07
Odiseo

Mercenario

Nunca imagine contar esta historia o al menos no imagine contarla de esta forma. Bueno no es que pueda hacer mucho para cambiar lo ocurrido solo me queda ser un humilde narrador. Mi nombre es Erastos de Micenas, la ciudad más poderosa del Egeo. Yo era el segundo hijo de un trera empobrecido. Apenas nos alcanzaba el dinero para comer y estábamos al borde de terminar en la esclavitud. Creo que el resto de mi familia tuvo ese destino, pero yo decidí escaparme antes que ese destino callera sobre mí.

En ese entonces era joven, era impulsivo, valiente y lo suficientemente idiota como para querer golpearme hasta hacerme madurar. En retrospectiva me sorprende que nadie lo hubiera hecho, bueno se puede decir que hubo alguien que lo hizo, pero eso lo dejo para más adelante. Como les iba diciendo me escape de mi hogar llevándome el último caballo que le quedaba a mi familia y una espada de bronce que estaba en mi familia desde tiempos de mi bisabuelo. Tenía planeado volverme mercenario, lo cual no fue muy difícil en un lugar como es la Hélade. Me uní a una compañía de lanceros a una jornada a caballo de mi hogar. Tuve que vender mi caballo para conseguir una lanza y un escudo medianamente decente, aunque en este trabajo eso se resuelve rápidamente.

Luche por todas partes, en el Peloponeso, en el Ática, Tesalia, Rodas, Creta, Asia menor e incluso durante un tiempo servimos al rey de Ilion. Con cada batalla fui robando partes de armadura a aquellos quienes mataba o las compraba con el dinero que robaba a los muertos. Si estás pensando que podría haber usado mi paga es que nunca viste la paga de un soldado. Es la cosa más miserable que veras en tu vida. Por lo que era más fácil matar por muy frio que suene, además yo no era como los jóvenes de hoy en día que quedan traumados solo porque alguien les hablo en la calle. Yo era bueno luchando y matando, por lo que tuve una vida fácil y tranquila. Marchaba a un lado, mataba a unos cuantos hijos de puta, a lo mejor saqueaba algo por los alrededores, después marchaba a otro lado para pasar meses enteros emborrachándome.

Todo cambio cuando nos contrataron para trabajar en Egipto para servir al Faraón. Desde el principio me di cuenta de que iba a odiar ese trabajo. No sabía porque, pero algo me decía que debía alejarme de ese país extraño. Lastima que la paga era buena, muy buena en realidad, lo suficiente para que me metiera mi instinto en el culo. Ya se que dije que la mayoría de mi riqueza la sacaba del campo de batalla y no de mi miserable paga. La verdad no me importa si soné hipócrita, cuando te ofrecen cincuenta dracmas al día por dos años vos solamente obedeces.

Lo primero que salió mal fue el viaje. Nunca había hecho un viaje tan largo, lo cual no es agradable si tenemos en cuenta que estas encerrado en un pedazo de madera tambaleante. Estando rodeado de hombres sudorosos, vomitando o cegándose encima durante semanas sin descanso. Eso ya fue bastante malo, pero llegar a Egipto fue aun peor, aunque parezca imposible. El primer problema era el sol que te quemaba y te dejaba la piel roja apenas la exponías. Si estabas demasiado tiempo afuera corrías el riesgo de que te salieran ampollas. Todo eso sin siquiera ponernos las armaduras que solo empeoraba la situación. Después a la noche enfriaba repentinamente por lo que siempre pasábamos frio en las noches. Todo esto hacia imposible marchar o pelear no solo era el calor en sí, también eran las quemaduras que hacían que moverse doliera. Por no mencionar que la comida nos enfermaba, no entendíamos ni una palabra y en más de una ocasión tuvimos que alejarnos del Nilo para marchar por el desierto.

En nuestro segundo año de servicio marchamos a Kush, una tierra al sur de Egipto llena de salvajes jodidamente buenos usando el arco. En esa época el Faraón se le dio por conquistar todo el país por lo que tuvimos que remontar los barcos cada vez que nos cruzábamos con una cascada. Al principio apenas encontramos resistencia, en realidad pudimos avanzar sin ningún contratiempo hasta la quinta cascada. Recién ahí entendimos en el enorme problema en el que nos habíamos metido. Los kushitas atacaron nuestro campamento al amanecer tomándonos por sorpresa. Los egipcios no tardaron mucho en retirarse mientras que nosotros formamos falange y resistimos. Yo estaba en primera fila matando a un enemigo tras otro. Clavaba mi lanza, golpeaba con mi escudo a alguien, retrocedía un poco para mantener la posición y después volvía clavar mi lanza a otro salvaje. Cuando se me rompió la lanza desenfunde mi espada, la movía de un lado a otro apagando vidas con simples tajos. Seguro era la imagen viva de Ares.

La gloria solo me duro hasta que llego un negro gigante de casi dos metros con un hacha de filo doble. No llevaba armadura, mejor dicho, no llevaba ropa en su lugar lucia un centenar de cicatrices. Yo terminaba de clavar mi espada en el pecho en uno de sus compañeros cuando el gigante me ataco repentinamente. Apenas tuve tiempo de esquivar el golpe que termino decapitando al hombre que yo acababa de matar. Solo con eso se estableció como el loco más grande contra el que me enfrente. Me lance contra él con el escudo por delante, pero el gigante solo necesito un empujón para sacarme volando. Me ataco otra vez obligándome a levantar mi escudo el cual quedó reducido a astillas cundo su hacha lo golpeo. Para mi suerte su arma se quedó atorada dándome tiempo a lanzar otra estocada a su abdomen. Estaba seguro de que lo mataría en ese mismo instante cuando el gigante agarro mi brazo frenando el golpe. Yo estaba tan sorprendido que no supe como reaccionar cuando me tiro al piso con una simple maniobra dejándome a la merced de sus compañeros que no dudaron en apuñalarme una y otra y otra vez. Para cuando terminaron mi cuerpo ya era solo una masa roja, sanguinolenta e irreconocible. Poco después de mi muerte el resto de mis compañeros sufrieron el mismo destino y dado que ninguno de nosotros fue enterrado o cremado de manera adecuada ahora somos almas errantes. No podemos descansar, solo podemos ir de aquí para ya como almas en pena esperando que alguien se apiade de nosotros y nos pague nuestra entrada al Hades.

Publicado la semana 7. 10/02/2020
Etiquetas
Compartir Facebook Twitter
Género
Relato
Año
I
Semana
07
Ranking
0 16 0