52
Odiseo

Batalla de Arvnol

No hubo amanecer ese día mientras los soldados salían al campo y se alineaban siguiendo las instrucciones de los oficiales. Una larga llanura regada de granjas quemadas se extendía ante el ejército de Ibern antes de llegar a las primeras colinas. Frondosos bosques cubrían el flanco derecho mientras que un río del cual desconocían el nombre evitaba maniobrar por el izquierdo.

Yo permanecía escondido en el bosque de la derecha con mi fiel lobo zapar. El resto de mi destacamento me rodeaba soñolientos por tener que partir antes del alba que nunca llego. Un segundo destacamento de drakkons esperaba un poco más al oeste con el estandarte imperial.

Se podía ver a la perfección la totalidad de nuestro ejército desde donde estábamos. En toda la primera línea estaban los hombres de armas provenientes de los feudos de euria y azid formando un muro de escudos. La segunda fila solo consistía de los piqueros imperiales que formaban tras nuestro flanco izquierdo. Finalmente estaba la tercera fila donde estaría mi hermano junto con su sequito y acompañado de otros nobles de elevado estatus. De este último grupo solo podía ver sus estandartes por encima de las cabezas de los demás.

José Jordán, maestro de campo, permanecía en la retaguardia junto a sus hermanos juramentados montados en sus bellos y terribles grifos. Estaban preparados para contrarrestar cualquier ataque aéreo por parte del enemigo o dar ordenes en medio del caos de la batalla.

Debíamos ser alrededor de diez mil hombres los que formábamos listos para el combate. De los otros cinco mil algunos ya habían sucumbido en escaramuzas, otros estaban heridos por esos mismos enfrentamientos, la mayoría padecía enfermedades que nos diezmaban. También habíamos dejado a varios soldados protegiendo el campamento de ataques sorpresa.

Seguíamos siendo una fuerza imponente de la cual pocos ejércitos podrían hacer frente. Al menos era cierto en esa guerra en particular, la experiencia me enseño que eso era diferente en otras partes. Muchos, como yo, estábamos verdes en las artes de la guerra otros estaban curtidos por las guerras entre sus señores. Éramos una combinación curiosa solamente unida por el estandarte del águila dorada sobre un campo rojo.

El joven tullido Euske que sugirió nuestra estrategia para ese día se encontraba en el centro de la primera línea. Era el lugar más peligro para estar especialmente en su condición, pero el mismo insistió en ocupar esa posición. No me desidia si quería morir o probar que era más que un simple discapacitado.

Las trompetas cantaron tres notas agudas dando la señal para avanzar. Después los tambores marcaron el ritmo de marcha convirtiendo el campo en un desfile. Nunca hubiera imaginado que una batalla se pareciera tanto a una orquesta. Los hombres de armas de la primera fila, menos disciplinados, empezaron a cantar mientras golpeaban sus armas contra los escudos.

Los dumnios miraban el espectáculo desde las colinas del oeste formados en su propio muro de escudos. Desde donde estaba solo podía ver sus escudos ovalados donde mesclaban imágenes de animales, símbolos de la sagrada trinidad y de sus antiguos dioses. Respondieron a nuestra música con sus propios cantos y cuernos de guerra desafiándonos a ir a su encuentro.

Parecía que habían formado dos muros de escudos diferentes sobre las dos colinas más altas. La más larga se encontraba en nuestro flanco izquierdo mientras que la formación del flanco derecho era más pequeña y se curvaba a los lados como si intentaran formar un círculo defensivo.

Dos líneas de arqueros dumnios se adelantaban a su muro. La primera estaba justo en frente de este con sus arcos apuntando a las colinas bajas. La segunda fila estaba en una posición más adelantada, en las colinas bajas apuntando al llano de tierras fértiles.

Sus flechas no tardaron en silbar en el aire para caer como llovizna sobre nuestra primera línea. Para ese entonces los hombres de armas habían pasado de largo de donde nosotros nos ocultábamos y los piqueros habían ralentizado su paso intencionalmente para quedarse atrás.

Varios ballesteros y arqueros nuestros salieron de la línea para responder a los dumnios. Esta de más decir que tuvieron poco éxito debido al gran alcance que tenían nuestros enemigos.

Fue Euske quien remedio la situación cargando contra sus hostigadores. Quede impresionado por la velocidad en que corría y como los hombres lo seguían. Yo mientras tanto que tenía dos piernas sanas y era un miembro de la alta nobleza y miembro del ejército imperial me ocultaba entre los árboles. Era humillante. Me recordé que yo no era más que un rehén para que mi padre obedeciera solo para ser desechado una vez mi hermano heredara sus tierras. Me mordí el labio furioso por pensar de esa forma diciéndome que solo era un soldado obedeciendo órdenes. Mi deber no era desear la gloria solo debía obedecer.

-No lo hacen nada mal – comento Ordoño que estaba a mi lado como siempre desde que nos conocimos en la academia. Volví a concentrarme en la batalla donde nuestras fuerzas ya luchaban contra los dos muros de escudos dumnios. Varios heridos bajaban las colinas y volvían al campamento como podían, los muertos no tenían esa suerte permaneciendo en el lugar donde habían caído.

Por un momento pareció que nuestros hombres de armas conseguirían aplastar a nuestros enemigos contra todo pronóstico. Pero eso solo fue una ilusión óptica a causa de la distancia. Es verdad que los dumnios retrocedieron ante nuestro empuje, pero solo para que nuestros hombres tropezaran con sus propios muertos y otras trampas.

Los piqueros permanecían mucho más atrás a la espera de órdenes que no llegaban. Nuestros honorables nobles estaban aún más atrás hablando entre ellos y nosotros, las fuerzas montadas del ejército de la sagrada emperatriz, seguíamos ocultos.

Nuestros hombres de armas luchaban solos en esa batalla que pronto se tornó en masacre. Los temibles arqueros dumnios ya no disparaban para evitar matar a sus compañeros, pero no los necesitaban. Sus guerreros estaban más que capacitados para resistir a nuestras fuerzas en condiciones igualadas. Lastimosamente nuestros hombres estaban cansados por tener que correr colina arriba. Poco a poco los dumnios fueron ganado la ventaja echando de los ibernios de la cima de sus colinas.

Por lo que escuche más tarde Euske estuvo a punto de morir tres veces en el enfrentamiento. La primera cundo una lanza lo golpeo de lleno en el gorjal sin lograr atravesar la pieza metálica, la segunda cuando tras un empuje enemigo quedo solo tras sus líneas y sus hombres tuvieron que abrirse paso para salvarle la vida. La tercera oportunidad que tuvo la muerte de llevárselo fue cuando un hacha le golpeó la cabeza. Su yelmo acabado en punta desvió la mayor parte del impacto salvándole la vida, pero quedo tonto el resto de la batalla.

Un noble empobrecido llamado Aníbal que luchaba en la primera línea consiguió ganar algo de fama cuando rompió el muro de escudo del flanco derecho. Según las canciones que se cantan hoy en día el valiente Aníbal se abrió paso con golpes de su masa poniendo en fuga a sus enemigos. En medio la confusa batalla dos caudillos enemigos que respondían a los nombres de Defler y Comrag lo desafiaron a un duelo en medio de la matanza. Aníbal aceptó el reto luchando contra los dos a la vez solo con su masa.

Dicen que el duelo duro una hora, aunque toda la batalla no supero los cuarenta minutos en la realidad. Sus escudos se rompieron y sus armas perdieron el filo de tanto golpearse. Defler murió en la batalla, luchando hasta el final, aceptando su final con honor, Comrag en cambio huyo refugiándose entre sus hombres que reformaban las líneas.

Me entere de otros detalles que ocurrieron en la lucha de las colinas, pero carecen de importancia.

Una sombra negra se elevó tras las líneas de los dumnios en el mismo instante que los primeros rayos cayeron a lo lejos. Desde los flancos y los huecos de los muros de escudos la pesada caballería dumnia irrumpió en el escenario con una mortífera carga.

Nuestra primera línea no tardo en romperse y huir, no solo por la aparición de los caballeros. Era esa figura negra sobre el cielo gris lo que provocaba su desbandada. Podía sentirlo, a pesar de la distancia, su aura maligna que ponía a flor de piel todas tus dudas y miedos.

¿Era realmente bueno con la espada como creía? ¿voy a morir? ¿matar es tan fácil como dicen? Recordé el día en que mi hermano me regalo mi espada, como luchamos y como perdí mi dedo menique. El dolor del dedo faltante volvió a pesar de los años como una siniestra burla a mi habilidad con la espada. ¿Alguien lloraría mi muerte? Mi madre desde luego que no, mi padre seguramente tampoco, tal vez mi dulce hermana Amia ¿Había alguna otra persona que le importaba realmente? ¿para que estaba luchando? Dentro de poco tendría que entrar en acción para conquistar una tierra extranjera que no me importaba.

Esas eran las dudas que carcomían mi cabeza sin tregua. Todas preguntas que por años trate de ignorar para seguir adelante, pero allí estaban en el fondo de mi mente esperando un momento de inseguridad para salir.

La figura negra cayó en picado sobre la primera línea con alas extendidas. Como si fuera la mismísima parca portaba una guadaña que blandía de un lado a otro segando vidas. Su pesada armadura no revelaba ningún rastro de humanidad. La imagen de cráneos esculpida en ella completaba su temible apariencia. Montaba un pegaso del mismo color que el resto de su apariencia.

Nadie podía resistirse a sus mortales ataques, nadie se atrevía a desafiarlo. Todos huían a su empuje, lo que se suponía una retirada controlada se convirtió en una masacre. Los pesados caballeros dumnios seguían al caudillo oscuro como si fueran su propio ejército de demonios salidos de las profundidades del infierno.

Nuestra primera línea hubiera sido eliminada en su totalidad de no ser por la intervención de José Jordán. Sus hermanos con él a la cabeza cargaron contra la línea de caballeros desde el aire. Por un minuto se desencadeno una feroz melé al pie de las colinas.

El maestro de campo se elevó de vuelta en el aire perseguido por el caballero negro. La espada de José Gale provocaba fuertes ráfagas que movían las mismísimas nubes. El grifo y el pegaso giraron en círculos moviendo los cielos cada vez que chocaban.

-Un día seré tan fuerte como ellos – dije de manera inconsciente, el miedo había retrocedido cuando nuestro general intervino en la batalla, pero seguía ahí en el fondo de mi corazón.

Ordoño se río nerviosamente de mi comentario, estaba pálido como la nieve e incluso parecía haber envejecido cinco años de golpe a causa de sus profundas ojeras y su espalda inclinada. Quise pensar que el extraño poder del caballero negro no me había afectado tanto.

-¿De verdad quieres compararte con esos dioses? – pregunto tratando de sonar burlón – eres un segundo hijo que solo sabe usar una espada, los que obtienen ese poder son gente bendecida de nacimiento.

Y nosotros teníamos cinco de esos bendecidos en ese campo de batalla. Miembros de la orden de los Guardianes que protegían nuestro imperio y solo respondían a la sagrada emperatriz. Cada uno de ellos dominaba el aire, rayo, metal, hielo y el agua. Las espadas de los muertos se levantaban de la tierra y salían disparadas como dardos contra el caballero negro. Destellos de hielo aparecían y desaparecían en el cielo, el viento se convertía en una gigantesca cuchilla que podría haber cortado todo un bosque. Martillazos de agua intentaban golpear a nuestro feroz enemigo mientras lanzas hechas de rayos atravesaban todo lo que se les interponían.

Con todo eso atacaron nuestros Guardianes usando todo el poder obtenido en siglos de práctica. Todos esos ataques fueron rechazados, repelidos, esquivados como si no fueran más que los golpes de niños pequeños. El caballero negro fue capaz de luchar contra los cinco hermanos juramentados en el aire sin mostrar signos de desgaste. Lo vi como un mal presagio, no solo de esa batalla sino de toda la guerra. Ahora sé que era lógico que nuestros guardianes les costara domar al misterioso dumnio pues él dominaba la magia oscura una de las dos fuerzas primerizas del mundo.

Mientras esos dioses luchaban en el cielo los mortales aún se disputaban la tierra. Sin el freno de los Guardianes la pesada caballería dumnia continuo con su carga seguida por su infantería.

Los guerreros dumnios que iban a pie ni intentaron alcanzar a nuestros soldados en lugar contentándose con rematar a los heridos para luego saquear sus cadáveres. Los jinetes se abrían hacia los flancos volviendo su línea más delgada y a veces se detenían cuando tenían oportunidad de capturar algún noble menor o cuando alguien frenaba para enfrentarlos.

De esa manera nuestros enemigos se dispersaron por todo el campo olvidándose de los piqueros y las fuerzas montadas que teníamos en retaguardia. Pero lo más importante es que jamás se percataron de las fuerzas montadas que permanecían escondidas en el bosque de su flanco izquierdo, yo entre ellos.

Cinco trompetazos fueron tocados dando la señal para cerrar la emboscada en torno a los desordenados dumnios. Nuestros piqueros en el flanco izquierdo se mantuvieron firmes ante la carga enemiga e incluso obligándolos a retroceder. Los jinetes nobiliarios cargaron contra la caballería enemiga frenando su persecución. Los caballos no tenían nada que hacer contra nuestros drakons y lobos gigantes que les arrancaban el pescuezo de una dentellada.

Nuestros hombres de armas tuvieron la oportunidad de retirarse a retaguardia para reorganizarse. Algunos continuaron corriendo hasta el campamento o trataron de aprovechar la confusión para desertar. Euske estaba entre los heridos que eran llevados de vuelta casi a rastras. Teníamos cinco tiendas para atender a los que sufrieran heridas, pero eran tantos que los sacerdotes los colocaban donde podían incluso dejándolos a la intemperie. El centenar de hombres que Euske controlaba en ese momento se aseguró que su líder tuviera una posición cómoda y que fuera atendido rápidamente. No intervinieron en el resto de la batalla.

Francisco Alba, mi oficial al mando, dio la orden de atacar la retaguardia enemiga. Nuestra manada de lobos gigantes siguió al alfa con nosotros montados. Yo estaba en la cuarta línea al inicio de la carga con la lanza en ristre preparado para mi primera batalla.

¿Qué sentí en ese momento? Miedo, alegría, orgullo, resignación, paz, ganas de vomitar, llorar y cagar. Se podría decir que estaba emocionado. Nuestra formación se abrió por las alas alargando nuestra formación sacrificando nuestra profundidad. Me descubrí en la segunda fila cabalgando sobre hombres moribundos aun con mi lanza limpia.

Nuestros guardianes seguían luchando en el cielo contra el caballero negro. Los piqueros y los jinetes nobles se enfrentaban a la poca resistencia que presentaban los dumnios mientras los jinetes imperiales masacrábamos su retaguardia.

Alba trataba de mantener el orden con constantes gritos, toques de trompeta y amenazas. Yo trataba de mantenerme lo más cerca posible esperando ordenes como siempre pues no estaba seguro que tenía que hacer. Matar al enemigo, eso parecía obvio, pero parecía un concepto raro no era como los duelos o torneos en los que participe antes. La mayoría de nuestros enemigos huían en lugar de luchar, si clavaba mi lanza en alguien mis manos se mancharían de sangre. Acabaría con la existencia de alguien.

Probablemente son meditaciones que tuve antes o después de la batalla. Durante una lucha todo es confusión, reflejos, instintos, cuando matas a alguien no lo haces por odio o por una razón premeditada lo haces para garantizar tu supervivencia.

Un grupo de guerreros dumnios en un desesperado intento por detenernos se lanzaron sobre nosotros. Vi a uno de los hombres que encabezaba nuestra carga ser apuñalado por tres lanzas mientras que su lobo fue decapitado poco después.

Ordoño demostró por primera vez lo terrible que puede ser como enemigo en combate clavando su lanza en el peto de un guerrero sacando su maza para rematarlo con un golpe en la cabeza. Cuando un caballero dumnio trato de atacarlo por la espalda Ordoño se volvió frenando el ataque con su escudo para contratacar con un golpe certero que rompió el brazo del oponente. El rescate que cobraría por ese caballero más adelante le alcanzaría para comprarse una armadura nueva.

Yo estaba dando vueltas por todas partes tratando de hacer mi trabajo. Ayude a Alba apuñalando a su oponente en el codo dejándolo fuera de combate. Cuando un guerrero pelirrojo se me lanzo golpeándome con su espada como un loco. Me escondí tras el escudo bloqueando todos sus ataques hasta que cesaron repentinamente. Creo que uno de mis compañeros lo llevo puesto mientras cabalgaba.

Perdí el control de mi lobo quien se lanzó sobre un hombre herido arrancándole un brazo. Un dumnio trato de defender su compañero con lanza instintivamente mi brazo se movió apuñalándolo con mi propia lanza en el cuello donde no llevaba protección. Su sangre salto hasta manchar mi yelmo y golpeando mi ojo izquierdo dejándome casi siego.

No pude ver el siguiente ataque que me golpeo por mi lado ciego derribándome de mi montura. No recuerdo bien lo que paso a continuación, pero todos dicen que un imponente caballero que portaba el emblema real del oso se lanzó en cima mío. Al parecer yo esquivé el ataque y lo tacleé derribándolo a su vez. Una vez los dos en el piso lo golpe y lo golpe, una y otra vez hasta que dejo de moverse. Después lo continúe golpeando hasta que la sangre brotaba a borbotones del visor.

Lo último que recuerdo de ese día es a mis compañeros dispersos por el campo saqueando los cadáveres. Yo estaba cubierto de sangre y tenía una nueva cicatriz en la axila donde en algún momento una alabarda rompió parte de mi cota de malla. El caballero negro era prisionero de los guardianes mientras que su ejército huía disperso.

Me uní al saqueo por algún motivo que desconozco pues no necesitaba el dinero. Al anochecer celebramos emborrachándonos con aguamiel que encontramos en el campamento de los dumnios. Ese día luché en una batalla por primera vez, mate por primera vez, perdí el conocimiento por primera vez y a la mañana siguiente desperté por primera vez con una desconocida a mi lado.

 

Quisiera agradecer a todos los que leyeron mis cuentos a lo largo de este año y si quieren seguir leyendo pueden seguirme en Instagram con el nombre de “Historias.y.Cuentos”. Gracias por su paciencia y feliz navidad.

Publicado la semana 52. 22/12/2020
Etiquetas
Compartir Facebook Twitter
Género
Relato
Año
I
Semana
52
Ranking
0 31 0