06
Odiseo

Isiara

El bulevar estaba lleno de gente, más de lo que nunca hubiera visto. Los refugiados que huían de las guerras del este llegaban a cientos cada día. Isiara miraba las calles infestadas molesta. No sabía por qué escogían la capital para mudarse teniendo cientos de ciudades por todo el imperio donde podrían vivir tranquilamente. A lo mejor esas ciudades también se estaban llenando de gentes que deseaban evitar las rebeliones de enanos en la gran cordillera o las rebeliones de las ciudades al este de las mismas. Eso no la reconfortaba. Desde que llegaban era más difícil encontrar un lugar cómodo donde dormir, era más difícil robar, esconder su dinero. Incluso cuando se veía obligada a comprar comida, para no morirse de hambre, le costaba cinco monedas de bronce una hogaza de pan duro cuando antes lo podría haber comprado con una sola moneda. Pero lo que más odiaba era las miradas de animosidad que tenían esas personas, como se empujaban, peleaban o incluso llegaban a matarse por cada trivialidad. El mismo emperador tuvo que enviar a parte de su guardia personal a poner orden en las calles y los demás nobles doblaron la seguridad de sus casas, dificultando aún más su trabajo.

Isiara comprobó que su dinero ya no estaba. Ahora también había más ladrones, pero creía haberse asegurado de que nadie la seguía cuando oculto esa bolsa en un hueco bajo una teja suelta. Soltó una maldición, era su tercer escondite que saquearon ese día. La mayoría de lo que robaba lo escondía en el bosque esperando… una oportunidad de usarlo. Los escondites que tenía por toda la ciudad solo los empezó a usar recientemente cuando le empezó a resultar difícil entrar y salir sin ser vista a pesar de su habilidad. El sol caía hasta quedar tapado por la catedral de las tres estrellas. Los campanarios con techos de cobre, oro o hierro (dependiendo de si estaban dedicados al granjero, la doncella o al caballero) resplandecieron una última vez antes de que el sol desapareciera. Todo el este de la ciudad quedo cubierto en sombras y en la lejanía apareció La Punta que era la estrella que indicaba el inicio de la espada del Gran Rey. Según escucho decir a los curas de las catedrales e iglesias de toda la ciudad, la constelación cruzaba el cielo nocturno toda la noche protegiendo a la humanidad de los demonios. Isiara nunca comprobó eso, aunque se consideraba una mujer devota, durante la noche estaba siempre ocupada metiéndose en la casa de algún noble o escondiéndose de los guardias.

Bajo a un callejón oscuro, agarro la empuñadura de su cuchillo dejándolo oculto bajo su capa. No había nadie a su alrededor, pero a sus catorce años tuvo muchas experiencias que la hacían ser precavida. Siempre mantenía las sombras rodeándola, silenciando cada uno de sus movimientos. Cuando usaba las sombras se volvía casi invisible durante la noche, hace seis años que tenía este poder o al menos era consiente de él. Al principio le sirvió para hacer que su madre olvidara su existencia, evitando hacerla enojar y que la golpeara. Ahora podía usarlo para eludir guardias, ladrones, pervertidos, también podía tranquilamente meter su mano en el bolsillo de alguien y este ni se daría cuenta de que ella existía. Camino por todas las calles llenas de fantasmas que vagaban de un lado a otro, todo tomando un brillo azulado a medida que el sol se retiraba. Las estrellas se convertían en puntos negros mientras que la oscuridad se convertía en luz. Esa era la visión que obtenía al rodearse de sombras, la experiencia le había enseñado a confiar solo cuando podía ver las almas de quienes la rodeaban. No estaba segura porque, pero al ver sus almas sentía que eran más sinceros a pesar de que se veían y actuaban igual que los cuerpos que las potaba.

Cruzo el Puente de la Emperatriz, era tan ancha que dos carros podían pasar uno al lado del otro todavía quedándole espacio para los transeúntes. Su única decoración eran los faroles de aceite que recorrían la austera construcción. Como todo en la ciudad, el puente reflejaba la humildad y sencillez que la Iglesia predicaba. Nunca se había alejado demasiado de la ciudad, pero en las calles se decía que en el este de la Cordillera esto era muy diferente. Por lo que escucho la gente de esas tierras cubrían sus ciudades de lujos, riquezas, estatuas gigantes que iban en contra de los dogmas de la Sagrada Trinidad. Al llegar a la otra orilla llego al barrio de los nobles. Sus casas eran iguales que las del resto de la ciudad, tejas rojas, puertas y ventas azules, y paredes verdes. Las únicas diferencias es que los nobles mantenían en mejor estado sus casas, además de que sus interiores estaban llenos de comodidades.

Finalmente encontró la casa que buscaba, podía diferenciarla por el escudo de armas que colgaba, dos perros en un campo naranja bajo tres estrellas. Se acerco a una reja de metal en el costado derecho de la casa, era una entrada para los sirvientes. Saco de uno de sus bolsillos una llave que había logrado robar cuando el mayordomo fue al mercado a comprar víveres el día anterior. Uso su sombra para rodear la puerta evitando que rechinara o emitiera cualquier ruido mientras la abría. Era más pesada de lo que hubiera pensado, no importaba cuanto tirara apenas lograba moverla un par de centímetros. Lo suficiente para que alguien chiquito y flacucho pasara. Casi perfecto para ella. Incluso con su tamaño apenas pudo deslizarse dentro, pero lo importante es que ahora estaba adentro. Siguió un camino de baldosas hasta otra puerta de madera que debería llevarla a la cocina. Poso su oreja en la puerta bajando su sombra para poder escuchar bien los sonidos que venían del otro lado. El golpeteo de cacerolas sumado a las conversaciones de los cocineros le confirmo, obviamente, que sería mejor entrar por otro lado. Volvió a rodearse con la sombra y continúo explorando el lugar en busca de un punto de entrada. Encontró lo que buscaba en un soporte para una enredadera que llegaba hasta el segundo piso. De tener flores le habría dado pena tener que subir por ahí, pero estaban en otoño y ya no quedaban rastros de ellas.

Llego a la parte de arriba sin problemas, a lado tenía una ventana que estaba sumida en la más completa oscuridad. Bajo su sombra recuperando su visión normal comprobando que, en realidad la ventana desprendía una fuerte luz. Decidido asomarse un poco, era innecesario, pero eran esos pequeños riesgos lo que hacían que el trabajo fuera un poco más divertido. Asomo solo uno de sus ojos verdes comprobando que ninguna cortina tapaba la ventana, no solo eso, no solo eso, la habitación estaba bacia. Termino de exponer su cara sorprendida de que no hubiera nadie. El lugar estaba iluminado por velas de cera colocadas enfrente de un par de espejos para iluminar aun más. Las paredes estaban tapizadas con una serie de cuadros rojos y verdes. Pudo llegar a ver estanterías llenas de libros además de un escritorio colocado contra una pared. Pero lo que más le llamo la atención fueron las monedas de oro apoyadas en pequeños montones sobre el escritorio. Solo esos pequeños montecitos equivalían todo lo que había perdido esa semana. Abrió la ventana sin necesidad de forzarla, muchas veces los nobles eran demasiados confiados. Camino lentamente para evitar que la madera rechinara, no tenía tiempo de apagar los faroles y si se rodeaba con su sombra no podría ver en ese cuarto iluminado. Tan pronto agarrara las monedas tendría que salir de allí antes que… escucho un fuerte golpe a sus espaldas. No alcanzo a darse la vuelta antes de que todas las velas se apagaran al instante dejándola en la oscuridad.

Publicado la semana 6. 03/02/2020
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