suelo intentando atenuar su caída sin mucho resultado y la imagen de mi padre sobre ella, sus ojos reflejaban el más puro desquicio que había visto jamás; mi hermano se escondían tras la puerta que separaba mi habitación de la sala y podía ver en ellos el mismo sentimiento que yo sentía: ese terror combinado con el shook de los primeros segundos y la tranquilidad de algo que debió pasar mucho tiempo antes.


Este fue el inicio de la tragedia que trajo el encierro en mi familia, el tiempo paso y las cosas solo empeoraron. Los golpes de mi padre no fueron lo único que empeoro en esos días, la furia de mi madre se desato sobre mis hermanos y la distancia entre nosotros se vivió cada vez mas fría, acabando con lo que una vez fue unión.


La última de las sombras es la que menos recuerdo, curiosamente fue esta la que salvo mi vida. Llego en un sábado en la tarde -esto lo recuerdo porque podía escuchar la televisión pasar la novela de las 7 de la tarde- que prometía ser una noche difícil para mi familia, mi padre hizo sonar su entrada a mi casa con un azote de la puerta que siempre me perseguirá en mis sueños, entre gritos y ofensas se desato en mi hogar lo que de alguna manera ya me había acostumbrado. Lo que paso después pareció verse en cámara lenta: mientras sus gritos se perdían en el fondo los ojos de mi madre cruzaron los míos y vi como algo en ellos se encendía dentro de ella y sin pensarlo le dio una bofetada en la cara; fue entonces cuando el infiero se desato.


Entre los gritos y golpes algo me tomo, no supe nunca que fue -tal vez mi hermano o Dios mismo-, solo sé que en medio de todo sentí como algo me empujaba, no lo suficientemente fuerte para lastimarme, sino como una ola que ligeramente toco mis hombros y por primera vez en un largo tiempo, me deje caer. Cerré mis ojos y sentí la caída, mi cuerpo ahora en el estrecho espacio entre mi cama y la pared reposaba sobre mi lado izquierdo, el dolor me hacia querer gritar, pero temía lo que seria de mi si me atrevía a hacer el más mínimo sonido, así que solo mordí mis labios y lloré en silencio. Estaba oscuro en ese pequeño hoyo, pero la luz de la lampara de mi buro dibujaba sobre mí las sombras de la tragedia y extrañamente me sentí a salvo.


Lo que resta de esta historia paso en un segundo, mientras la luna brillaba en lo alto los gritos fueron mas distantes, sustituidos por las plegarias de mis hermanos y el sonido de pertenencias volando por la casa, y aunque de alguna manera la discusión se escuchaba cada vez mas cerca, sabía que yo era lo ultimo que pasaba por sus mentes, una maldición que por primera vez en mucho tiempo se convirtió en ventaja. Unas palabras se perdían entre otras hasta que, como si fuera esto una película, reino el silencio; lo siguiente que se escucho fue el anunciar a gritos desgarradores de la muerte que se llevó mi alma consigo, en ese momento me sentí vacía, sentí el odio que corrompía lo que quedaba de mí, un odio por mi padre, por el mundo que se movía afuera sin preocupación, odie mi cuerpo, inútil y escondido como un trapo abandonado.


Esta sombra vino en un sonido, uno que había oído antes. La música salivatoria de una sirena de ambulancia que llegó un poco tarde, siempre un poco tarde. No sé dónde está mi padre y mucho no me importa, vi por última vez la cara de mi hermano mientras me llevaba el paramédico, pero no podía soportar la verdad que me decían sus ojos, así que miré hacia otro lado; Miré hacia las calles vacías y di gracias a que no había sombras alrededor, porque las sombras suelen tener dueños y, a diferencia de las sombras, estos pueden ser
peores que la muerte.

Publicado la semana 15. 09/04/2020
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