10
Persefone

Cartas al Mar

Había una vez, ¿no es así como cada historia debe comenzar? Pero ¿Qué queda por decir cuando es así como la nuestra termina?

Siempre me consideré una chica de ciudad, tal vez eso fue lo que me trajo aquí; vine buscando una respuesta. Una razón, y uno siempre encuentran lo que busca.

Mucho tiempo ha pasado y mi memoria es ahora solo un velo de lo que una vez fue, así que por favor perdóname si mi mente hace ver las cosas un poco más grises de lo fueron, pero me rehusó a pintar nuestro pasado perfecto, manchando así su belleza.

I

Recuerdo la regadera. Aunque no puedo descifrar aún como llegue ahí. Supongo que algo me llamó, una fuerza tan grande que no notas que te están moviendo hasta que te encuentras parada frente la puerta de un hotel vacío en la orilla opuesta a tu hogar, sola y sin nada a tu nombre más que la maleta de tu madre y una pregunta. Pero recuerdo la regadera, que tan pequeña y sofocante era, como el agua hirviendo intentaba desesperadamente limpiar mi alma.

Cuando salí del baño eran ya las 11:32 de una noche fría de noviembre. La señora de la recepción mintió sobre algunas cosas- como el espacio amplio, el estado del cuarto y el susodicho televisor con más de 100 canales- pero tuvo razón sobre solo una: la vista desde el ventanal de la habitación que daba partida a la playa vacía y a un cielo estrellado que se admiraba en las claras aguas del mar. Era precioso y significaba calma. Una brisa helada recorría mi cuerpo aún húmedo y sin darme cuenta comencé a caminar a la ventana, un pie frente al otro sin despegar mi vista de las estrellas.

No pasó mucho hasta que mis manos se deslizaron ciegamente por el marco de la ventana, sujetándose de cada lado para dejar pasar  mis piernas descalzas por el pequeño espacio; la arena rodeaba mis dedos y muy pronto sentí el frío roce del agua en ellos. No recuerdo mucho después de eso, solo el quemar del agua fría de la noche por todo mi cuerpo y un destello de la luna antes de que la oscuridad consumiera mi conciencia.

Abrí mis ojos después de lo que se sintió como segundos, pero la oscuridad había desaparecido, reemplazada ahora por el cálido sol de mediodía; por un momento me convencí de que todo había sido un sueño, aunque el sentimiento se eliminó al sentir mi cuerpo desnudo aún sobre la arena, cubierto ligeramente por la toalla de baño con la que dejé mi habitación. Confusión llenaba mi cuerpo, irá sumergida en temor de haber perdido la cabeza. La ola de sentimientos continuó hasta que la vi acercarse: una sombra a lo lejos. La sombra pronto tomó la forma de una mujer, sus piernas eternas y un simple vestido de playa que parecía inmune a la briza. Intente levantarme, pero mi cuerpo no escucho mis demandas. Solo permanecí inmóvil mientras ella se sentaba a mi lado, el calor de su cuerpo reviviendo mi alma.

“Sabes, usualmente yo soy la razón por la que los marineros se lanzan al mar, eres la primera que salvo de la muerte en agua. Aunque mi duda es aún, si preferiste el frío de la noche, ¿Cuál será el infierno que te atormenta de día?” - Su voz. Toda la vida conocemos gente nueva que destaca en nuestro directorio mental, hay muchos más aún que se pierden en el vacío, cómo una muchedumbre de voces sin distinción. Pero su voz, eliminó por un momento cada otra que hubiera conocido jamás. Un canto de ángel que no conoce maldad alguna.

“¿Qué eres?”- no pude detener mi boca, la posibilidad de un peligro escondido es una con la que he aprendido a vivir, un temor recurrente. La pena cubrió mi cara de un pálido calor, ella no pareció notarlo.

“Puedo ser quien tú quieras que sea”- su voz permaneció suave, su tono desafiante pero bienvenido, mas había un cierto dolor en su respuesta, como una amenaza a desaparecer.

“Creo que me gustaría que fueras tú misma” -Estas palabras parecieron tomarla por sorpresa, como si nunca se hubieran mencionado en su presencia.

En ese momento el tiempo se detuvo, el chocar de las olas de un mar agitado se intensificó y frente a mis ojos ella comenzó a cambiar. Un humo del más dócil azul rodeo su cuerpo y por unos segundos no se vio más de ella. Cuando regreso era igual que antes, pero sus ojos, antes un par de zafiros desafiantes, se tornaron en un bello y profundo color avellano. El sol se reflejaba en su pureza.

“Esta es quién soy, supongo. Ha pasado tanto tiempo… esto es todo lo que recuerdo”- La tristeza de su voz era tal que no pude evitar sujetar sus manos, esperando aun el rechazo; este nunca llego.

“Pero si cambiaste, tus ojos”

“Un regalo de mi madre. Aunque nunca la conocí, siempre escuche historias sobre ella. Mi padre me dijo una vez que era muy parecida a mí y que cada vez que viera a su sol ella reconocería el mío a través de mis ojos. Sé qué es esto lo que realmente soy”- un silencio siguió su historia, nuestras manos aun unidad, aunque no fue un silencio incomodo, más bien un momento de honor al pasado. Nuestra historia no solo se honra con contarla, algunas veces tienes que dejar que el silencio haga su parte.

“Entonces, ¿contestaras mi pregunta o debo asumir tu respuesta?”

“No es como tú crees. Es…”- ¿pero que se supone que fue? ¿Un impulso agresivo de desafiar mi propio criterio? ¿Un desenlace a un camino preestablecido? No sabía qué contestarle, y pude leer en su rostro que ella sabía eso, y así sin muchas preguntas se levantó, aun sujetando mi mano entre las suyas.

“Caminemos”

 

II

Podría relatar por horas nuestra conversación mientras caminábamos por la orilla del mar, pero me temo que me tomaría toda una vida contar cómo sin darme cuenta hablé más de lo que he hecho jamás, o como su voz no dejó nunca de sonar como música en mis oídos cansados, o de cómo incluso el silencio fue una declaración tras otra del nuevo pasado que estábamos escribiendo. Pero, más que nada, me niego a regalar ese recuerdo aunque sea mi motivó el más humano egoísmo. Me niego a que ese sentimiento que solo conocemos las dos, se convierta en un reflejo de algo conocido, porque si existe algo aún que una nuestro amor es su naturaleza sobrenatural.

Finalmente, cuando el cielo se tornó oscuro y estábamos de vuelta donde había despertado esta misma mañana, la última pared de mi mente se derrumbó y dije toda mi verdad.

“Me preguntaste hoy el porqué de mi salto al mar, pero no me obligaste aún a decir nada, y al notar que ni siquiera yo conocía la respuesta, dejaste el tema morir. Me has dado mi espacio y tiempo, dos cosas que nunca nadie me había permitido jamás.

Cuando era niña mi padre solía llevarnos cada domingo a una iglesia a las afueras de la ciudad donde crecí, un viaje en auto de 30 minutos para pasar una hora sentada en una banca escuchando a un hombre calvo en sus 40’s contarnos las mil y una maneras por las cuales estábamos condenados a un infierno sin fin. Lo único que hacía este viaje más tolerable era el camino, más específicamente el paisaje. Montañas sin fin rodeaban la carretera por todo el trayecto. Era hermoso.

Toda mi vida fui rodeada por cosas hermosas, no puedo mentirte con eso. Pero el ver toda esa belleza siempre me obligaba a notar las razones por las cuales yo no pertenencia en esta, siempre en la orilla de una fotografía en la que nunca encaje. Hace poco salí de mi casa sin saber a dónde me dirigía, un destello de esperanza y tal vez un pretexto para huir de mí, comencé mi viaje. Estuve en muchas partes y terminé aquí, no hay mucho que decir sobre eso. Y en lo que concierne al porque salte al mar, la verdad no lo sé. Mi última oportunidad de pertenecer, tal vez, de perderme en el mundo”.

La siguiente hora pasó sin mucho, un comentario tras otro sin mucha relevancia, este tipo de momentos que no recuerdas en tu mente, pero refuerzan tu corazón. Llegamos pronto a mi cuarto, ya era muy tarde y todo era igual como cuando huía de su sofoco.

“Sabes, llevamos horas juntas y ni siquiera conozco tu nombre” -Me vio por unos segundos, otro de esos momentos donde la idea de que todo fuera un sueño regreso a mi mente.

“Pisínoe” -contestó ella, mientras un calor rojo cubría sus mejillas- “Es un nombre familiar”

“Penélope. Ese es mi nombre: Penélope” -tome su mano en despedida y me reconfortó como mi cuerpo ya reconocía su calor. El silencio se prolongó en la oscuridad hasta que ella habló.

“¿Estarás aquí mañana?” Y, por primera vez en mucho tiempo, estuve totalmente segura de la respuesta.

“Si. ¿Y tú?”

“Lo prometo. En nombre de las olas de la mañana y el fuego de los mil cielos”

III

Y pronto así las horas se convirtieron en días y los días en semanas, el velo de penumbra que solía cubrir mi mundo comenzó a desaparecer. Encontré mi hogar.

 

IV

Me temo querida que he llegado a la parte de la historia en la que el escenario ha perdido su luz. El estelar ha terminado y debo caminar sola a casa.

Recuerdo muy bien el día, habían pasado ya dos semanas desde que llegué a esa playa donde te conocí, menos aun de cuando me enamoré de ti. Me perdí en la felicidad que me desbordaba de tal manera que olvidé que existía yo en un mundo exterior a esta pequeña playa.

Recuerdo la llamada, una broma macabra desenvuelta de casualidades absurdas. Esa mañana desperté temprano, mi desayuno consto de una taza de café sin azúcar y un pan del día anterior. En el otro lado del mundo mi padre despertaba aun más temprano y salía a recoger el periódico a una gasolinera a 4 cuadras de la casa donde crecí, una tradición que creyó abandonada por años, pero que despertó ese día sin mucha razón. Al mismo tiempo, y a solo unas cuadras lejos de la casa de mis padres, una madre se apresuraba a llevar a sus hijos a su escuela documental, nunca supe su nombre, ella era solo otra víctima del destino.

Salí para encontrarte fuera de mi puerta un rato después, el inicio del día perfecto. Mi padre, siempre un hombre social, se despedía del cajero después de una charla amena que el joven recordaría por siempre.

A las 11:23 de un sábado por la mañana la cansada mujer giro en la esquina de la calle 12 de un pueblo que aborrecería por años a venir. Segundos después un señor de ya 67 años golpearía la defensa de su camioneta y chocaría su espalda contra el pavimento perdiendo la conciencia.

Solo 4 horas después llamaría una madre destrozada a su hija a miles de kilómetros de distancia.

Mi padre había muerto.

Poco sabes tú de él, mucho menos sabía yo. Ese hombre fue siempre un misterio para mí y era el único hombre que ame.

Con solo el sonar de la voz quebrada de mi madre una parte de mi murió, maldije el momento en que decidí jugar a la aventurera de cuento de hadas, maldije el momento que abandoné lo que fui, por una idea de lo que creí que seria.

El teléfono cayó de mis manos con un golpe singular, mi habitación daba vueltas y hui una vez más, solo que en esta ocasión ya no estaba sola a la orilla del mar.

“¿Estás bien?” – tu voz fue en ese momento como la suave lluvia bajo los relámpagos, sin embargo, mi alma estaba rota.

“Me tengo que ir, soy irresponsable y egoísta y ahora lo he perdido sin ni siquiera poder decir adiós”

Entonces me abrazaste, sin siquiera tener que pedirlo, me sujetaste entre tus brazos y me deje romper. Grite y llore, aun así, siempre te mantuviste firme junto a mí.

Ni siquiera puedo plasmar aun lo que paso después, como una extraña paz que no había experimentado jamás; como la droga de un veneno que no sabía que tome, me sostuviste y cantaste una vez más.

 Me ofreciste una salida y por un momento lo tomé. Caminando paso a paso por el camino por el que has guiado a tantos antes de mí; me llevas al agua, el frío que llega a mis pies va crecieron, pero sigo adelante.

Estaba tan cerca mi amor, tan cerca de dejar ir mi pasado e ir contigo, esta vez de verdad. Mas te recuerdo que todos somos víctimas de una fuerza desconocida que no podemos escoger, y justo ahí el destino me tomo la otra mano. Me detuve. Te miré a los ojos y temía que no fueras tú quien me sostenía, pero cuando tus ojos se encontraron con los míos vi en ellos el amor.

“Pase toda mi vida admirando las estrellas, deseaba ser libre como ellas. Es gracioso como pensé que un trago de agua me llevaría a ellas. Te amo, eres todo lo que he deseado y todo lo que no me atreví a soñar. Por ti sé lo que es amar…”- las palabras me abandonaban, pero sabía que tenía que decirlas, trague saliva y continúe- “…por ti es que se quién soy, y por quien soy es por lo que me quiero dar la oportunidad de vivir”

El silencio que siguió mi discurso fue eterno, soltaste mis manos y sentí como mi cuerpo se perdía sobre mis pies. Entonces sostuviste mi rostro en tus manos y me besaste, un beso eterno y puro. El mundo desapareció a nuestro alrededor. Solo éramos tú y yo caminando por nuestros recuerdos una última vez. Supe en ese momento que ese beso no era una despedida, y aun, al abrir mis ojos, ya no estabas ahí.

V

Había una vez una joven huyó por una nueva aventura. Corrió tan rápido que se hundió en un mar desconocido. Fui un viajero perdido recuerda. Una vez, muchas lunas atrás, me confesaste como admiras como abandoné las cadenas de un camino que no era el mío. Y luego me besaste adiós.

Ya regresé amor. Fue un viaje largo lo sé, más largo de lo que esperaba, pero si las olas de la mañana y el fuego de los mil cielos me enseñó algo es que no hay manera de olvidar lo que es olvidado si lo que fue protegido nunca se fue.

Publicado la semana 10. 08/03/2020
Etiquetas
Al sol
Compartir Facebook Twitter
Género
Relato
Año
I
Semana
10
Ranking
0 150 0